Vértigo. De entre los muertos (Vertigo, 1958), de Alfred Hitchcock.

“¿Crees que una persona del pasado, un muerto, puede llegar a tomar posesión de un ser viviente?”

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San Francisco. “Scottie” Ferguson (James Stewart), experimentado detective que padece acrofobia, decide retirarse tras un desgraciado incidente que le cuesta la vida a un compañero durante un acto de servicio. Poco después, Gavin Elster (Tom Helmore), un antiguo colega de estudios, lo contrata para que siga a Madeleine (Kim Novak), su bella esposa, la cual parece estar poseída por el espíritu de un antepasado.

Tratar de escribir sobre Vértigo. De entre los muertos, una de las obras más hermosas, complejas, fascinantes e influyentes de la historia del cine, me parece una verdadera temeridad. Y es que no creo que existan reflexiones o análisis que puedan condensar, ni siquiera de un modo ínfimo, la sabiduría cinematográfica que desprenden todas y cada una de las hipnóticas e imborrables imágenes que la conforman.

Nos encontramos ante el que quizá sea el mejor y más personal trabajo de Alfred Hitchcock: aquel en el que el maestro inglés plasmó, como en ningún otro, sus más profundas obsesiones y querencias. Está basado en la novela D´entre les morts, de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, aunque de donde realmente bebe su espíritu es de algunos de los relatos de Edgar Allan Poe, uno de los escritores favoritos del autor de Rebeca. Al conocedor de la obra del literato de Boston, no le resultará complicado hallar en la cinta que ahora nos ocupa claras reminiscencias de textos como Ligeia, El retrato oval o Berenice.

La película posee una estructura narrativa helicoidal, con dos partes claramente diferenciadas que, en términos de espacios y situaciones, suponen una reiteración. La primera de ellas se atiene a las constantes del relato gótico, con aparentes presencias fantasmales, una mujer misteriosa, referencias a leyendas del pasado, cementerios neblinosos y construcciones arquitectónicas de otra época. Durante esa parte, el personaje de James Stewart se enamorará perdidamente de una fantasía, puesto que la Madeleine que él ve no existe realmente. Existen la verdadera Madeleine y Judy, pero no la Madeleine, mezcla de ambas, que se crea en su psique. “Scottie” queda preso de esa ilusión, de modo que aunque la acción avance, su mente permanece anclada en el pasado. Es por ello que la segunda parte del filme, no es sino una repetición de la primera, un tránsito aletargado y cuasi onírico por aquellos lugares y rincones que le recuerdan a su perdida amada.

La forma espiral o circular, símbolo de la patológica y mórbida obsesión amorosa que sufre el protagonista, está presente a lo largo de todo el metraje: el ya mítico torbellino que aparece en los extraordinarios títulos de crédito iniciales diseñados por Saul Bass, la sensación de vértigo y mareo que acucia a “Scottie”, las escaleras de caracol que ascienden al campanario, el moño que lucen Madeleine y su bisabuela Carlotta en el retrato, el ramo de flores que portan ambas, el travelling de 360 grados que Hitchcock utiliza en una determinada escena… Todo remite al círculo, la forma geométrica perfecta, en Vértigo.

Técnicamente es una película brillantísima. Se diría que sus ciento veintinueve minutos de duración contienen todo el saber cinematográfico. Si en verdad alguien quiere saber lo que es el cine, que vea Vértigo. Que la vea una y otra vez. De entre los mil y un recursos usados por el maestro del suspense, destacaría el efecto del vértigo que consiguió mediante la combinación de un zoom con un travelling de retroceso. Un innovador y genial truco de cámara del que posteriormente se valdrían decenas de directores, entre ellos el Steven Spielberg de Tiburón o el Peter Jackson de El señor de los anillos.

James Stewart - vertigo

Con respecto a las influencias fílmicas que Hitchcock debió tener en cuenta a la hora de configurar esta rotunda obra maestra, cabe citar al Buñuel de Él (la cinta del genio de Calanda es citada visualmente en más de una ocasión), al Lang de Perversidad y al Preminger de Laura.

El gran James Stewart y una felina y huidiza Kim Novak, realizan las que probablemente sean las interpretaciones más logradas de sus respectivas carreras. Mención aparte merece la embelesante partitura de Bernard Herrmann, cuyo talento compositivo se elevó aquí a la enésima potencia, ofreciéndonos una de las mejores bandas sonoras de todos los tiempos.

Considero que no hay mejor forma de finalizar el comentario, que reproduciendo unos versos de Charles Baudelaire, el poeta romántico y maldito por excelencia. Su Himno a la belleza bien podría estar dedicado a Madeleine/Judy, o a cualquiera de las mujeres fatales que, en el séptimo arte, nos han subyugado aun a sabiendas de que tras sus delicadas facciones se escondían los más oscuros y dañinos propósitos:

¿Vienes del hondo cielo o del abismo sales

Belleza? Tu mirada, infernal y divina,

confusamente vierte los favores y el crimen,

y por esto podrías al vino compararte.

En tus ojos contienes la aurora y el ocaso;

cual tormentosa noche tú derramas perfumes;

tus besos son un filtro y un ánfora tu boca

que al niño envalentona y acobardan al héroe.

¿De negra sima sales o de los astros bajas?

Tus enaguas, cual perro, sigue hadado el Destino;

vas al azar sembrando la dicha y los desastres,

y todo lo gobiernas y de nada respondes.

Caminas sobre muertos, Beldad, de los que ríes;

el Horror, de tus joyas no es la que encanta menos,

y entre tus más costosos dijes, el Homicidio

en tu vientre orgulloso danza amorosamente.

La cegada polilla vuela hacia ti, candela,

crepita, brilla y dice: bendigamos tal llama

Jadeando el amante sobre su hermosa, el aire

tiene de un moribundo que acaricia su tumba.

¿Qué vengas del Infierno o del Cielo, qué importa,

¡Belleza! ¡Monstruo enorme, ingenuo y espantoso!

Si tus ojos, tu risa, tu pie me abren la puerta

 de un infinito al que amo y nunca he conocido?

De Satán o de Dios, ¿qué importa? Ángel, Sirena,

¿qué importa, si tú –hada de ojos de terciopelo-

vuelves –ritmo, perfume, luz, ¡oh mi única reina!-

menos horrible el mundo, los instantes más leves?

Nota: 10/10

7 comentarios sobre “Vértigo. De entre los muertos (Vertigo, 1958), de Alfred Hitchcock.

  1. He experimentado esta reseña igual que la película: la primera vez me fue indiferente, la segunda me fascinó profundamente. Creo que así son muchas obras maestras; se tienen que rumiar para exprimir toda su belleza. Primero somos hombres que van descubriendo, luego somos pobres enamorados, hechizados por el pasado.

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  2. Bueno, que decir de Vértigo, una de las mejores de Hitchcock. Por mucho tiempo pensé que era una película con fallas porque no me parecía que Judy tuviese razones para interactuar con Scottie luego de haber representado su papel.

    Le gusta a 1 persona

  3. Hola Ricardo: Después de revisar Vértigo por enésima vez leo tu crítica y no me queda más que felicitarte porque, si bien como dices se han escrito ríos de tinta sobre la misma, tienes la rara habilidad de con gran precisión y poder de síntesis repasar los principales temas involucrados con una escritura diáfana y amena.
    Tengo mucho interés en saber si vos encuentras alguna similitud en Bajos Instintos y Vértigo en lo siguiente: 1) tomas aéreas de vehículos que se trasladan por una ruta al borde de un precipicio con mar al fondo: 2) dichas travesías están adornadas con una música que al ver Vértigo, la composición de Bernard Harrmann me hizo acordar a la composición de Jerry Goldsmith que fué nominado al Oscar por la música de Basic Insinct; 3) la obsesión en ambos protagonistas por una rubia de pelo corto que los embruja y manipula. En fin, sé que no será de tu agrado que compare una película con la otra, pero ese no es mi punto, es saber si vos coincides en estas similitudes que encontré y que no harían otra cosa que confirmar que en el cine, como en todas las artes, lo más difícil es la creatividad. Espero tu respuesta. Saludos desde Argentina.

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