Un profeta (Un prophète, 2009), de Jacques Audiard.

“El calabozo, tipo del sepulcro, es tan horroroso para el héroe como para el cobarde”.

(Goethe)

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El joven Malik El Djebena (Tahar Rahim), francés de origen magrebí, ingresa en prisión para cumplir una pena de seis años. Muy pronto, la mafia corsa que controla el centro penitenciario, encabezada por César Luciani (Niels Arestrup), lo pondrá ante una difícil tesitura.

Un profeta es aquel que actúa como intermediario entre Dios y los hombres. Es quien con su presencia y carisma anuncia, al mismo tiempo que representa, el paso hacia una nueva era. El profeta, como el modelo de gobernador que Nicolás Maquiavelo describe en su famoso tratado político El príncipe, posee el don de conocer el curso de los acontecimientos, lo que le permite situarse en una posición idónea de cara a la llegada de los mismos. Un prophète, del realizador parisino Jacques Audiard, es mucho más que un sólido drama carcelario, constituyendo una brutal alegoría sobre los conflictos sociopolíticos más importantes acaecidos en Francia durante las últimas décadas: desde la lucha armada de los nacionalistas corsos hasta los disturbios protagonizados por musulmanes que eclosionaron mediáticamente en octubre de 2005. El filme, que también pone en entredicho la función reinsertadora de las cárceles occidentales, obtuvo el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes (la Palma de Oro fue para La cinta blanca, de Michael Haneke) y nueve Premios César, incluyendo los de mejor película, mejor director, mejor guión original y mejor actor principal.

Malik El Djebena es “el profeta” (así es “bautizado” en un momento concreto de la cinta). Un individuo siempre a caballo entre dos mundos (entre el clan de los corsos y el de los árabes, entre los sombríos muros de la prisión y el amenazante universo exterior); el instrumento de tránsito entre el uno y el otro. Con él finaliza el viejo orden conflictivo y comienza otro nuevo. Ingresa en la cárcel con sólo diecinueve años para permanecer seis en cautividad. Se alude a un incidente violento con la policía, aunque nunca sabremos con exactitud qué le ha llevado allí. No sabe leer ni escribir. Es musulmán no practicante. No tiene a nadie fuera. Es impulsivo pero frágil. Presionado por la mafia corsa, enseguida tendrá que elegir entre lo malo y lo peor. En un entorno así, lo principal, lo único, es sobrevivir. Aguantar. Seguir adelante y adaptarse al medio por muy terrible y hostil que sea. Y adaptarse, en este caso, supone servir. Servir a la mafia para garantizarse su protección primero; y después, su confianza. Servir y servirse. Porque quien sirve a un poderoso se sirve a sí mismo. Quien sirve al que reparte el pastel obtiene una parte. Quizá no la mejor, ni la más grande, pero sí un pedazo. Y quien obtiene un pedazo de poder tiene poder.

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Lo de Malik es una progresiva escalada dentro del gremio criminal que se extiende a lo largo de (valga la redundancia) seis largos años. Los años que dura su condena. Los años que Audiard retrata de manera extremadamente sobria en dos horas y media de metraje. En un relato tan sórdido como el que nos ocupa, no caben las filigranas. La cámara en mano del director francés se acerca a los rostros y acciones de sus personajes de un modo directo, alternando la ficción cinematográfica con instantes de un realismo casi documental.

A la película, que goza de un trabajo interpretativo soberbio por parte de los actores Tahar Rahim y Niels Arestrup, sólo le sobran, bajo mi punto de vista, determinados recursos visuales y narrativos de naturaleza algo fatua. Constituyendo, por lo demás, un impresionante ejercicio fílmico con secuencias (como la del asesinato de Reyeb en el interior de su celda o la del tiroteo en la calle) de un furor y una tensión narrativa en verdad antológicas.

Nota: 8/10

2 comentarios sobre “Un profeta (Un prophète, 2009), de Jacques Audiard.

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