Umberto D. (1952), de Vittorio De Sica.

“El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo”.

(Gabriel García Márquez)

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Umberto Domenico Ferrari (Carlo Battisti), es un anciano que malvive con una miserable pensión que ni siquiera le da para pagar el alquiler de la habitación donde reside. María (Maria Pia Casilio), la sirvienta, y Flike, su perro, son su único consuelo.

El neorrealismo surgió en la Italia de los años cuarenta, en un contexto de pauperización socioeconómica producido tras la derrota del país en la Segunda Guerra Mundial. Realizadores como Roberto Rossellini, Luchino Visconti o el que nos ocupa, Vittorio De Sica, se inspiraron en la sociedad y las personas de su tiempo para sentar las bases de un movimiento cinematográfico que acabaría teniendo una gran repercusión a nivel internacional. Umberto D. constituye una de las cimas de ese movimiento. Y quizá sea la mejor de las películas filmadas por De Sica, incluso por encima de su archiconocida Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948).

El filme, dedicado a Umberto De Sica, padre del cineasta, es un conmovedor relato sobre la pobreza, la vejez, la soledad y la desesperación vital. Su protagonista es el viejo Umberto Domenico Ferrari (inolvidable interpretación de Carlo Battisti), un jubilado que apenas sobrevive debido la insuficiente pensión que le ha dejado el Estado después de trabajar como funcionario durante más de treinta años. Reside en una habitación de alquiler en compañía de su perro Flike, su gran y único amor, por quien el anciano haría cualquier cosa. Antonia (Lina Gennari), la casera del edificio, una arpía de mucho cuidado, lo quiere desahuciar porque le adeuda una parte del contrato. Necesitado de dinero, Umberto malvende alguna de sus escasas pertenencias. Ya saben ustedes, poca cosa. Pero lo recaudado no le da para pagar lo que debe. Mientras tanto, la casera le sigue apretando, amenazándolo con echarlo si no salda su deuda antes de final de mes. Menos mal que está Flike, su fiel amigo. María, la sirvienta, una joven embarazada de un militar (en realidad no sabe quién es el padre), hace lo que puede por el viejo. Al menos le regala su compañía de rato en rato. Incluso va a visitarlo al hospital cuando lo ingresan unos días por culpa de una inflamación de las amígdalas. Digamos que es como la hija que Umberto, soltero de toda la vida, nunca tuvo. No obstante, no hay nadie más importante para él que su perro Flike. Este supone su mayor preocupación, ya que no quiere verlo en la calle si finalmente lo desahucian. La relación entre ambos (verdadero eje dramático de la obra) es tierna, mágica, entrañable.

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De Sica rodó la película con escasos medios, a caballo entre los míticos estudios Cinecittá y las calles de Roma. La puesta en escena es sencilla, de composición extremadamente sobria. Los aspectos técnicos quedan relegados a un segundo plano cuando lo que en verdad importa es la historia. Una historia que, por desgracia, está muy de actualidad en nuestro país, donde la realidad se vuelve cada día más “neorrealista”.

Una escena para recordar (spoiler): el reencuentro entre Umberto y su perro cuando ya lo daba por perdido. Preciosa.

Nota: 9/10

2 comentarios sobre “Umberto D. (1952), de Vittorio De Sica.

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