El sirviente (The Servant, 1963), de Joseph Losey.

“El truco más grande que el diablo jamás hizo, fue convencer al mundo de que no existía”.

(Charles Baudelaire)

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Tony (James Fox) es un joven acomodado que contrata los servicios de un mayordomo (Dirk Bogarde) para su nueva y lujosa residencia londinense. Lo que en principio transcurre como una relación normal entre señor y criado, termina por convertirse en un malsano juego de dominación y sumisión, donde los roles de uno y otro se confunden.

Este singular, sofisticado, complejo y fáustico estudio psicológico de las relaciones de poder entre individuos, constituye una de las grandes obras maestras del cine británico de todos los tiempos. El realizador estadounidense Joseph Losey, quien se afincó en Inglaterra huyendo del macartismo, dirige magistralmente un brillante guión escrito por el Nobel de Literatura Harold Pinter a partir de una novela de Robin Maugham. La película, abierta a múltiples lecturas, puede ser vista como una metáfora sobre la tradicional lucha de clases, como el retrato de la decadencia aristocrática de la segunda mitad del siglo XX, o como una mera exposición de la tendencia natural del hombre a corromperse.

Losey construye una milimétrica puesta en escena en la que los espejos (omnipresentes a lo largo del todo el relato) cumplen una triple función: simbólica, estética y narrativa. No sólo aluden al juego de apariencias en el que están inmersos los personajes, sino que también son utilizados para mostrar dentro del campo lo que, en realidad, está fuera. Los planos de larga duración, planificados y ejecutados de manera exquisita (la dirección de fotografía de Douglas Slocombe es uno de los aspectos más destacados del filme), otorgan al conjunto un aspecto teatralizado. Algo que no debe sorprender, dada la querencia del director por el mundo del teatro, donde llegó a colaborar con Bertolt Brecht, y que el guión es obra de un reputadísimo dramaturgo como Harold Pinter. Sobre este escenario cinematográfico (la mayor parte de la acción se desarrolla en el interior de la residencia de Tony) se mueven cuatro personajes: Tony, un joven dandi despreocupado que vive de su fortuna; Barrett, el mefistofélico mayordomo de perversas intenciones al que contrata; Susan (Wendy Craig), la clasista novia de Tony; y Vera (Sarah Miles), el elemento sexual que Barrett introduce en la casa para que seduzca a su señor. Los cuatro personajes están espléndidamente interpretados, sobre todo el de Barrett, que sirve a Dirk Bogarde para realizar uno de los mejores trabajos de su carrera.

El sirviente es una película de lo más sutil, plagada de detalles y gestos que pueden escapar a un primer visionado, pero que anticipan lo que poco a poco irá sucediendo. Al principio, por ejemplo, vemos cómo Barrett se gana la confianza de Tony gracias a su meticulosidad y eficacia como mayordomo, sin que apenas lleguemos a advertir cómo su sola presencia comienza a influir en la personalidad de Tony y en la relación que este mantiene con su novia.

Las relaciones de dependencia y poder (en mi opinión el tema principal de la obra), en un sentido más emocional (y sexual) que socioecónomico, juegan aquí un papel fundamental, y son las que determinan el progresivo intercambio de roles entre Tony y Barrett, que culmina en un último tramo orgiástico, turbador y asfixiante.

Nota: 9/10

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