El hijo de Saúl (Saul fia, 2015), de László Nemes.

“Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás”.

(Génesis 3:19)

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Polonia, 1944. Saúl Ausländer (Géza Röhrig) es un prisionero judío que trabaja en el interior de las cámaras de gas y hornos crematorios del campo de concentración de Auschwitz. Su deleznable rutina se ve alterada cuando cree descubrir a su propio hijo entre las víctimas, al que tratará de dar un entierro digno en medio del caos y el terror.

Impactante sumersión cinematográfica en el corazón del Holocausto de la mano del debutante László Nemes (hasta ahora sólo conocido por haber sido asistente de dirección del gran Béla Tarr en El hombre de Londres), quien, a través de una particular técnica de filmación basada en el seguimiento continuo del protagonista, introduce de manera casi literal a los espectadores en una odisea de horror caracterizada por su sequedad y crudeza. El filme ganó el Gran Premio del Jurado y el Premio FIPRESCI en el pasado Festival de Cannes.

La primera escena de El hijo de Saúl, película filmada íntegramente en un reducido formato 1.37:1 para enfatizar la sensación de agobio y asfixia espacial, anticipa a la perfección, en forma y contenido, lo que veremos durante el resto del metraje: un largo plano secuencia con la cámara pegada al rostro y el cogote de Saúl (casi siempre permanecerá ahí), muestra cómo este y otros miembros de los Sonderkommando (prisioneros, judíos o no, utilizados por los nazis para llevar a cabo las tareas más ingratas dentro de los crematorios), conducen a decenas de judíos recién llegados a Auschwitz al interior de las cámaras de gas. Diversas voces de los oficiales alemanes ordenan a los Sonderkommando desvestir a los prisioneros para hacerlos entrar en las “duchas”. El alboroto y la desazón van en aumento. Saúl y sus compañeros cumplen con las órdenes y buscan en el interior de los abrigos de los condenados para encontrar objetos de valor. Las puertas de la cámara de gas son cerradas con estrépito. Espeluznantes gritos de muerte escapan de su interior. Fundido en negro. Pese a lo terrible de esta primera escena, el espectador no ha visto prácticamente nada, a excepción del rostro y el cogote de Saúl, y algunas acciones que se intuyen en un segundo plano desenfocado. Nemes opta (y aquí radica la particularidad y principal aportación de su trabajo) por sugerir el horror, en todo momento fuera de campo, en lugar de explicitarlo. El resto queda sujeto a la imaginación del público. Una imaginación que, tal y como afirmaba Kant, “en las tinieblas trabaja más activamente que a plena luz”.

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Hay en Saul fia un elemento de carácter moral y religioso que determina la actitud de Saúl durante toda la película: su afán por enterrar con dignidad el cuerpo de quien cree que es su hijo. En el judaísmo, el enterramiento de los muertos no es estrictamente un mandamiento religioso. Sin embargo, tanto en el Génesis como en el Deuteronomio se recomienda llevar a cabo. Para Saúl se trata, en cualquier caso, de una cuestión más moral que religiosa. Dar entierro a un hijo que probablemente no sea tal, aunque eso poco importa, es para él el único medio para redimirse y encontrar una vía de escape racional frente a la barbarie que lo rodea. Recordemos que su actividad, no por impuesta resulta menos despreciable, por lo que su salvación, al menos a nivel de conciencia, depende de que su “hijo” sea enterrado como Dios ordena. Rabino incluido.

Autolimitada por su rígido discurso formal y narrativo, El hijo de Saúl constituye una nueva y singular mirada a un tema tan manido en el cine como el del Holocausto. Sobrecogedora obra maestra tanto en forma como en contenido.

Nota: 9/10

7 comentarios sobre “El hijo de Saúl (Saul fia, 2015), de László Nemes.

  1. Singular ejercicio formal que en su peculiaridad alberga aciertos y servidumbres. En cualquier caso, el exceso y abuso de la utilización de un recurso específico para acentuar y redimensionar una escena, secuencia o bloque de una película, llega a producir el efecto contrario, esto es, la pérdida del pretendido efecto. Un error de planteamiento que conduce al cansancio visual y a plantearnos que en realidad dicha novedad (no el recurso y sí el abuso) no es más que un ejercicio de estilo más facilon que brillante. Una curiosa singularidad, interesante e impactante, pero tramposa.

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    1. Hola, altaica:
      Volvemos a no estar de acuerdo. ‘El hijo de Saúl’, tras haberla visto ya dos veces, me parece una de las películas más relevantes de los últimos años. László Némes, como su maestro Béla Tarr (que supongo tampoco te gustará), parte de una concepción muy singular del tempo cinematográfico. Si apuestan por los planos secuencia muy largos, es precisamente para producir el efecto contrario a ese cansancio o agotamiento que comentas. Ellos parten de la idea de que un plano de seis minutos puede cansar al público, pero si mantienes ese plano otros cinco minutos más, consigues el efecto inverso al aburrimiento: la fascinación. Creo que no hay nada gratuito ni facilón en este filme (facilona es ‘La lista de Schindler’), y sí mucho talento, atrevimiento y originalidad.

      Un codial saludo.

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  2. Partir de la idea de que un plano mantenido durante el tiempo necesario para habituar al espectador a tal recurso, puede contribuir a provocar la fascinación es una enorme pretensión de discutible veracidad. Por esa misma regla de tres el maestro Inglés en La soga conseguiría dejarnos fascinados durante hora y media.

    La fascinación es una suerte de estado atmosférico que se puede lograr con un plano breve o larguísimo, con una mirada mantenida o un sencillo gesto. Es algo tan complicado como sublime, por lo que jamás será objeto de cálculo. Dos ejemplos de haber conseguido filmar la fascinación son Laura y Vértigo.

    Obviamente no es cuestión de intentar tener razón, es tan solo que mi visión de la utilización de dicho recurso me general cansancio por forzado en su dilación. Lo que puede ser hiperrrealista e impactante (no solo visualmente, también anímicamente) en un momento específico, a largo plazo descompone la proporcionalidad. Es tan discutible como el abuso de la cámara lenta o la utilización de la cámara como los chicos del movimiento Dogma, que en su intención de transmitir veracidad en las sensaciones de los personajes, al final solo producen en su exceso fatiga. En definitiva, ese abuso conduce a que pierda impacto y fuelle. No obstante, estamos ante una notable obra, especialmente desgarradora. Es una cuestión de matices. También la búsqueda del objetivo del padre se hace algo farragosa y lenta, si bien no lo suficiente como para lastrarla en exceso. Un abrazo

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  3. El hecho de que el punto de vista de la película sea casi exclusivamente el de Saúl afecta negativamente la comprensión de la historia. El punto de vista limitado o restringido a un único personaje no es ningún obstáculo cuando lo que se cuenta es universal. Aquí no lo es y el 50% de la película no se entiende si no te has documentado largamente sobre el funcionamiento de las interioridades de un campo de concentración. Por otra parte, menos mal que hay fuera de campo: ¿no nos basta ya ese griterío permanente?

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  4. No, no me gustó. Quien haya vivido en un campo de concentración seguro que la “pilla”, pero si no has tenido esta experiencia te pierdes constantemente. La ausencia de planos generales que dibujen el “marco” y permitan que te sitúes es algo buscado, obviamente, pero las pelis-ejercicio-de-estilo-y-riesgo-100-por-100 no son para mí.

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