Simón del desierto (1965), de Luis Buñuel.

“Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí, es agobio, no alivio; apesadumbra en vez de levantar”.

(San Agustín)

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Siglo V. Simón el estilita (Claudio Brook) lleva varios años viviendo de pie sobre una columna en medio del desierto como penitencia que le acerque a Dios. Ahora debe hacer frente a las constantes tentaciones del diablo, que siempre se le aparece en forma de mujer (Silvia Pinal).

En Buñuel, como sólo ocurre con los más grandes, basta con ver un par de fotogramas de cualquiera de sus películas para identificar la autoría de las mismas. Simón del desierto, obra inacabada pero fascinante, fue el último filme que el maestro aragonés rodó en tierras mexicanas. Concebido inicialmente como un largometraje más, las carencias económicas (el productor Gustavo Alatriste se quedó sin dinero) provocaron que acabase siendo un mediometraje, impidiendo así la culminación de lo que, sin duda, hubiese sido una nueva obra maestra dentro de la filmografía del genio de Calanda.

Obviando las simplonas y resobadas lecturas que reducen la mayoría de los trabajos del autor de Los olvidados a una mera crítica de la moral cristiana, la cinta que ahora nos ocupa debe verse como una reflexión acerca de la condición humana y su doble naturaleza: cuerpo y espíritu. ¿Es posible satisfacer nuestros anhelos espirituales en un mundo eminentemente materialista y pragmático? Simón intenta hacerlo a través de la ascesis y la renuncia al contacto con sus semejantes, algo que el cineasta enfatiza visualmente al contraponer la existencia vertical del santo (siempre encima de su elevada columna) con el horizontalismo terreno de los que lo rodean. En cierto modo, el idealismo del protagonista y sus ridículos (por infructuosos) intentos de llevarlo a cabo, nos recuerdan a anteriores personajes buñuelianos como Viridiana o Nazarín, de los que Simón es una suerte de sucedáneo.

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A pesar de los escasos medios con los que contó en la producción, Buñuel da muestras de una destreza técnica verdaderamente admirable. Ningún movimiento de la cámara resulta gratuito, destacando el continuo juego de picados/contrapicados con los que se muestra la relación entre el asceta y sus seguidores.

La historia se nos cuenta desde la habitual y singular perspectiva socarrona del director, y en ella no faltan toques de fantasía y surrealismo. Su enigmático final, con un Simón abatido que comparte mesa con el diablo (¿acaso se ha mostrado alguna vez en pantalla a un satanás tan bello, carnal y tentador como el compuesto por Silvia Pinal?) en una discoteca contemporánea mientras retumban los acordes de un “diabólico” rocanrol, refleja la derrota (otra más) de los ideales de un cristianismo anacrónico e incapaz de adaptarse a los modos de vida de la sociedad moderna.

Nota: 8/10

6 comentarios sobre “Simón del desierto (1965), de Luis Buñuel.

  1. El maestro de Calanda en su etapa mexicana hizo maravillas con modestos presupuestos; nos queda pues, alguna esperanza para el cine latinoamericano.

    Por cierto, me encanta la Silvia Pinal de los 60’s.

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