Misión de audaces (The Horse Soldiers, 1959), de John Ford.

“No puede esperarse que los hombres sean trasladados del despotismo a la libertad en un lecho de plumas”.

(Thomas Jefferson)

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Guerra de Secesión. Un regimiento del ejército de la Unión comandado por el coronel John Marlowe (John Wayne), debe adentrarse en territorio confederado con el objetivo de destruir una línea de ferrocarril. El mayor y médico Henry Kendall (William Holden), también formará parte de una partida que marcha a contrarreloj para no ser interceptada por el enemigo.

Soberbio e infravalorado título bélico de envoltura westerniana y marcado cariz antibelicista, con el que John Ford, sin ánimo de impartir discursos o emitir juicios morales, muestra la crudeza, el espanto y las contradicciones derivadas de cualquier conflagración. Apoyándose en un sólido guión, el filme aúna con suma maestría lo épico y lo íntimo, lo grave y lo liviano, el drama y el humor, la acción y la reflexión… en un relato de vigorosa narrativa y profunda hendidura psicológica.

Ford se introduce por cuarta ocasión en el universo de la caballería estadounidense, alejándose esta vez de la visión romántica y costumbrista de los quehaceres castrenses que predominaba en su trilogía canónica. Y es que frente a la megalomanía temeraria de Fort Apache (1948), la serenidad crepuscular de La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949) y el lirismo nostálgico de Río Grande (Rio Grande, 1950), The Horse Soldiers, en lo que es un evidente síntoma de madurez, se muestra más sobria y crítica, más amarga y desesperanzada.

Uno de los puntos fuertes de la película es la tensa confrontación que surge entre sus dos protagonistas principales: la encarnación del deber a manos de un imponente y autoritario John Wayne (que demuestra por enésima vez su categoría actoral) frente a la visión humanista del siempre excelente William Holden. Marlowe, de carácter ambiguo y renegado, se verá ante la paradoja de destruir en servicio militar aquello que le servía para subsistir en su vida civil (era peón de ferrocarril). Y lo tendrá que hacer acompañado del representante de un gremio, el de la medicina, hacia el que siente animadversión por un trágico acontecimiento del pasado. Kendall, por su parte, es un hombre de paz para el que, en virtud del Juramento Hipocrático al que se debe, lo esencial es el servicio a la integridad y dignidad humanas. Entre estas dos fuertes personalidades encontramos a la necesaria presencia femenina en el personaje de Constance Towers, una acomodada chica del sur cuya aparente frivolidad será puesta a prueba por las terribles circunstancias del conflicto.

El autor de Centauros del desierto moldea sabiamente a todos sus personajes, haciendo virar sus emociones y sentimientos en virtud de lo acontecido, y otorgando a cada momento de la narración el tempo adecuado.

Misión de audaces es una cinta a reivindicar dentro de la extensa filmografía fordiana. Un ejemplo más del grandioso talento de su hacedor. Casi una obra maestra.

Nota: 8/10

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