La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1947), de Orson Welles.

“Como los tiburones, enloquecidos con su propia sangre, devorándose a sí mismos”.

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Michael O´Hara (Orson Welles), marinero irlandés, es contratado por Arthur Bannister (Everett Sloane), un rico abogado criminalista, para que trabaje en su yate privado como compensación por haber ayudado a Elsa (Rita Hayworth), su hermosa mujer. Fuertemente atraído por la fémina en cuestión, Michael se inmiscuirá en un falso asesinato.

Pese a resultar mutilada en la sala de montaje, The Lady from Shanghai, inspirada en la novela negra de quiosco If I Die Before I Wake, de Sherwood King, constituye uno de los títulos más fascinantes de la carrera de Orson Welles. Un filme perfecto en su imperfecta perfección.

Según se cuenta, el proyecto surge a consecuencia de un préstamo de 25.000 dólares que Welles había recibido del presidente de Columbia, Harry Cohn, para financiar la puesta en escena teatral de La vuelta al mundo en ochenta días. A cambio, el enfant terrible de Hollywood se comprometió a dirigir una película protagonizada por la que por entonces seguía siendo su mujer, la estrella Rita Hayworth. En realidad, ambos estaban ya prácticamente separados, lo que viene a explicar la desglamourización a la que la actriz fue sometida por parte de su ex, quien la obligó a cortarse su famosa cabellera y teñírsela de rubio platino.

Debido a los recortes sufridos, la trama se vuelve ininteligible por momentos. Además, cuesta tragarse la ingenuidad del protagonista. Da igual, ustedes saben que en una obra del autor de Ciudadano Kane, más que lo que se cuenta, lo que de verdad importa es el modo en que se cuenta. Y ahí no hay peros que valgan. Impresionante su imaginería visual. El filme, de turbadora atmósfera expresionista, está repleto de los primerísimos planos, las angulaciones de cámara, los ampulosos planos secuencia y el juego de picados/contrapicados característicos de su director. Son varias las secuencias antológicas que contiene: el encuentro entre Michael y Elsa en el acuario, la persecución en el interior del teatro chino, el alucinado paseo del protagonista por la “Casa de los locos” o el tiroteo final en el laberinto de los espejos. Esta última, fragmentada como la propia película, supone una de las escenas más inolvidables de la historia del séptimo arte.

Lo dicho: amputada, desigual e imperfecta, pero decididamente genial. Casi una obra maestra.

Nota: 8/10

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