Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954), de Akira Kurosawa.

“La amistad más profunda suele surgir de un encuentro casual”.

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Japón, siglo XVI. Una aldea de campesinos, harta de sufrir los continuos saqueos de unos bandidos, decide contratar los servicios de un grupo de samuráis para que defiendan sus intereses.

Si se me permite el paralelismo, considero que Los siete samuráis es al cine lo que Don Quijote a la literatura. Uno de esos clásicos universales que no pueden faltar en ninguna colección. En ambos casos se trata de un relato de aventuras. Y también en ambos casos, unos personajes con elevados ideales (aquí el código del bushidō) ponen su vida al servicio de los más desfavorecidos. Akira Kurosawa logró el León de Plata en el Festival de Venecia gracias a esta monumental obra que ha inspirado con posterioridad a cineastas tan dispares entre sí como lo puedan ser Sam Peckinpah o Andrei Tarkovsky.

El filme puede estructurarse, grosso modo, en cuatro partes diferenciadas: una introducción en la que Kurosawa expone la premisa argumental a desarrollar posteriormente, destacando la reunión que los aldeanos mantienen en la casa del molino del viejo patriarca, quien les recomienda la contratación de samuráis hambrientos (“incluso el oso sale del bosque cuando tiene hambre”, les dice); el proceso de reclutamiento de los samuráis, que comienza con la elección del personaje de Takashi Shimura, veterano al que encuentran rescatando a un niño de las garras de un ladrón que lo tiene secuestrado; la llegada de los siete guerreros, encabezados por el citado Shimura, a la pequeña aldea, donde preparan a los campesinos para combatir a los bandidos; y el enfrentamiento con estos, que, tras varias escaramuzas, culmina con la mítica batalla final bajo un torrente de agua.

La narración se muestra portentosa a lo largo de sus más de tres horas y media de metraje, en las que el director nipón mezcla con acierto el humor, la acción y el drama social. El dibujo de personajes resulta maravilloso (inolvidable el bufonesco Kikuchiyo interpretado por el gran Toshirô Mifune), y la puesta en escena, soberbia; sobresaliendo la maestría de Kurosawa en la composición de cada plano. El autor de Rashomon rodó con varias cámaras a la vez, otorgando fluidez narrativa a secuencias tan complejas como la de la épica batalla bajo la lluvia.

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Uno de los aspectos más llamativos de la película a mi entender, y al que, curiosamente, no se le suele prestar la atención que merece, es la importancia que Kurosawa concede al entorno natural donde transcurre la historia. Es por ello que filma con detalle la vegetación, el bosque y las colinas que rodean a la aldea, captando con agudeza los sonidos de la naturaleza (el viento que sopla, el canto de los pájaros, el fluir del arroyo…). Esta concepción del entorno como un ente vivo, casi otro personaje, debió influir de manera decisiva en el cine de Andrei Tarkovsky, declarado admirador del maestro japonés (véase, por ejemplo, Andrei Rublev).

Obra maestra absoluta que crece visionado tras visionado. De inabarcable sabiduría cinematográfica y vital.

Nota: 10/10

3 comentarios sobre “Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954), de Akira Kurosawa.

  1. Aunque los Siete Samuráis es una Obra maestra en mi Opinión la encuentro demasiado larga, del maestro Kurosawa me quedo con Trono de Sangre Y Vivir 9/10

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    1. Sí, tienes razón, puede que sea larga, pero vale la pena toda su duración. Lo que hace que la película sea fluida (para mi) son los diálogos cómicos que le pone en momentos precisos para, como digo, darle fluidez, acompañados, claro, de esas actuaciones espectaculares en la que cada personaje está bien definido y una composición de lujo (recuerdo el encuadre donde el padre castiga a la hija por encontrarla con uno de los sumarais; ella está tirada y él está arrodillado mirando hacia la tierra. Parece que estuviera cerca a ella, mirándola, pero se nota esa distancia que los separa.) Una película magnífica, que remata con un último diálogo a los espectadores. *11 de 10*

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