Pandora y el holandés errante (Pandora and the Flying Dutchman, 1951), de Albert Lewin.

“Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?”

(Fernando Pessoa)

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Pandora Reynolds (Ava Gardner) es una mujer de arrebatadora belleza que enamora a todos los hombres que la rodean, conduciéndolos de manera irremediable a la destrucción. Sin embargo, ella parece incapaz de corresponder a ninguno, hasta que conoce a Hendrik van der Zee (James Mason), un misterioso marinero holandés que oculta un terrible secreto.

Exquisita fantasía romántica que mezcla con acierto la mitología griega, la leyenda del holandés errante y el folclore español. Desdeñada en la época de su estreno por sus pretensiones, Pandora and the Flying Dutchman constituye el que probablemente sea el mejor y más personal trabajo de Albert Lewin, director que siempre dotó a sus películas de una fuerte carga literaria. El filme, que se ubica en una población ficticia del mediterráneo español a la que se denomina Esperanza, fue rodado en la pequeña localidad gerundense de Tossa de Mar.

La obra se inicia con el hallazgo por parte de unos pescadores de los cuerpos sin vida de un hombre y una mujer. Mediante una serie de flashbacks narrados por el personaje de Harold Warrender, un arqueólogo llamado Geoffrey, se nos cuenta la historia de Pandora Reynolds, hermosa cantante norteamericana, y su encuentro con Hendrik van der Zee, quien resulta ser el mismísimo holandés errante en persona. Como vemos, la película funde el mito clásico de Pandora, la Eva griega cuya curiosidad destapó la caja que encerraba los males del mundo, con la leyenda popular centroeuropea del holandés errante, marinero que fue condenado a vagar eternamente por los océanos a bordo de un barco fantasma. Partiendo de ese planteamiento inverosímil, casi demencial, Lewin consigue crear uno de los melodramas amorosos más fascinantes, febriles y apasionados de la historia del cine. Un filme que nos habla del amor y de su capacidad para redimir nuestros pecados. Una obra que sorprende por su original argumento, su enorme calidad literaria y su elegancia formal (bellísima envoltura la que le confiere la fotografía en Tecnicolor de Jack Cardiff).

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El conjunto ofrece momentos difíciles de olvidar, como el primer encuentro entre Pandora y Hendrik a bordo del lujoso yate de este, o el shakesperiano flashback que nos retrotrae al siglo XVII para asistir al origen de la maldición que lo atormenta. Lástima que el interés decaiga, aunque sólo sea en parte, con la aparición del personaje de Mario Cabré, actor español que interpreta al engreído matador de toros Juan Montalvo (ojo a su inglés).

Ava Gardner nunca estuvo tan guapa como aquí (el rodaje de esta película supuso el inicio de su idilio con España y con el mundillo taurino), mientras que James Mason vuelve a demostrar que han existido pocos actores más refinados y con una voz más perfecta que la suya.

Pandora y el holandés errante, una película a redescubrir.

Nota: 8/10

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