La mano del diablo (La main du diable, 1943), de Maurice Tourneur.

“La fantasía no es otra cosa que un modo de memoria emancipado del orden del tiempo”.

(Samuel Taylor Coleridge)

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Roland Brissot (Pierre Fresnay), un pintor fracasado, ve cómo su suerte cambia de la noche a la mañana tras la adquisición de un extraño amuleto, una mano, que conlleva una maldición.

Una de las mayores satisfacciones que produce la cinefilia, esa rara enfermedad que me une con todos ustedes, es el descubrimiento de tesoros en celuloide que uno ni tan siquiera intuía. Porque por muchas películas que hayamos visto, siempre existirá algún título que, por una u otra razón, se haya mantenido oculto a nuestro perspicaz olfato de sabueso cinéfilo. Tal es el caso que nos ocupa, pues recientemente descubrí un viejo filme que desconocía por completo: La mano del diablo (La main du diable), de Maurice Tourneur, padre del también director y más conocido Jacques Tourneur. Una pequeña joya del cine fantástico europeo que se rodó con escasos medios durante la ocupación alemana de Francia.

La main du diable adapta de manera muy libre la novela La Main enchantée (1832), del poeta romántico francés Gérard de Nerval. Es un relato típicamente fáustico, en el que un individuo desalentado se deja embaucar por las promesas de prosperidad material y artimañas del diablo (encarnado aquí por la figura de un hombrecillo con bombín) a cambio de la hipotecación in aeternum de su alma. Tourneur erige su historia a partir de una puesta en escena expresionista en la que destaca la extraordinaria fotografía en blanco y negro de Armand Thirard. Casi toda la película nos es contada por el personaje de Brissot a lo largo de un extenso flashback que se inicia en el salón de un pequeño hotel ubicado en las montañas, adonde el misterioso protagonista llega una tormentosa noche en medio de la ventisca. Un año atrás, Brissot era un pintor fracasado al que, después de un fiasco amoroso, un cocinero italiano le ofrece la compra de un amuleto: una mano siniestra (en su doble acepción) que otorga el don que desee a quien quiera que la posea. La mano, cuyo propietario resulta ser el mismísimo diablo, convertirá a Brissot en un artista de éxito. Sin embargo, si no consigue deshacerse de ella antes de morir, su alma se condenará para siempre.

CARNIVAL OF SINNERS (1947)

La cinta sobresale gracias a su concisión narrativa y a su inventiva puesta en escena. Dos característas que se subliman en la que es, a todas luces, la mejor secuencia de todo la obra: la del sobrenatural encuentro del personaje principal con los anteriores propietarios de la mano, que le cuentan las vicisitudes de cada uno ellos al entrar en contacto con el amuleto.

Sorprendente.

Nota: 7,5/10

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