El cebo (Es geschah am hellichten Tag, 1958), de Ladislao Vajda.

“Cada pez es distinto, cada uno de ellos necesita un cebo diferente; por ejemplo, para los peces muy voraces se hace necesario pescar con cebo vivo”.

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En un pequeño pueblo suizo, una niña aparece asesinada en medio del bosque. El vendedor ambulante (Michel Simon) que encontró el cuerpo, es considerado por parte de las autoridades policiales como el principal sospechoso del crimen. Sin embargo, el perspicaz inspector Matthäi (Heinz Rühmann) no cree que sea el asesino, por lo que decide proseguir en solitario la búsqueda del verdadero culpable.

Los cuentos tradicionales nos han enseñado que, en ocasiones, en lo más profundo y oscuro del denso bosque habita el lobo. Esta moraleja popular ilustra a la perfección lo que encontramos en El cebo, estremecedor y soberbio thriller psicológico que remite temática y estéticamente a la obra de Fritz Lang M, el vampiro de Düsseldorf. La película adapta una historia del dramaturgo suizo  Friedrich Dürrenmatt que él mismo, también coautor del guión, novelizaría poco después. Se trata de una coproducción europea en la que fueron partícipes Alemania, Suiza y España. El talentoso realizador húngaro Ladislao Vajda, afincado por entonces en nuestro país, fue el encargado de dirigirla.

El filme que nos ocupa, fascinante en su insólita simbiosis entre el horror criminal y el ingenuo e imaginativo mundo infantil, sirve tanto de siniestra fábula como de espeluznante estudio psicopático. El dibujo realizado por la niña asesinada, mezcla de fantasía y realidad y única pista que conduce al autor del sórdido hecho, es el mejor ejemplo de lo que aquí se comenta. Ese folio de trazos torpes y colores varios, resultará clave para diseccionar la desquiciada mente de quien engatusa a las menores con trufas de chocolate y juegos de magia antes de proceder al exterminio de sus inocentes vidas.

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Vajda narra con maestría y un sentido del suspense envidiable, como cuando hacia la mitad del metraje nos muestra por vez primera al asesino sin revelarnos su rostro: sólo vemos su enorme sombra y sus rechonchas y sudorosas manos. Es un tipo pusilánime, nervioso, de voz aflautada y sometido a una autoritaria mujer con la que convive. La incontrolable bestia que lleva dentro, no podrá eludir el anzuelo que el tenaz y persistente detective ha colocado para conseguir atraparlo.

Las magníficas interpretaciones de Heinz Rühmann, Michel Simon y un seboso Gert Fröbe que borda su papel de maníaco perturbado, junto con la espléndida y expresionista fotografía en blanco y negro de Heinrich Gärtner, completan la redondez de una de las obras imprescindibles de la cinematografía patria.

Nota: 8,5/10

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