Fellini, ocho y medio (8½, 1963), de Federico Fellini.

“Queridas mías. La felicidad consiste en ser capaz de decir la verdad sin herir a nadie”.

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Guido Anselmi (Marcello Mastroianni) es un afamado director de cine inmerso en una profunda crisis vital y creativa. Para preparar su próxima película, decide hospedarse en un balneario en busca de tranquilidad e inspiración. Sin embargo, ni siquiera allí las encuentra.

El cine, como el resto de artes, se alimenta de la vida, pero en ningún caso debe suplirla. Otto e mezzo es uno de los mejores y más personales trabajos de Federico Fellini. Un verdadero acto de liberación artística frente a las exigencias que todo proceso creativo requiere. A través del personaje de Guido Anselmi, álter ego del propio cineasta encarnado en la elegante figura de Marcello Mastroianni, el autor de Amarcord exorciza sus temores pasados, presentes y futuros (entre ellos su conciencia católica), en un ejercicio de absoluta libertad creativa.

En  los sueños, las fantasías y los recuerdos de infancia se entremezclan sin previo aviso y de modo surrealista. Lo mismo vemos a Mastroianni hablando con su difunto padre que fustigando con fiereza a las féminas de su atestado harén con el objetivo de hacer respetar su autoridad. Todo es posible, incluso ver al actor italiano convertido en una especie de cometa que termina estrellándose contra el mar. Imaginería felliniana en estado puro.

El filme se abre con una claustrofóbica secuencia onírica en la que Guido aparece atrapado dentro de su automóvil en medio de un gran atasco. Ingeniosa metáfora para reflejar el estado de ánimo en el que se encuentra. De ahí nos trasladamos al interior del balneario, lugar elegido por el protagonista para obtener paz. Su productor, su amante, sus amigos, su esposa, sus actrices o un crítico intelectual con quien conversa a menudo, se encargarán de que no lo consiga.

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La concepción de la puesta en escena resulta brillantísima, mostrando cierto regusto por los claroscuros, los espacios amplios y las composiciones alambicadas. Visualmente hablando, la película es una auténtica gozada.

La cinta se cierra con un espectáculo circense que aglomera a todos los personajes que hasta entonces han ido apareciendo. Broche perfecto para Fellini, que siempre fue un bufón, un payaso, en el sentido artístico de la palabra. Capaz de rozar la trascendencia sin obviar su condición humana.

Nota: 9/10

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