Nazarín (1959), de Luis Buñuel.

“No sé más sino que a medida que avanza lo que ustedes entienden por cultura, y cunde el llamado progreso, y se aumenta la maquinaria, y se acumulan riquezas, es mayor el número de pobres y la pobreza es más negra, más triste, más displicente”.

(Nazarín, Benito Pérez Galdós)

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México, principios del siglo XX. Tras dar cobijo a una prostituta perseguida por la ley, el padre Nazario (Francisco Rabal) se verá obligado a marcharse a peregrinar al campo.

El genio de Calanda firma una de sus mejores obras con esta adaptación de la novela homónima de Benito Pérez Galdós (1895): historia que narra las idas y venidas de un humilde sacerdote en su intento por plasmar, en cada uno de sus actos, los ideales de la fe cristiana.

El Nazarín de Buñuel, que supone una de las más conseguidas interpretaciones de ese gran actor que era Francisco Rabal, es una suerte de figura quijotesca de claras reminiscencias cristológicas (tiene seguidores, “sana” a enfermos, pone la otra mejilla…). Un idealista de inquebrantables convicciones religiosas y morales que pretende ejemplificar la esperanza en un mundo de miseria, ignorancia y superstición. Al igual que el Caballero de la Triste Figura cervantino, saldrá a los campos de Dios con el objetivo de “desfacer entuertos” y servir a sus semejantes. Sin embargo, y aquí radica la paradoja sobre la que se articula el relato, la mayoría de sus acciones no tendrán las consecuencias esperadas.

Buñuel, que en alguna ocasión declaró ser “ateo, gracias a Dios”, moldea con sumo respeto a su personaje central, sin hacerlo caer nunca en el fácil ridículo. No obstante, como en Viridiana, se muestra contundente a la hora de enfatizar su idea de que resulta imposible, por absurdo, intentar aplicar a la vida contemporánea las enseñanzas de Jesús de una forma literal.

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La sobria y árida puesta en escena, se utiliza como reflejo de la concepción austera que de la existencia tiene el protagonista: nada posee y menos necesita, entregando y haciendo todo por el bien de los demás. Su rebeldía espiritual permite emparentarlo con personajes como el Johannes de Ordet (La palabra) o el Stalker de Stalker.

A lo largo del metraje, encontramos algunos momentos en los que se puede advertir el sugestivo surrealismo característico del autor de Los olvidados, como en la extraña visión del retrato de un Cristo que ríe a carcajadas, en el sueño donde aparece un beso cuasi vampírico, o en el personaje del enano enamorado.

En conclusión: Nazarín es un extraordinario drama religioso. Un gozoso estímulo para mente y alma. Un ejemplo más de la categoría autoral del cineasta de habla hispana más importante de todos los tiempos.

Nota: 9/10

6 comentarios sobre “Nazarín (1959), de Luis Buñuel.

  1. Espero que pronto puedas sorprendernos con tu lista de las mejores peliculas de los 60 y nada, felicitarte por ayudar a muchos a conocer el verdadero cine-arte

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