La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935), de James Whale.

“¡Por un mundo nuevo de dioses y monstruos!”

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Después de las terribles consecuencias que desencadenó la creación de la criatura (Boris Karloff), sepultada ahora bajo los restos de un viejo molino quemado, el doctor Frankenstein (Colin Clive), su creador, se encuentra reposando, aún en estado de shock, en su hogar junto a su mujer, Elizabeth (Valerie Hobson). Sin embargo, la llegada del siniestro doctor Pretorius (Ernest Thesiger), otro científico obsesionado con crear vida, lo sacará de su aislamiento, empujándolo nuevamente hacia sus viejos experimentos.

Absoluta libertad creativa.

Filmes como Drácula, de Tod Browning, o El doctor Frankenstein, del propio Whale, ambos de 1931, constituyeron grandes éxitos de taquilla en un período de prolongada depresión económica. Pareciera como si el cine de monstruos aflorase siempre en tiempos de crisis. Lo que había sucedido años atrás en la Alemania posterior al Tratado de Versalles, se daba ahora en Estados Unidos tras el Crac del 29. Viendo la gallina de los huevos de oro, el jefe de producción de los estudios Universal, Carl Laemmle Jr., propuso a Whale la realización de una secuela de su película de 1931. Este, en un principio, se negó rotundamente, aduciendo que quería hacer otro tipo de trabajos alejados del género fantástico. Sin embargo, la insistencia de Laemmle, que ofreció al director inglés un mayor presupuesto que en la película precedente y una libertad creativa absoluta, terminó por convencer a Whale, que acabaría alumbrando su gran obra maestra.

Emulando la reunión del Lago de Ginebra.

En mayo de 1816, Mary Shelley; su esposo, el poeta Percy Shelley; su hermanastra, Claire Clairmont; Lord Byron y el médico y secretario de este, John William Polidori, se reunieron en la Villa Diodati, muy próxima al Lago de Ginebra, para pasar unos días. Este episodio fue recreado por el director español Gonzalo Suárez en su interesantísima Remando al viento (1988). Allí, entre interminables charlas nocturnas y lecturas de todo tipo, el autor de Las peregrinaciones de Childe Harold planteó a los demás la idea de que cada uno de ellos escribiera una historia sobrenatural. Mary Shelley decidió escribir Frankenstein o el Moderno Prometeo, su primera novela, que se publicaría en 1818. Pues bien, en el prólogo de La novia de Frankenstein, uno de los momentos esenciales de la película, aparecen los personajes de Mary Shelley (Elsa Lanchester), Percy Shelley (Douglas Walton) y Lord Byron (Gavin Gordon), que se encuentran reunidos en torno a una chimenea, mientras el exterior es sacudido por una furibunda tormenta. Byron, delante de un ventanal, muestra su sorpresa por el hecho de que una fémina tan delicada y temerosa como Shelley, que dice tener miedo a las tormentas, haya escrito una historia tan espeluznante como Frankenstein. El poeta rememora entonces algunas escenas del primer filme. A continuación, Shelley revela tanto a él como a su marido que su relato aún no ha concluido, iniciando una narración que une el final de la primera película con el principio de la segunda. Simplemente magistral.

El doctor Pretorius.

Si hay un personaje en Bride of Frankenstein que marca las diferencias con respecto al primer filme, ese no es otro que el del doctor Pretorius, al que interpreta de manera brillante el actor británico Ernest Thesiger, con quien Whale ya había trabajado unos años antes en El caserón de las sombras (The Old Dark House, 1932). Es el Mefistófeles de la película. El diablo que incita a Henry Frankenstein a volver al lado oscuro. Se trata de un tipo siniestro, divertido, blasfemo, afeminado y ateo. Capaz de cualquier cosa con tal de llevar a buen término sus experimentos sobre la creación de vida. Su presentación en la película, envuelto en sombras bajo el marco de una puerta, sería homenajeada décadas más tarde por William Friedkin en El exorcista (The Exorcist, 1973), cuando el padre Merrin (Max von Sydow) visita  por vez primera la casa de la endemoniada Regan (Linda Blair). La escena en la que Pretorius muestra a Henry sus diminutas creaciones encerradas en frascos de cristal, es una de las más recordadas de la obra que nos ocupa. En ella sorprende lo logrados que están los efectos especiales para la época.

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Una comedia negra.

Pese a lo que pueda parecer, La novia de Frankenstein no es una cinta de terror al uso, sino más bien una comedia negra en la línea de la citada El caserón de las sombras o algunos momentos de El hombre invisible (The Invisible Man, 1933). Hay mucho humor negro, mucha ironía, mucha sátira y mucha mala baba en sus apenas setenta y cinco minutos de metraje. Se nota que Whale gozó aquí de una libertad que no tuvo en la primera parte (El doctor Frankenstein resultaba demasiado seria para ser una de sus obras). A ningún otro director se le hubiese ocurrido la idea de meter en una película de terror a la chillona de Una O´Connor, o a personajes tan caricaturescos como el del burgomaestre del pueblo. Esa mezcla de parodia y horror es una de las marcas de la casa del gran James Whale.

Entre el bien y el mal.

¿El hombre es bueno por naturaleza como afirmaba Rousseau, o, por el contrario, es un lobo para el propio hombre como defendía Hobbes? En Bride of Frankenstein, al igual que en la novela de Shelley, se plantean diversas cuestiones morales acerca de las ideas del bien y del mal. ¿Es el monstruo un ser malvado o una simple víctima? ¿Cuál es su tendencia natural? ¿Acaso sus actos no vienen determinados por las reacciones que su espantoso aspecto causa en los demás? Hay en el filme una secuencia bellísima, conmovedora. Me refiero al primer encuentro en el bosque entre la criatura y el ermitaño ciego, mientras este toca al violín las notas del Ave María de Schubert. Es la única vez en toda la película que el monstruo, huérfano, abandonado y apaleado, recibe un trato humano. Nunca más volverá a sentir nada parecido, ni siquiera cuando creen a su compañera, que lo rechazará de inmediato.

La novia.

No podemos finalizar el comentario sin aludir a la novia, interpretada también por Elsa Lanchester. Las hábiles manos del maestro Jack Pierce, que debió inspirarse en el busto de Nefertiti, crearon un verdadero icono dentro del género. ¿Quién no ha visto ese look en cualquier fiesta de disfraces de Halloween? A día de hoy, su vigencia estética permanece invariable. Su creación da lugar al clímax final de la obra, reforzado por la genial partitura de Franz Waxman. Qué momento memorable cuando la novia, tras un primerísimo plano de sus ojos ya desprovistos de vendas, comienza a desplazarse con dificultad, a mirar a su alrededor, ayudada por Frankenstein y Pretorius, que ejercen de improvisadas matronas y tratan de que no pierda el equilibrio. Sin duda, una de las cumbres del cine fantástico.

En definitiva, en términos de estilo visual, originalidad creativa y conjugación de todos y cada uno de los elementos que conforman un ejercicio fílmico, desde el guión hasta la puesta en escena,  pasando por la fotografía, el trabajo de los actores o la música, podemos afirmar que La novia de Frankenstein es una de las grandes películas de todos los tiempos. Y recuerden: ¡está viva!

Nota: 9/10

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