Sátántangó (1994), de Béla Tarr.

“En el este el cielo se despeja rápido como los recuerdos. Hacia el amanecer, lo rojo cubre el agitado horizonte. Como el mendigo de la mañana, que penosamente camina hacia la iglesia, el sol se eleva para dar vida a la sombra y para apartar cielo y tierra, hombre y bestia de la inquietante y confusa unidad en la que de manera inextricable se han entrelazado. Él vio la noche huir hacia otro lado. Sus elementos aterradores se sumergen sucesivamente en el horizonte occidental, como un desesperado, confuso y vencido ejército”. 

(Sátántangó, de László Krasznahorkai)

2014-08-11-satantango_still

Sátántangó narra la decadencia de una cooperativa agrícola en las postrimerías de la Hungría comunista, vista desde el punto de vista de los diversos personajes que la conforman.

No me parece exagerado afirmar que Béla Tarr ha revolucionado el arte cinematográfico durante los últimos veinticinco años. Y como todos los grandes revolucionarios, no lo ha hecho desde la nada, sino a partir de unas bases formales establecidas previamente por otros cineastas como Kenji Mizoguchi, Carl Theodor Dreyer, su compatriota Miklós Jancsó, Theodoros Angelopoulos o Andrei Tarkovsky. No obstante lo anterior, el director húngaro ha ido mucho más allá que cualquiera de ellos, extremando la concepción temporal de sus películas hasta alcanzar límites insospechados. Sátántangó, adaptación de siete horas y media de duración de la novela homónima de Laszlo Krasznahorkai, co-escritor del guión junto con el propio Tarr, es uno de los mejores ejemplos de su particular modo de entender el cine.

El filme que nos ocupa, una suerte de alegoría sobre el fracaso comunista, se articula en largos planos secuencia sublimemente coreografiados, y no menos largos planos fijos que captan el paisaje lúgubre, fangoso y deprimido de la granja colectiva donde se desarrolla la acción. La cinta está estructurada en doce capítulos que, según parece, se corresponden con los pasos que conforman un tango europeo, de ahí su título original: El tango de Satán. Si bien la trama siempre avanza, aunque lo haga a cuentagotas, a veces retrocede temporalmente para ofrecer una perspectiva diferente (a través de otro personaje) de los acontecimientos ya expuestos. Es lo que se conoce como estructura narrativa traslapada, que se mueve hacia delante y hacia atrás convergiendo en algún punto del relato. Todo ello envuelto por la impresionante fotografía en blanco y negro de Gábor Medvigy.

Sátántangó retrata la incertidumbre y el deterioro que preceden al final de una época, la caída de un statu quo, lo que la emparenta con las posteriores Armonías de Werckmeister (Werckmeister harmóniák, 2000) y El caballo de Turín (A Torinói ló, 2011). Su plano final, en casa del doctor ebrio y obeso (Putyi Horváth) que protagoniza algunos de los pasajes más brillantes de la película, nos deja a oscuras, como ocurriría años después en la última de las obras maestras del cineasta magiar. Y yo me pregunto, ¿alguien encenderá la luz?

Nota: 10/10

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