El tren de las 3:10 (3:10 to Yuma, 1957), de Delmer Daves.

“Nadie está graduado en el arte de la vida mientras no haya sido tentado”.

(George Eliot)

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Dan Evans (Van Heflin) es un pequeño granjero que se está arruinando por culpa de una larga sequía. Ante la imposibilidad de conseguir un préstamo que aliviane su maltrecha situación, decide aceptar los doscientos dólares que se ofrecen por llevar a Ben Wade (Glenn Ford), conocido asaltador de diligencias, hasta el tren que se dirige a la prisión de Yuma. El problema radica en que la banda de Wade intentará rescatarlo antes de que esto se produzca.

3:10 to Yuma constituye la mayor aportación al western de Delmer Daves, talentoso artesano que nos legó, además del título que nos ocupa, algún que otro clásico dentro del género como Flecha rota (Broken Arrow, 1950), Jubal (1956), La ley del talión (The Last Wagon, 1956) o El árbol del ahorcado (The Hanging Tree, 1959).

Partiendo de una portentosa y adusta puesta en escena de ecos expresionistas, Daves narra con admirable vigor este relato que gravita en torno a la relación fáustica que se establece entre sus dos caracteres principales. Wade, cual Mefistófeles, es un personaje atractivo, ambiguo y carismático, que lo mismo seduce a una joven tabernera que acaba con la vida de uno de sus hombres si el botín corre peligro. No dudará en tentar una y otra vez a Evans con promesas monetarias para que lo deje en libertad. Este, por su parte, es un humilde granjero hastiado por no poder ofrecer a su mujer e hijos la vida de comodidades que merecen. Trasladar con éxito a Wade, se convierte para él en algo más que un simple encargo que le reporte unos cuantos dólares. Pese a la evidente contraposición de intereses, entre ambos irá surgiendo una progresiva complicidad que culminará en un inesperado final.

La película transita con habilidad desde la acción en movimiento de su primera parte hasta el estatismo claustrofóbico de la segunda. Es en este segundo acto, desarrollado mayormente en una habitación de hotel en la que Wade y Evans esperan la llegada del tren, donde la narración alcanza sus cotas más elevadas de tensión. ¿Qué ocurrirá durante ese tiempo? ¿Se dejará engatusar el necesitado granjero por su confiado rehén? ¿Llegará la banda de Wade para liberarlo? ¿Conseguirá Evans su propósito?

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La dirección de Daves resulta notable, ensalzada por la magistral fotografía en blanco y negro de Charles Lawton Jr.. Destaca el uso frecuente de la grúa como medio para elevarse sobre el paisaje que se pretende encuadrar.

Convincentes composiciones tanto de Ford como de Heflin. Este último da vida a un personaje que recuerda mucho al que unos años antes había interpretado en Raíces profundas (Shane, 1953), la obra maestra de George Stevens.

En 2007, James Mangold realizó un estupendo y trepidante remake protagonizado por Russell Crowe y Christian Bale. En cualquier caso, nos seguimos quedando con el filme original.

Nota: 8/10

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