La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette, 2016), de Claude Barras.

“Donde hay niños, existe la Edad de Oro”.

(Novalis)

Tras el fallecimiento accidental de su madre, Calabacín, un niño de nueve años, ingresa en un hogar de acogida junto con otros niños de su edad.

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Cine de animación adulto para toda la familia. Ma vie de Courgette, primer largometraje del realizador suizo Claude Barras, adaptación de la novela Autobiographie d’une courgette, de Gilles Paris, viene a confirmar el buen estado por el que atraviesa la animación cinematográfica actual: posiblemente el género que más y mejor ha crecido en las últimas décadas.

La vida de Calabacín utiliza la técnica de stop motion en un relato de imaginería infantil en el que sus personajes de látex, silicona y resina transmiten las mismas emociones y sentimientos que si fueran humanos, haciendo ardid de una vena agridulce que va directa al corazón del espectador. Su colorista y minuciosa puesta en escena, rebosante de luz y ensamblada esencialmente a base planos fijos, sirve de inusitado marco a una tierna reflexión en torno a las secuelas que sobre el inocente universo infantil deja la ruindad adulta.

La de Calabacín (en realidad se llama Ícaro, como el joven cuyas alas de cera se derritieron por el calor del sol al intentar volar demasiado alto) es la delicada historia de un niño solitario que juega en el desván de su casa con una cometa con el dibujo de su padre ausente y las latas de cerveza que su madre alcohólica va dejando a su paso. Un niño que, después de un fatal y desafortunado accidente, debe ingresar en un orfanato junto con otros niños de su misma edad, hijos de presidiarios, drogadictos, asesinos, pedófilos o inmigrantes deportados. Infantes heridos y recelosos de un mundo adulto que les resulta hostil y del todo ajeno; un mundo egoísta que escapa a su aplastante lógica y sensibilidad infantiles.

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El de Barras es un filme sensible, que no edulcorado; divertido, que no cómico; triste, que no dramático. Un ejemplo de concisión narrativa (apenas supera la hora de metraje) y precisión emocional, que en lugar de regodearse en las miserias que retrata las uiliza como acicate hacia un futuro esperanzado.

Orfebrería animada de primera categoría. Una pequeña y sorprendente delicia.

Nota: 7,5/10

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