Sacrificio (Offret, 1986), de Andrei Tarkovsky.

“Si se incrementa la duración normal de una secuencia, primero te aburres, pero si la incrementas aún más, crece el interés. Y si, incluso, la incrementas más, surge una nueva calidad e intensidad”.

(Andrei Tarkovsky)

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Alexander (Erland Josephson), antiguo actor de teatro convertido ahora en crítico, celebra su quincuagésimo cumpleaños en su hermosa casa de campo. En medio de la celebración, aviones de combate sobrevuelan la zona. Poco después, un jefe de estado anuncia en televisión el inicio de una conflagración bélica a nivel mundial. Aterrorizado por lo que escucha, Alexander se postra ante Dios, rezando y ofreciéndole renunciar a lo que más quiere a cambio de que el conflicto finalice.

En Offret, su última película, Tarkovsky lleva hasta el extremo todos y cada uno de los elementos que caracterizan a su lenguaje, constituyendo su filme más radical y depurado, y, en opinión de quien esto suscribe, una de las más bellas, densas y elevadas obras de arte legadas por el cinematógrafo.

Tras su exilio voluntario, el director ruso decidió filmar en la patria de su admirado Ingmar Bergman, inspirándose en algunos de los patrones del cineasta sueco, como el hecho de ubicar su historia en una apartada isla, sólo que en lugar de ser Farö, se trata de la también isla sueca de Gotland. Contó además con algunos colaboradores habituales del autor de Persona, como el director de fotografía Sven Nykvist o los actores Erland Josephson, con el que ya había trabajado previamente en Nostalgia, y Allan Edwall.

Al finalizar el rodaje de El espejo, Tarkovsky manifestó que uno de sus objetivos era que sus siguientes películas se ajustaran a las tres unidades dramáticas fijadas por Aristóteles en su Poética: unidad de tiempo, unidad de lugar y unidad de acción. En ese sentido, Sacrificio es la obra de su filmografía que más se aproxima a ese deseo, puesto que se desarrolla a lo largo de un sólo día, en un sólo espacio (la casa de campo y sus alrededores) y se refiere a una sola acción principal.

Alexander es un tipo apesadumbrado al que le entristece la dirección hacia la que se encamina la humanidad. No entiende el materialismo y el maquinismo que articulan un mundo abocado al suicidio espiritual. Lo sabemos a través de los monólogos que comparte con su hijo pequeño, que temporalmente no puede hablar debido a una operación de amígdalas, y de sus reflexiones al contemplar un libro sobre iconos rusos que le regala su amigo: “Ya ni siquiera somos capaces de rezar”, dice mientras lo observa. Que se desmaye y en ese estado tenga la primera visión de un lugar caótico en el que una multitud exaltada corre de un lugar a otro, nos debe hacer reflexionar sobre lo que acontece después. Asimismo, sería importante tener en cuenta que buena parte de la acción tiene lugar durante una de esas noches blancas que caracterizan a una parte del verano del norte de Europa, en las que la oscuridad nunca es completa y que tradicionalmente se han vinculado a alteraciones nerviosas y febriles de algunos individuos. Parece evidente que durante la primera parte del metraje asistimos a un ejercicio de autosugestión del personaje principal que condiciona y explica el resto. Algo similar a lo que ocurría en Vampyr, de Dreyer. ¿Es por tanto todo un sueño del popio Alexander? ¿No se pone en marcha realidad ninguna guerra mundial? La ambigüedad es máxima. En cualquier caso, que lo que sucede sea real o una simple fantasía onírica no es lo que en verdad parece importarle a Tarkovsky, sino la decisión que toma su protagonista: su acto de sacrificio para salvar al mundo. Alexander cree que todo ha sucedido, por lo que en el tramo final de la película no dudará en cumplir con su ofrenda, incluso a sabiendas de que esta decisión lo convertirá en un loco a ojos de los demás, en una figura quijotesca que remite al Domenico (también interpretado por Erland Josephson) de Nostalgia.

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Desde un punto de vista formal, la obra se construye a partir de larguísimos planos secuencia de cadencia tan pausada que casi no se perciben los movimientos de la cámara. Destacaría como recurso técnico-narrativo el característico travelling de ida y vuelta del autor de Stalker, plasmado brillantemente en el plano secuencia inicial y en el del incendio de la casa al final. La milimétrica puesta en escena evoca en sus interiores tanto a las piezas teatrales de Chéjov como a los cuadros del pintor Hammershoi. Los exteriores, por su parte, están sublimemente fotografiados por el gran Sven Nykvist. En ellos, la superficie de la isla parece fundirse con el mar y el cielo en un horizonte infinito.

Resulta estéril seguir escribiendo sobre una película tan profundamente hermosa y compleja como la que nos ocupa, pues su naturaleza, como la de las verdaderas obras de arte, no deja de ser insondable. Lo mejor es encomendar al hipotético lector a que la visione y, sobre todo, la sienta.

Nota: 10/10

2 comentarios sobre “Sacrificio (Offret, 1986), de Andrei Tarkovsky.

  1. Acabo de comprar esta película recientemente y no tenido la oportunidad de verla, espero que sea tan asombrosa como Nostalgia y el Espejo

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