Nymphomaniac. Volúmenes I y II (2013), de Lars von Trier.

“Mi nombre es Joe, y soy ninfómana”.

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Una lluviosa noche de invierno, Seligman (Stellan Skarsgård), un hombre viejo y solitario, encuentra tirada en un callejón a una mujer visiblemente magullada (Charlotte Gainsbourg) a la que decide llevar hasta su casa. Allí, Joe, que así dice llamarse la desconocida, le habla de su experiencia vital, marcada por una severa ninfomanía.

Pese a que por razones estrictamente comerciales el último trabajo del controvertido Lars von Trier, dado su extenso metraje (unas cuatro horas), se estrenara en las salas de cine dividido en dos volúmenes, he optado por realizar un único comentario, ya que entiendo que se trata de una sola película cuyo análisis parcial resultaría tan arbitrario como insatisfactorio. Hecha esta aclaración, entremos en materia: Nymphomaniac me parece la obra más equilibrada de su autor en años. Vale que es provocadora, pretenciosa y obscena, como no podía ser de otro modo viniendo de quien viene; pero, al mismo tiempo, no deja de ser también compleja, lírica, reflexiva e incluso, a ratos, serena. Creo que, en este caso concreto, el equilibrio entre lo que se pretende y lo que se logra, está bastante más conseguido que en filmes anteriores.

La apertura de la cinta, con una cámara de movimientos lentos que recorre los rincones y texturas de un sombrío callejón en el que la protagonista se halla tirada, recuerda al cine de Tarkovsky. El estallido de Führe Mich, de los Rammstein, marca la entrada en escena del personaje de Seligman. Tras el encuentro entre ambos, la acción se traslada al sobrio apartamento de éste, donde los dos charlarán durante el resto de la noche. A partir de ahí, la película se estructura en ocho capítulos (La completa iraJerômeSeñora HDelirioLa pequeña escuela de órganosLa Iglesia Oriental y Occidental [el pato silencioso]El espejoLa pistola), en los que Joe relata a su atento interlocutor las experiencias sexuales que ha tenido, a caballo entre el misticismo unas y el masoquismo otras, desde que era una niña hasta el día de hoy. Los capítulos se van acotando e interrumpiendo por diálogos que giran en torno a temas como el sexo (evidentemente), la música, la religión, la sociedad, la moral, la filosofía o la literatura. A lo largo del filme, advertimos que Joe no es una narradora demasiado fiable. Sus incongruencias, sumadas al hecho de que para cada capítulo tenga que inspirarse en alguno de los objetos presentes en el apartamento de Seligman, nos hacen dudar acerca de la veracidad de lo que está contando. A esa duda contribuye también el irónico final.

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Lo mejor de Nymphomaniac, a mi entender, son sus brillantes soluciones narrativas. Lo peor, que su reiterativa fórmula le termina pasando factura durante sus, a todas luces, excesivas cuatro horas de duración.

Se trata, en cualquier caso, de una obra monumental, en la que la insatisfacción existencial se traduce en insatisfacción sexual, y en donde el sentimiento de culpa que azota a su protagonista, debería hacer (o eso es, al menos, lo que pretende Trier) que nos replanteásemos nuestra visión sobre la conducta sexual del individuo en la sociedad contemporánea.

Nota: 7/10

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