Shutter Island (2010), de Martin Scorsese.

“¿Qué es mejor, morir como un hombre bueno o vivir como un monstruo?”

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Verano de 1954. Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) y Chuck Aule (Mark Ruffalo), son dos agentes judiciales que se dirigen al hospital psiquiátrico de Ashecliffe, ubicado en una apartada isla del puerto de Boston, para investigar la desaparición de una peligrosa asesina.

Mórbido relato gótico revestido de thriller policíaco clásico que supone el mejor trabajo en años de Martin Scorsese. La película, adaptación de una novela de Dennis Lehane, está plagada de guiños cinéfilos, y es tanto por su atmósfera obsesiva como por sus giros en la trama, clara deudora de algunos autores de la literatura gótica como Ann Radcliffe o Henry James.

El estupendo guión de Laeta Kalogridis, que puede parecer algo desconcertante y disperso después de un primer visionado, se torna preciso y repleto de matices cuando el espectador ya sabe lo que va a acontecer y se centra en los detalles de una historia que posee mayor número de lecturas de las que uno cree en un principio.

Visualmente impecable, el filme se beneficia de un diseño de producción extraordinario, aderezado en el plano sonoro con las composiciones de músicos contemporáneos de la talla de John Adams, György Ligeti, Krzysztof  Penderecki o John Cage, entre otros.

Tras el inquietante prólogo y llegada a la isla, el personaje de Teddy se verá acuciado durante la investigación y de manera progresiva por una serie de ensoñaciones (brillantemente concebidas) y alucinaciones que aluden a un pasado borroso y atormentado del que no puede escapar. Su estado de culpa no asumida por un drama personal, no es más que la interiorización del clima de desasosiego y angustia existencial en el que se encontraba un mundo que acababa de contemplar algunos de los horrores más deleznables de la historia de la humanidad (la Segunda Guerra Mundial o el Holocausto). El Dachau minimalista que aparece en sus pesadillas, es una carga demasiado pesada de la que el hombre aún no ha podido desprenderse.

Todo el reparto secunda excelentemente la soberbia interpretación de un inmenso y dolido Leonardo DiCaprio, que realiza aquí una de las performance más destacadas de su carrera.

Se hubiera agradecido que la ambigüedad que preside buena parte del metraje se hubiese mantenido hasta el tramo final, que peca de sobreexplicativo, pese a que la última decisión de su protagonista lo eleve hasta hacerlo inolvidable.

Nota: 7/10

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