Cuentos de Tokio (Tôkyô monogatari, 1953), de Yasujiro Ozu.

“Los cedros son tan erguidos, rectos y bellos. Querría que los corazones humanos crecieran de esa manera”.

(Yasunari Kawabata)

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El viejo matrimonio Hirayama (Chishû Ryû y Chieko Higashiyama) viaja desde Onomichi hasta Tokio para visitar a sus hijos. Sin embargo, estos están tan ocupados con sus respectivas vidas, que apenas tienen tiempo para ocuparse de ellos. Sólo la bondadosa Noriko (Setsuko Hara), nuera viuda de los ancianos, parece empeñada en complacerlos en su visita a la gran ciudad.

De padres e hijos.

“Con el tiempo, los padres y los hijos se alejan”. Una gran verdad se encierra en esta frase que Noriko pronuncia casi al final de Tôkyô monogatari. Los filmes de Ozu, ese tesoro cinematográfico del que hablaba el realizador alemán Wim Wenders, están plagados de historias de padres e hijos a los que el devenir de la vida termina por separar. El paso del tiempo, el matrimonio o la muerte, son rivales poco menos que inabordables ante los ojos de unos progenitores que ven cómo cada día sus hijos se van alejando más y más de ellos.  Es ley de vida, algo natural; lo cual no significa que no sea triste. Cuentos de Tokio es, sin ningún género de duda, una de las obras mayores de la historia del cine. En ella, el maestro nipón dibuja con serenidad y profunda mirada humana, uno de esos tantos relatos paterno-filiales que cualquiera de nosotros podría reconocer en su propio entorno. Por desgracia, la entrañable imagen de un hogar presidido por los abuelos resulta cada vez menos frecuente, sobre todo en Occidente, donde, llegada cierta edad, las personas se convierten en un auténtico estorbo. No obstante, la ingratitud filial es inherente al ser humano de todas las épocas y culturas, o si no lean la Biblia o a Shakespeare. Lo que aquí cuenta Ozu es universal, y eso quizá sea lo que hace de esta película un trabajo plenamente vigente. Lo he dicho en alguna que otra ocasión: cambiamos poco, muy poco.

Lo viejo y lo nuevo.

La filmografía de Ozu constituye un perfecto reflejo de los bruscos cambios acaecidos en Japón durante las seis primeras décadas del siglo XX, especialmente tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial. Lo viejo y lo nuevo, tradición y modernidad, se dan de la mano en sus películas. Esa simbiosis, como no podía ser de otro modo, también está presente en Tôkyô monogatari, donde el contraste generacional y cultural brota de la relación entre padres e hijos, e incluso nietos. No es casual, por ejemplo, que el matrimonio protagonista proceda de Onomichi, ciudad situada en la prefectura de Hiroshima, a la que se conoce principalmente por sus templos budistas. La vida allí, tranquila y de cara al mar, es muy diferente a la de Tokio, la gran urbe por excelencia del país del sol naciente. Una metrópolis concebida bajo cánones económicos occidentales. Es normal que los ancianos se sientan fuera de lugar durante su estancia en la capital. Ellos pertenecen a otro mundo más tradicional. Menos mal que quedan el sake y los viejos amigos, una fórmula ideal para enjugar penas mientras se rememora el lejano pasado.

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La complejidad de lo sencillo.

A veces se comete el error de definir el cine de Ozu como sencillo, cuando, en realidad, su aparente sencillez es fruto de una compleja depuración del lenguaje cinematográfico. Probablemente ningún otro director haya conseguido tanto con tan poco. Tampoco creo que exista un cine más reconocible que el del autor de Primavera tardía. Bastan apenas un par de planos para saber que estamos ante uno de sus trabajos. No cabe confusión alguna. Su obra descansa sobre el montaje y una milimétrica puesta en escena. La composición del encuadre es siempre exquisita, buscando un punto de fuga para conseguir una sensación de profundidad y perspectiva. Fue el primero en construir decorados con cuatro paredes, por los tres del Hollywood clásico, con el objeto de filmar una escena desde todos los ángulos posibles. Renuncia a los movimientos de cámara; escasos cuando no inexistentes, para articular su puesta en escena a través del montaje. Su concepción del cine, por tanto, se encuentra en las antípodas de la de otros maestros como Mizoguchi, Tarkovsky, Tarr o Dreyer, para quienes el montaje es un elemento meramente ensamblador. Además, posee la extraña habilidad de alcanzar la trascendencia partiendo de argumentos y temáticas cotidianas. El de Ozu es un arte milagroso, inaudito.

Sabiduría y resignación.

Los personajes de Ozu aceptan lo ineluctable con sabia resignación. No hay tragedia en sus películas porque se entiende que todo forma parte de la existencia humana. Hasta la muerte se acoge con cierta naturalidad. En una escena de Cuentos de Tokio, Kyôko, la hija menor de los Hirayama, le dice a Noriko tras el fallecimiento de su madre que la vida es decepcionante. Esta le responde asintiendo, sin perder la sonrisa. Su expresión denota esa resignación de la que hablo. Como digo, no hay tragedia en el cine de Ozu, pero sí mucha nostalgia: nostalgia de los hijos, nostalgia de los que ya no están, nostalgia de los viejos tiempos. Lo bello y lo triste, me permito reproducir el título de una de las más célebres novelas del Nobel japonés Yasunari Kawabata, están presentes en cada momento.

A modo de conclusión, quisiera animar al hipotético lector de estas líneas a que se introduzca sin miedos ni prejuicios en el universo de tan maravilloso autor (si es que no lo ha hecho previamente), porque amar el cine de Ozu significa amar también la vida. Imprescindible.

Nota: 10/10

2 comentarios sobre “Cuentos de Tokio (Tôkyô monogatari, 1953), de Yasujiro Ozu.

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