Adiós, muchachos (Au revoir les enfants, 1987), de Louis Malle.

“A veces la infancia es más larga que la vida”.

(Ana María Matute)

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Francia, durante la ocupación nazi. Tras las vacaciones estivales, Julien Quentin (Gaspard Manesse), niño de unos doce años de edad perteneciente a una acomodada familia parisina, vuelve al colegio católico de Padres Carmelitas donde está interno. La llegada al centro de un nuevo estudiante, Jean Bonnet (Raphael Fejtö), despierta pronto su curiosidad.

Después de pasar una década en Estados Unidos, donde sus trabajos no obtuvieron demasiado éxito crítico ni comercial, un Louis Malle decepcionado y con ganas de reivindicarse, regresó a su país natal, Francia, para rodar su película más personal y autobiográfica (el guión se basa en los recuerdos de su estancia en un colegio interno de Avon). Y quizá la de mayor reconocimiento de toda su carrera, puesto que obtuvo el León de Oro a la Mejor película en el Festival de Venecia y hasta siete Premios César, incluyendo los de Mejor película y Mejor director. El filme, hermoso, sutil y contenido, de exquisita sensibilidad e impecable construcción narrativa, aborda temas como la infancia, la amistad, la pérdida de la inocencia, la lealtad o el antisemitismo en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.

En Au revoir les enfants, Malle, que, como hemos señalado, pasó durante su infancia por distintos internados católicos, y que, por tanto, sabía perfectamente de lo que hablaba, evoca el día a día de la vida en el colegio, con las diferentes clases en el aula (literatura, matemáticas, griego…), los juegos en el patio en las horas de recreo, los oficios religiosos, las visitas semanales a los baños públicos, el visionado de películas (preciosa la secuencia en la que los alumnos disfrutan del pase del cortometraje The Immigrant, de Charles Chaplin, con música de violín y piano en directo), etc. La amistad entre Julien y Jean surge poco a poco, de un modo natural y para nada forzado, a partir de sus aficiones comunes (la lectura, por ejemplo) y del progresivo descubrimiento por parte del primero del secreto que guarda el segundo (es, como otros dos chicos también recién llegados al internado, un judío al que los religiosos Carmelitas cobijan y esconden de los alemanes). Además de Julien, protagonista y álter ego del director (todo el filme se muestra desde su punto de vista), y Jean, los otros personajes que resultan claves en el desarrollo de la trama son la madre de Julien (Francine Racette), el padre Jean (Philippe Morier-Genoud), director del colegio, y, sobre todo, Joseph (Francois Négret), el joven ayudante de cocina lisiado que proporciona a los chicos todo aquello que no pueden conseguir dentro del internado. Su personaje recuerda mucho al de Pierre Blaise en Lacombe Lucien (ídem, 1974), otro de los títulos mayores de Malle, dado su origen humilde (en comparación con los alumnos del colegio, pertenecientes todos ellos a familias acomodadas) y su revanchismo social (como Lucien, terminará colaborando con las autoridades alemanas). El autor de Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l´échafaud, 1958), expone, como es habitual en él, los acontecimientos de la manera más objetiva posible, evitando emitir juicios morales o caer en el maniqueísmo ideológico.

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La puesta en escena de Adiós, muchachos destaca por su austeridad formal, por la “cámara invisible” de Malle (“… mi mayor preocupación es que el espectador se olvide de que está en el cine. Por eso he prescindido de todos los efectos y me gusta que la cámara sea como un ojo sabio, bien guiado, que ve más que el ojo humano porque ella nunca se distrae ni parpadea”), por la monocroma fotografía de Renato Berta, y, a modo de envoltorio, por el bellísimo Momento musical nº2 de Franz Schubert.

Finalizo la reseña rescatando la emotiva secuencia final que transcurre en el patio del internado tras el registro llevado a cabo por la Gestapo. Las palabras de un Julien ya adulto (pronunciadas en off por el propio Malle), cierran sus tristes imágenes: “Han pasado más de cuarenta años, pero, hasta mi muerte, recordaré cada segundo de aquella mañana de enero”. Nosotros también.

Nota: 8,5/10

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