La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968), de George A. Romero.

“¡Vienen a por ti, Barbra!”

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Mientras visitan la tumba de su padrastro en un cementerio de Pensilvania, Barbra (Judith O´Dea) y Johnny (Russell Streiner) son atacados por un desconocido que resulta ser un muerto viviente. La joven consigue escapar, encontrando refugio en una casa abandonada a la que más tarde llega Ben (Duane Jones), quien también huye de la plaga de zombis que parece extenderse por la costa este de los Estados Unidos.

Los zombis están de moda. Sólo hay que ver el éxito obtenido por títulos recientes como Amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, 2004), de Zack Snyder, 28 semanas después (28 Weeks Later, 2007), de Juan Carlos Fresnadillo, la saga española [Rec], de Jaume Balagueró y Paco Plaza, Guerra mundial Z (World War Z, 2013), de Marc Foster, o la serie de televisión The Walking Dead, basada en el cómic de Robert Kirkman, para corroborar lo que digo. Lo que nadie debe olvidar, es que la génesis del llamado “fenómeno zombi” se encuentra en una modesta película de Serie B filmada en 1968 por el director estadounidense George A. Romero. Me refiero, claro está, a Night of the Living Dead, una de las obras más influyentes del cine de terror. En ella, Romero sienta las bases iconográficas del zombi moderno, ese que todos conocemos: el muerto viviente que se levanta de su tumba para alimentarse de carne humana. Y es que, hasta ese momento, el zombi cinematográfico no había sido otra cosa que un ser sin voluntad al que se controlaba mediante el uso de la magia negra, tal y como muestran filmes como La legión de los hombres sin alma (White Zombie, 1932), de Victor Halperin; Yo anduve con un zombie (I Walked with a Zombie, 1943), de Jacques Tourneur; o La plaga de los zombies (The Plague of the Zombies, 1966), de John Gilling. En ese sentido, la película de Romero supuso una auténtica revolución, pese a estar bastante influida por El último hombre sobre la tierra (The Last Man on Earth, 1964), dirigida por Sidney Salkow y protagonizada por Vincent Price, que adaptaba la novela de Richard Matheson I Am Legend.

La noche de los muertos vivientes debe buena parte de su eficacia al estilo semidocumental con el que fue rodada, algo que causó gran impacto en la época de su estreno. La utilización de noticiarios, tanto en la radio como en la televisión, para informar de manera progresiva acerca de los asesinatos en masa que tienen lugar en la mitad este del país, sirve para dotar de mayor verosimilitud a los acontecimientos expuestos. Tanto los personajes refugiados en la casa como nosotros los espectadores, nos enteramos de lo que va sucediendo en el exterior a través de esos informativos que, de manera puntual, amplían su información sobre los hechos. De ese modo, se nos informa de que la principal causa de la terrible epidemia probablemente sea la radiación proveniente de un satélite espacial explosionado, lo que permite entroncar a la película con el género de la ciencia ficción. También se advierte que cualquier fallecido, independientemente de la causa de su muerte, despertará, pasados unos minutos, convertido en un muerto viviente ansioso por devorar carne humana. La única forma de acabar con esos monstruos es disparándolos en la cabeza o asestándoles un fuerte golpe en la misma.

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Romero acierta al crear una atmósfera claustrofóbica enfatizada por una iluminación expresionista y el uso repetido de angulaciones de la cámara. Asimismo resulta muy interesante el dibujo de caracteres, donde destaca por encima del resto el personaje de Ben, el negro. El hecho de mostrarlo como el único con capacidad de liderazgo y actitud resolutiva, fue interpretado por muchos como una reivindicación de tipo racial. Pero al margen de lecturas sociales o económicas realizadas a posteriori (hay quien ve en el filme una crítica feroz al individualismo capitalista), lo que convirtió a La noche de los muertos vivientes en un clásico de culto instantáneo fue su capacidad para producir horror y desasosiego.

Nota: 7,5/10

2 comentarios sobre “La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968), de George A. Romero.

  1. Una de las más claras demostraciones cinematográficas de que una obra maestra no tiene que ser necesariamente una película perfecta.

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