El niño y la bestia (Bakemono no ko, 2015), de Mamoru Hosoda.

“Enseñar no es una función vital, porque no tiene el fin en sí misma; la función vital es aprender”.

(Aristóteles)

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Tras el fallecimiento de su madre, Kyuta, un niño de nueve años de edad, huye por las calles del distrito de Shibuya, en Tokio, yendo a parar, casi por casualidad, a un mundo fantástico habitado por bestias en el que se convierte en aprendiz de la criatura Kumatetsu.

Deliciosa fantasía animada obra del realizador japonés Mamoru Hosoda (La chica que saltaba a través del tiempo, Summer Wars, Los niños lobo), quien sin ocultar cierto afán comercial, construye un entretenidísimo relato de acción y aventuras cimentado a partir de una relación paternofilial de amistad, autoconocimiento, sacrificio y aprendizaje recíproco.

Si en Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (Alice’s Adventures in Wonderland, 1865), de Lewis Carroll, una simple madriguera servía como vía de acceso a un mundo de desbordante fantasía, en El niño y la bestia, el personaje de Kyuta se adentra en la ciudad imaginaria de Jutengai, habitada por un sinfín de bestias antropomorfas, a través de una recóndita y laberíntica callejuela del concurrido barrio de Shibuya. El gran señor de Jutengai, un viejo conejo blanco (otro guiño al universo Carroll), ha decidido reencarnarse en un dios, aunque aún no ha decidido cuál, por lo que su puesto va a quedar vacante, siendo dos los principales candidatos para sustituirlo: el respetado Iozen, cuyo aspecto se asemeja al de un jabalí, y Kumatetsu, una especie de oso al que se conoce por su fuerza bruta, holgazanería, rudeza y falta de disciplina (su personaje recuerda al Sanjuro Kuwabatake de Yojimbo, de Akira Kurosawa). Las opciones (por otra parte escasas) de que Kumatetsu pueda convertirse en señor de Jutengai, pasan por el hecho ineludible de que por fin tome un aprendiz a su cargo, rol que terminará desempeñando el insolente Kyuta. Pero, ¡cuidado! Ya que la sola presencia de un humano en el mundo de las bestias, puede resultar peligrosa dada la inclinación natural de nuestra especie hacia el mal y la oscuridad. Eso es, al menos, lo que opinan los más viejos del lugar. Con todo, Kumatetsu asume el riesgo.

La acción se desarrolla a lo largo de ocho años, el tiempo que Kyuta permanece en el mundo de las bestias junto a Kumatetsu y sus fieles Momoaki (un cerdo aprendiz de monje) y Tatara (un mono), hasta que el joven encuentra una salida de vuelta al mundo de los humanos, donde conocerá a la sensible Kaede, quien le ayuda en su interés por la literatura (Moby Dick) y los estudios, y se reencontrará con su doloroso trauma de infancia.

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Pese a que el guión, escrito por el propio director, pueda parecer algo trillado en el tratamiento arquetípico de la relación maestro-alumno, la fascinante imaginería visual de  Hosoda, caracterizada por un trazo minucioso y rico, sobre todo en la descripción colorista del universo paralelo de las bestias, unida a su impecable ritmo narrativo, hacen que el visionado de Bakemono no ko resulte altamente estimulante y satisfactorio.

Nota: 7/10

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