Fedora (1978), de Billy Wilder.

“El hombre famoso tiene la amargura de llevar el pecho frío y traspasado por linternas sordas que dirigen sobre ellos otros”.

(Federico García Lorca)

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El productor de cine independiente Barry Detweiler (William Holden), viaja hasta la isla griega de Corfú con el objetivo de convencer a la famosa actriz Fedora (Marthe Keller), retirada de los focos desde hace ya algún tiempo, para que acceda a trabajar en una nueva adaptación cinematográfica de la novela de León Tolstói Ana Karénina.

Según la mitología griega, Calipso era una hermosa ninfa “de cabellos ensortijados” que vivía en la isla de Ogigia, en el Mediterráneo occidental. Homero, en la Odisea, relata cómo el sufrido Ulises, tras uno de sus múltiples naufragios, fue a parar a la morada de Calipso, quien lo retuvo amorosamente a su lado durante unos diez años, ofreciéndole la inmortalidad y la juventud eterna si se quedaba con ella y renunciaba a regresar a Ítaca junto a su esposa Penélope. No parece casual que la Fedora de Wilder, obsesionada con la eterna juventud y la belleza, resida, precisamente, en una villa llamada Calypso que, para más inri, está situada en una pequeña isla mediterránea de Corfú. Allí permanece confinada, custodiada por un tétrico séquito que la salvaguarda del mundo exterior. Ataviada siempre con una pamela fedora, gafas de sol oscuras y unos guantes blancos que impiden advertir su verdadera edad (se comenta que debe tener entre sesenta y setenta años), nuestra protagonista, paranoica como la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses (Sunset Blvd., 1950), película de la que Fedora podría parecer una variación en su primera mitad, aunque al final resulte mucho más amarga, compleja y retorcida, vive anclada en el recuerdo (y en la imagen) que el público guarda de su personaje público. Al igual que innumerables famosos y famosas de la sociedad actual que todos conocemos: adictos/as a las intervenciones y arreglos estéticos con los que tratan de engañar al tiempo, intentando transmitir la sensación de que siguen siendo lo que un día fueron. De ahí la vigencia de esta infravaloradísima obra maestra de Wilder, sin duda uno de los títulos más mordaces y brillantes de su carrera.

El filme, escrito por el propio Wilder junto a I.A.L. Diamond, su coguionista habitual, a partir de un relato de Tom Tyron, se inicia con el personaje de Fedora arrojándose, como la Ana Karénina de Tolstói, a las vías de un tren. Al día siguiente, los informativos de medio mundo abren sus espacios con la trágica noticia de la muerte de la diva de origen polaco. Su capilla ardiente, instalada en París, concentra a miles de admiradores y curiosos que se acumulan para dedicarle un último adiós. Uno tras otro, rodeados de un vergel de coloristas coronas funerarias, deambulan alrededor del féretro de la actriz, que deja al descubierto su efigie mortuoria. Pronto, la cámara de Wilder se detiene delante de uno de ellos: el productor Barry “Dutch” Detweiler. Su voz en off deja paso a un extenso flashblack (el primero de varios que Wilder utilizará a lo largo del metraje) que se remonta a dos semanas atrás en el tiempo, cuando “Dutch” llegó a Corfú en busca de Fedora. Minutos más tarde, a través de un flashback dentro del flashback, sabremos que “Dutch” había conocido a la actriz en la década de los cuarenta, siendo esta la estrella de un filme de Hollywood y él un joven asistente de dirección. Volviendo al flashback general, en Corfú “Dutch” se da cuenta de que Fedora, de comportamiento extraño y huidizo, vive prácticamente secuestrada por un séquito (el mismo que aparecía en la escena inicial del funeral) que conforman la condesa Sobryanski (Hildegard Knef), decrépita e inválida; el doctor Vando (José Ferrer), cirujano artífice del “milagroso” aspecto de Fedora; la servicial Miss Balfour (Frances Sternhagen), asistenta personal; y el inquietante Kritos (Gottfried John), chófer. También descubre que el estado mental de Fedora, no es el más adecuado después de que se enamorara del compañero de reparto de su última película, titulada premonitoriamente ‘El último vals’ (la cual abandonó a medias), un hombre mucho más joven que ella al que interpreta Michael York, quien hace de sí mismo. Como Henry Fonda en su breve aparición como el presidente de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.

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A la maestría narrativa de la propuesta, y al excepcional trabajo de todos los actores (en especial unas impresionantes Marthe Keller y Hildegard Knef), debe sumarse un refinamiento en la puesta en escena que se remonta a la igualmente infravalorada, aunque inferior, La vida privada de Sherlock Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes, 1970). Creo que, en el plano visual, ninguna otra obra de Wilder es tan depurada como la que nos ocupa. Algo hasta cierto punto normal, si tenemos en cuenta que el autor de El apartamento (The Apartment, 1960) la concibió contando con setenta y dos años de edad, cuando ya estaba de vuelta de todo y el lenguaje cinematográfico no encerraba ningún secreto para él.

Hay, asimismo, en Fedora, cierto desencanto vital y profesional. Una mirada nostálgica si se quiere, hacia todo lo relativo al mundo del cine. Quizá Wilder se sentía ya, a finales de los años setenta, como un viejo monumento del pasado al que se venera de vez en cuando. Como un dinosaurio anacrónico sin lugar en el seno de la nueva industria cinematográfica (“Los chicos de las barbas están trabajando. No necesitan ningún guión, sólo una cámara de mano y un zoom”, afirma resignado el personaje de Holden en una escena). Y eso se percibe en cada uno de los fotogramas de la otoñal Fedora, una cumbre de su filmografía que muy pocos (incluso hoy en día) han sabido apreciar/valorar como merece.

Nota: 9/10

2 comentarios sobre “Fedora (1978), de Billy Wilder.

  1. No la tenía vista pero ahora le tendré que echar un vistazo. De paso te doy una idea para un top nuevo que seria, mejor pelicula por movimiento cinematográfico, sea neorrealismo, expresionismo, Nouvelle vague o incluso un top con mejores películas por país.

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