Heimat, la otra tierra (Die andere Heimat – Chronik einer Sehnsucht, 2013), de Edgar Reitz.

“¿Cómo se puede decir a un hombre que tiene una patria cuando no tiene derecho a una pulgada de su suelo?”

(Henry George)

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Siglo XIX. En un pueblecito alemán de la cordillera de Hunsrück, los distintos miembros de la familia Simon tratan de salir adelante en un contexto de extrema pobreza. Jakob (Jan Dieter Schneider), el hijo menor, sueña con emigrar a Brasil para iniciar así su utopía vital.

Immanuel Kant (1724-1804) cambió la historia de la filosofía universal sin siquiera salir de Königsberg, la pequeña localidad prusiana que lo vio nacer. El ejemplo de Kant demuestra que las fronteras del pensamiento van mucho más allá de las fronteras físicas. Algo similar a lo que le ocurre a Jakob Simon, el personaje central de esta impresionante película de Edgar Reitz, veterano realizador alemán reconocido por su serie para televisión Heimat, dividida en tres partes: Heimat – Eine deutsche Chronik (1984), Die zweite Heimat – Chronik einer Jugend (1992) y Heimat 3 – Chronik einer Zeitenwende (2004). Si en la serie Reitz retrataba los principales acontecimientos históricos de Alemania a lo largo de la pasada centuria, en Heimat, la otra tierra se retrotrae hasta mediados del siglo XIX, centrando nuevamente su narración en la aldea ficticia de Schabbach en torno a la familia Simon. Como resultado obtiene una obra maestra de monumental metraje (casi cuatro horas) y sobrecogedora belleza: la gran novela cinematográfica de lo que llevamos de siglo.

Filmado en un extraordinario blanco y negro sobre el que se superponen determinadas gotas de color (la luz de una vela, la llama con la que se fija una herradura al casco de un caballo, una moneda de oro, la bandera tricolor alemana, el paso de un cometa por el cielo…), el filme que nos ocupa desprende esa singular poética que encontramos en las películas históricas de Frantisek Vlácil, aunque en su sobria y realista puesta en escena también hallamos ecos de Carl Theodor Dreyer, Ingmar Bergman, Miklós Jancsó o el Michael Haneke de La cinta blanca (Das weiße Band – Eine deutsche Kindergeschichte, 2009). Jakob, joven e ingenuo soñador que pasa las horas muertas leyendo libros de viajes y aprendiendo dialectos de las tribus indias de América, va narrando, a través de las literarias notas de su diario, los vaivenes y desengaños de una existencia que parece empecinada en no hacer realidad ninguno de sus sueños. Su estancado destino puede recordar al del George Bailey de ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, 1946), pero aquí ningún ángel bajará desde el paraíso para hacerle ver que sus sacrificios han merecido la pena.

Reitz sienta cátedra en la utilización de la elipsis, plasmando sutilmente el paso del tiempo mediante la sucesión de los acontecimientos más relevantes del relato y las diferentes estaciones del año. La cámara rara vez permanece quieta, desplazándose a lo largo y ancho del espacio cinematográfico a base de elaborados planos secuencia y complejos planos con grúa.

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Heimat, la otra tierra no sólo funciona como testimonio histórico de una época empobrecida en la que muchos europeos se vieron obligados a abandonar sus hogares y emprender largas travesías transoceánicas hacia otros continentes en busca de una mejor vida en la tierra prometida (Brasil en este caso), sino que debe ser interpretada asimismo en clave actual, dado que ese proceso migratorio vuelve a darse a consecuencia de la crisis económica.

Como curiosidad final, señalar que el mítico director Werner Herzog aparece brevemente en la película en el papel de Alexander von Humboldt, uno de los padres de la geografía moderna.

Nota: 9/10

4 comentarios sobre “Heimat, la otra tierra (Die andere Heimat – Chronik einer Sehnsucht, 2013), de Edgar Reitz.

  1. “El ejemplo de Kant demuestra que las fronteras del pensamiento van mucho más allá de las fronteras físicas” esto es precisamente lo que Kant se encarga de demoler en la critica de la razón pura. el problema de la razón es precisamente que cuando pretende ir mas allá de los limites de toda experiencia posible cae en la metafísica dogmática. En todo caso, lo que tu buen ejemplo de kant demuestra, son las pretensiones de universalidad del sujeto moderno. saludos.

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    1. y yo agregaría que sigo desde argentina tus excelentes criticas desde el blog, pero no había comentado porque no agregaría nada a tan interesantes perspectivas. saludos Ricardo y que “esculpiendo el tiempo siga creciendo”.

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