Eduardo manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), de Tim Burton.

“La imaginación tiene sobre nosotros mucho más imperio que la realidad”.

(Jean de La Fontaine)

kk

Hace algún tiempo, en la ciudad de Suburbia, en lo alto de una colina presidida por un imponente caserón gótico, un viejo y solitario inventor (Vincent Price) dejó sin acabar la mayor de sus creaciones: un muchacho llamado Eduardo (Johnny Depp) que tenía por manos unas afiladas cuchillas.

Es posible que no sea del todo objetivo a la hora de valorar un filme que lleva conmoviéndome y haciéndome soñar desde que tengo uso de razón. Pero es que uno, que ya va cumpliendo sus años, se siente incapaz de reflexionar acerca de este maravilloso cuento de hadas sin dejarse embargar por el torrente de sentimientos y emociones que su repetido visionado desprende.

Eduardo Manostijeras quizá no sea el mejor trabajo de Tim Burton (ese honor corresponde a la excepcional Ed Wood); sin embargo, no tengo duda alguna de que se trata de su obra más personal e íntima. Aquella que refleja como ninguna otra la personalidad del extraño autor de Batman.

La película, un cruce entre La Bella y la Bestia y Frankenstein, supone un compendio de los intereses y gustos del cineasta (el romanticismo alemán, el horror gótico, el expresionismo cinematográfico, la subcultura pulp…) que deviene en una tierna fábula sobre las dificultades que entraña ser diferente en una sociedad que se ha autoimpuesto como patrones esenciales la impersonalidad y la homogeneidad. El ingenuo Eduardo compuesto por un Johnny Depp que parece salido del cine mudo, carente de cualquier tipo de malicia al haber vivido en completo aislamiento y cuya caracterización recuerda tanto al Cesare de El gabinete del Dr. Caligari como al líder de la banda The Cure, Robert Smith, es uno de esos personajes marginales e incomprendidos (quizá el más importante de todos) de los que pululan por el imaginativo universo burtoniano. De su mano (¿debería haber dicho tijeras?) descubriremos que este mundo, en su inabarcable egoísmo y acritud, no tolera que broten la inocencia y la bondad, no vaya a ser que cunda el ejemplo y deje de ser esa gran mierda que entre todos hemos contribuido a crear.

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La sensibilidad mostrada por el director en el tratamiento de personajes y situaciones, su negro sentido del humor, la excelente labor de todo el reparto, el diseño de producción (impresionante el decorado del caserón del inventor) y la emotiva, casi celestial, partitura de Danny Elfman, convierten esta extravagante historia en algo inolvidable.

No sé ustedes, pero yo, cada vez que nieva, al margen de explicaciones puramente meteorológicas, siempre pienso en que el inocente Eduardo, taciturno y con el corazón triste, está tallando alguna de sus extraordinarias esculturas de hielo en su solitario mundo de sombras. Cosas del cine.

Nota: 8/10

2 comentarios sobre “Eduardo manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), de Tim Burton.

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