Corn Island (Simindis kundzuli, 2014), de George Ovashvili.

“La naturaleza nos da las dotes sin pedir nada a cambio, pero nos las quita sin pedir permiso”.

(Proverbio árabe)

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Un viejo campesino (Ilyas Salman) y su nieta (Mariam Buturishvili), se instalan en un pequeño islote en medio del río Inguri, Georgia, para cultivarlo de maíz durante los meses de verano.

Algunos directores actuales parecen haber olvidado el sentido originario del cine, menospreciando el poder narrativo de la imagen (cultivado por el hombre desde el Paleolítico) en beneficio del uso de la palabra. Hoy en día son muchos los que confunden a un buen dialoguista con un buen cineasta, cuando, en realidad, una cosa no es sinónimo de la otra. El realizador georgiano George Ovashvili, demuestra con Simindis kundzuli, su segundo y extraordinario largometraje, que, afortunadamente, no todos han olvidado las lecciones legadas por maestros como Aleksandr Dovzhenko o Serguéi Paradjánov. Aquí es la imagen, de una fuerza ancestral, cuasi mítica, la que sirve para articular un portentoso ejercicio minimalista que, como un cuadro del pomerano Caspar David Friedrich, enfrenta al ser humano con la naturaleza.

Con el conflicto georgiano-abjasio como telón de fondo (hasta que deja de ser un simple telón), lo que recuerda a la también reciente Mandarinas (Mandariinid, 2013), de Zaza Urushadze, el filme que nos ocupa se atiene a las unidades de lugar y acción aristotélicas: un único espacio (la isla) y una única acción principal (el curso entero de la cosecha de maíz). Ovashvili nos muestra de un modo sobrio y realista, el quehacer diario de un abuelo y su nieta; su esfuerzo por sacar adelante una cosecha de la que depende su supervivencia durante los crudos meses de otoño e invierno. El director apenas utiliza unas cuantas líneas de diálogo, optando por una narración puramente visual que descansa sobre los gestos de los personajes y los movimientos y sonidos de la naturaleza. A través de un magistral uso de la elipsis no marcada, Ovashvili omite todo lo que acontece a los protagonistas cuando estos no se encuentran en la isla. Los vemos llegar al alba y marcharse al atardecer a bordo de una barca, pero no sabemos nada de ellos más allá de las reducidas dimensiones del islote. El paisaje de la isla se va modificando a lo largo del relato (el hombre transforma al medio para garantizar su subsistencia), del mismo modo que lo hace el personaje de la niña, quien, casi sin percibirlo, va transitando en su camino hacia la edad adulta. Como vemos, el curso de la naturaleza y el de la propia vida van de la mano.

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La película cuenta con una bellísima dirección de fotografía a cargo de Elemér Ragályi, lentos desplazamientos de cámara con abundancia de travellings laterales a ras del suelo (y del agua), y una gran agudeza en la captación de los sonidos de la naturaleza que remite al cine de Andrei Tarkovsky.

Sin duda, una obra mayor dentro del panorama europeo de los últimos años. Cine con mayúsculas.

Nota: 8,5/10

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