Mystic River (2003), de Clint Eastwood.

“Aquí enterramos nuestros pecados y lavamos nuestras conciencias”.

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Tres amigos de la infancia, Jimmy Markum (Sean Penn), Sean Devine (Kevin Bacon) y Dave Boyle (Tim Robbins), vuelven a cruzar sus caminos pasados veinticinco años, tras el brutal asesinato de la hija de uno de ellos.

Magistral thriller urbano de insólita intensidad y poderosa narrativa que supone uno de los mejores trabajos de Clint Eastwood como director. Basándose en la novela homónima de Dennis Lehane, el filme reflexiona sobre cómo un hecho arbitrario acaecido en el pasado, puede llegar a determinar, de un modo distinto en cada caso, el futuro vital de quienes fueron testigos del mismo. Mystic River es una tragedia clásica. Un relato sombrío y fatalista que deja al individuo a merced de sus impulsos, pasiones y fantasmas interiores.

Tres niños juegan al hockey en una de las calles de su barrio de Boston. Al terminar, graban sus nombres sobre el cemento todavía fresco del pavimento: JIMMY, SEAN y DA… la llegada de un coche interrumpe el ritual. Un desconocido baja de él y les suelta una dura reprimenda. El tipo en cuestión, supuesto policía, se dirige a uno de ellos con tono autoritario, induciéndolo a que suba al vehículo. Acongojado, el niño obedece sin saber que se encamina a la guarida del lobo, ubicada allá en lo más profundo del bosque. Es Dave el que, sentado en la parte trasera del automóvil, termina desapareciendo ante la atónita mirada de sus dos amigos. Ninguno sabe que a partir de ese instante sus vidas cambiarán para siempre. Porque, sin ese episodio de la infancia, pasado el tiempo, Dave no sería el infeliz trastornado que ahora es, ni, probablemente, Sean hubiera optado por hacerse policía, ni Jimmy por convertirse en un delincuente ya reformado. Resulta curioso, a la par que cruel, que, muchos años más tarde, sea otro hecho fatídico el que vuelva a unir sus destinos. Dave parece el principal sospechoso del asesinato de la hija de Jimmy, y Sean deberá resolver el caso antes de que su viejo amigo se tome la justicia por su mano.

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Valiéndose de una tenebrista puesta en escena, brillantemente envuelta por la monocroma fotografía de Tom Stern, el autor de Sin perdón desnuda a unos personajes bien definidos y mejor interpretados (impresionantes las composiciones de Penn, Robbins y Bacon). La narración es soberbia, culminando en uno de los montajes en paralelo más tensos que se recuerdan, cerrado con un fundido en blanco que sigue al sonido sordo de un disparo. Si este no es uno de los momentos cumbre del cine norteamericano de las últimas décadas, yo no he visto una sola película en mi vida.

Y ahora dejemos de emborronar con zafias palabras el recuerdo indeleble de esta casi obra maestra. Véanla. O piénsenla. O mejor, hagan las dos cosas.

Nota: 8/10

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