Perdición (Double Indemnity, 1944), de Billy Wilder.

“¿Cómo iba yo a saber que a veces el asesinato tiene un aroma parecido al de la madreselva?”

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Walter Neff (Fred MacMurray) es un vendedor de seguros que se enamora perdidamente de Phyllis Dietrichson (Barbara Stanwyck), la atractiva esposa de uno de los clientes de su compañía. Entre los dos elaboran un minucioso plan para asesinar al marido y así cobrar la correspondiente indemnización de la póliza contra accidentes que este tiene suscrita.

Obra maestra absoluta y auténtico paradigma del género negro. Double Indemnity, adaptación de la novela homónima de James M. Cain, constituye uno de los mejores trabajos de Billy Wilder, quien trasladó el texto original a la gran pantalla con la ayuda del escritor Raymond Chandler. El resultado es un portentoso y sórdido ejercicio noir marcado por el deseo, la ambición, el asesinato, los celos, el chantaje y la traición.

Medianoche, un vehículo atraviesa a toda velocidad las calles de Los Ángeles sin respetar las señales de tráfico que encuentra en su camino. A tenor de una conducción tan temeraria, pareciera como si al conductor le fuese la vida en ello. Tal vez sea así. El vehículo estaciona al lado de un edificio de oficinas. Un tipo malherido, ataviado con gabardina y sombrero oscuro, desciende lentamente de él. El portero del edificio le abre la puerta para, a continuación, acompañarlo en el ascensor hasta el piso duodécimo. Allí, el tipo en cuestión, entra en la oficina central de una compañía aseguradora. Está vacía, a excepción de tres empleados de la limpieza que realizan su trabajo en completo silencio. Nuestro hombre se dirige hacia un despacho. Abre la puerta, entra, enciende la luz y toma asiento junto a un escritorio sobre el que hay una especie de grabadora. Tras encender un cigarrillo con cierta dificultad, comienza a hablar al aparato en los siguientes términos: “Memorándum de trabajo. De Walter Neff a Barton Keyes, gerente de reclamaciones. Los Ángeles, 16 de julio de 1938. Estimado Keyes, me imagino que dirás que esto es una confesión cuando lo oigas. Bueno, no me gusta la palabra confesión. Sólo quiero dejar en claro algo que no viste porque estaba en tus narices. Crees que eres el mejor en reclamaciones, que nadie te engaña con una reclamación falsa. Quizá sea cierto, pero hablemos de la reclamación de Dietrichson. Indemnización doble por accidente. Te fue muy bien al principio, Keyes. Dijiste que no fue un accidente. Correcto. Que no fue un suicidio. Correcto. Que fue un homicidio. Correcto. Creías que lo sabías todo, ¿no? Que habías cerrado el caso sin ningún cabo suelto. Todo estaba perfecto. Pero no es así, porque cometiste un error, un pequeño error. Te equivocaste con el asesino. ¿Quieres saber quién mató a Dietrichson? Que no se te vaya a caer tu puro barato, Keyes. Yo maté a Dietrichson. Yo, Walter Neff, vendedor de seguros. 35 años de edad, soltero, sin ninguna cicatriz visible… bueno, hasta hace poco. Sí, yo lo maté. Lo maté por dinero y por una mujer. Perdí el dinero y perdí a la mujer. Estupendo, ¿no?”  Así comienza el filme, de este modo tan directo, con la confesión que Walter hace a su compañero de trabajo y amigo, Barton Keyes (Edward G. Robinson), lo que da lugar a un extenso flashback que abarca la práctica totalidad del metraje, y que se inicia en la “casona española” a la que el protagonista acude con la intención de renovar unas pólizas de automóviles que han vencido. Es ahí donde se encuentra por vez primera con Phyllis, recién salida de la ducha y envuelta en una toalla. Minutos más tarde, esta descenderá por las escaleras de la casa luciendo una sexy cadenita al tobillo. ¡Flechazo!

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Como señalaba al principio de la reseña, Perdición es un ejemplo canónico de los atributos que comúnmente adornan al género negro: la voz en off, el flashback, la mujer fatal, el ambiente urbano, la tensión, los giros inesperados de la trama, las dosis de fatalismo… Por cierto, esta vez sí que se acertó con el título en castellano, ya que confiere a la película un sentido trágico del que carecía por completo el original.

Impresionantes composiciones de Fred MacMurray, Barbara Stanwyck y Edward G. Robinson. También son dignas de mención la expresionista fotografía en blanco y negro de John F. Seitz y la adecuada partitura del gran Miklós Rózsa.

Lo dicho. Imprescindible.

Nota: 9/10

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