Deseando amar (Fa yeung nin wa, 2000), de Wong Kar-wai.

“Antiguamente, si alguien tenía un secreto que no quería compartir, subía a una montaña en busca de un árbol, le hacía un agujero y susurraba el secreto. Luego lo tapaba con barro y dejaba el secreto ahí para siempre”. 

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Hong Kong, 1962. Chow (Tony Leung Chiu Wai), redactor de un periódico local, y Su Li-zhen (Maggie Cheung), secretaria de una empresa, alquilan dos apartamentos contiguos de un mismo edificio. Ambos están casados; sin embargo, sus respectivas parejas rara vez hacen acto de presencia. Pronto surge entre ellos una amistad.

A veces, los besos más dulces fueron aquellos que nunca dimos; los abrazos más tiernos, aquellos que nunca se encontraron; las palabras más sinceras, aquellas que nunca dijimos; y las historias de amor más recordadas, aquellas que nunca se consumaron. Es posible que Wong Kar-Wai tuviera en mente todo esto mientras realizaba Deseando amar, un íntimo, contenido, lírico y bellísimo ejercicio de romanticismo cinematográfico difícilmente olvidable.

La relación platónica que se establece entre los dos protagonistas, de una sutileza, un pudor, una sensibilidad y un recatamiento inusitados en estos tiempos de vulgar explicitud, atrapa al espectador, hipnotizado ante las imágenes desde el primer momento, haciéndolo partícipe de sus tímidos gestos, de sus miradas perdidas, de sus elocuentes silencios, de sus encuentros furtivos y de sus secretos pensamientos.

Kar-Wai consigue suspender a su película en el tiempo mediante una narración a modo de bucle, en la que casi todo se repite con una diferencia de matices emocionales: las subidas y bajadas de las escaleras del apartamento, las idas y venidas (al ralentí) hacia la freiduría del barrio en busca de unos fideos calientes para cenar, las conversaciones en el restaurante, las revelaciones de confidencias en el mismo callejón, las vueltas a casa en la parte trasera de un taxi…

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Algunos de los hallazgos a resaltar en el filme, amén de su embelesante envoltura estética, en la que mucho tiene que ver la extraordinaria fotografía de Christopher Doyle y Ping Bin Lee, son el magistral uso que el cineasta hace del fuera de campo y su gusto, rayando prácticamente lo obsesivo, por recargar y sobreencuadrar cada plano.

Tanto Tony Leung como Maggie Cheung están increíbles a lo largo de una cinta cuyo hermosísimo epílogo, entre las ruinas y el silencio de un antiguo templo budista, la eleva a una categoría privilegiada dentro del cine oriental de las últimas décadas.

Un trabajo imprescindible, en definitiva, al igual que su continuación, 2046; aunque, en realidad, ambas sean una sola.

Nota: 9/10

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