Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), de Vittorio De Sica.

“Jamás desesperes, aun estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante”.

(Miguel de Unamuno)

MBDBITH EC009

Antonio Ricci (Lamberto Maggiorani), casado y padre de dos hijos, es un desempleado de la Roma de posguerra al que le ofrecen un empleo para fijar carteles. Sin embargo, para ejercerlo necesita una bicicleta, y él empeñó la suya por necesidad tiempo atrás.

Ladri di biciclette constituye, al menos en mi opinión, un buen ejemplo de película que debe su prestigio más a su carácter de obra fundacional que a sus virtudes estrictamente cinematográficas. Sin duda se trata de un trabajo entrañable, emotivo, desgarrador en ocasiones y muy representativo dentro del movimiento neorrealista italiano (André Bazin la consideraba “cine en estado puro” por ser una historia sencilla, con personajes sencillos, rodada en localizaciones reales y con actores no profesionales), aunque su condición de clásico no debe impedirnos advertir también sus limitaciones y carencias.

La obra se abre con una multitud que se dirige agolpada a la oficina de desempleo del barrio. El funcionario de turno, papel en mano, se dispone a citar los nombres de aquellos afortunados que han sido seleccionados para desempeñar un trabajo. Antonio Ricci, nuestro protagonista, es uno de ellos. La oferta consiste en fijar carteles de películas por las calles de Roma. El único requisito imprescindible es estar en disposición de una bicicleta. Antonio duda. Necesita el empleo como nadie, pero sabe que empeñó su bicicleta hace un tiempo para poder dar de comer a su familia. Tras vacilar unos instantes, acepta; no le queda otra. Ahora toca recuperar la bicicleta. Su mujer, María (Lianella Carell), decide empeñar las sábanas de la cama para rescatar al viejo vehículo de dos ruedas que acumula polvo en un Monte di Pietá (uno de tantos en la Italia de la época). Una vez recuperado, Antonio, con la misma ilusión de un niño que estrena zapatos (él estrena uniforme), comienza a trabajar. Para su desgracia, y la de los suyos, mientras fija en un muro el cartel de Ryta Hayworth en Gilda, un malandrín le roba la bicicleta y echa a correr sin que le pueda dar alcance. El resto del filme, algo plano en su desarrollo, narra la desesperada odisea de Antonio y de su hijo Bruno (Enzo Staiola) para encontrar la bicicleta pateándose las calles de Roma. Lo mejor de Ladrón de bicicletas es precisamente la descripción que hace de esa relación entre padre e hijo. Llena de gestos de complicidad, emoción, humor y no exenta de algún que otro enfrentamiento.

De Sica, en otro de los grandes aciertos de la cinta, y apoyado en la sobria y cuasi documental fotografía en blanco y negro de Carlo Montuori, utiliza a la perfección los escenarios reales de las deprimidas calles de la Roma de posguerra, otorgando a su película una autenticidad que debió sobrecoger bastante a los espectadores de su tiempo. Hoy en día ya no impresiona tal aspereza visual, ni su realista retrato de la pobreza extrema, pero sigue destacando como un ejercicio de veracidad cinematográfica de primera línea.

Nota: 7/10

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