La doble vida de Verónica (La double vie de Véronique, 1991), de Krzysztof Kieslowski.

“La belleza es ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica”.

(Jorge Luis Borges)

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Weronika y Véronique (Irène Jacob), son dos jóvenes de la misma edad e idéntico físico. Viven en Polonia y Francia respectivamente. Ninguna de ellas sabe de la existencia de la otra, pero ambas se presienten.

¿Quién no ha escuchado, en alguna ocasión, que todos tenemos un doble en otra parte del mundo? El tema del doble, muy arraigado en la literatura universal, donde ha sido tratado, entre otros muchos, por escritores de la talla de Fiódor Dostoievski, E.T.A. Hoffmann, Edgar Allan Poe o José Saramago, sirve de premisa al cineasta polaco Krzysztof Kieslowski para alumbrar la que probablemente sea su mejor película. La double vie de Véronique, supone, además, una obra clave dentro de la filmografía del autor de El decálogo, por constituir un filme bisagra entre su etapa polaca y su etapa francesa.

De estética subyugante (el sentido poético que Kieslowski otorga a cada plano es admirable), la cinta que nos ocupa, enigmática como pocas, se estructura en dos partes: la correspondiente al personaje de Weronika, que abarca el primer tercio del metraje, y la que atañe a Véronique, su álter ego, que se extiende durante el resto. Los paralelismos entre las vidas de una y otra, más allá del nombre y el rostro, son muy evidentes. Las dos se dedican a la música (Weronika como cantante lírica y Véronique como maestra en un conservatorio), tienen una misma cicatriz, son huérfanas de madre y padecen una enfermedad cardíaca similar. Prácticamente no hay nada que las diferencie, salvo su nacionalidad. Como se ha señalado en la sinopsis, ninguna sabe de la otra, pero sus existencias parecen estar, de algún modo, interconectadas. “Siento que no estoy sola”, le dice Weronika a su padre tras despertar de un sueño. Más tarde, Véronique le hará una reveladora confesión a su amante: “Durante toda la vida he tenido la impresión de estar aquí y lejos”. Queda claro que ambas se sienten. Podría decirse que son dos cuerpos habitando una misma alma. La hermosa Iréne Jacob, premiada en Cannes, realiza un trabajo cargado de sensibilidad en su doble rol de Weronika/Véronique.

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Otro aspecto destacado de la película es la impresionante partitura compuesta por el también polaco Zbigniew Preisner, una obra maestra en sí. Resulta difícil encontrar en la historia del cine una simbiosis tan perfecta entre director y músico como la que lograron en cada una de sus colaboraciones Kieslowski y el citado Preisner. Sirva de ejemplo la magistral secuencia de la representación en el teatro de marionetas (la bailarina que se convierte en mariposa), una de las más bellas que yo haya podido contemplar en la gran pantalla. Su inclusión en ese momento de la trama no puede ser más oportuna, al margen de su evidente sentido metafórico (el creador que maneja los hilos, la vida y la muerte, en su universo).

De la sublime, epatante puesta en escena, infinita en sus texturas, complejidad cromática y detalles, subrayar la utilización que Kieslowski hace de los espejos y las superficies translúcidas para filmar a su actriz y su entorno.

Puro arte cinematográfico.

Nota: 9,5/10

2 comentarios sobre “La doble vida de Verónica (La double vie de Véronique, 1991), de Krzysztof Kieslowski.

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