Bandas sonoras: El sol del membrillo (1992). Pascal Gaigne.

Un texto de Antonio Miranda.

Su blog.

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Largos minutos; la voz del artista, Antonio López, no aparece y sólo se escucha su lenguaje a través del color, los pinceles y el silencio. Somos conscientes de una lentitud extrema y hasta hiriente, pero todo ávido estudioso del arte se percata, en este caminar laxo pero peligrosamente presente, de una mezcla, cual colores en la paleta del pintor, que descansa muy próxima a la Belleza y la Filosofía. Inquietos, por tanto, esperamos la llegada de la partitura, que nos tensiona hasta el extremo de hilar finamente los nudos drásticos y significativos de esta aparente sencillez inicial: el arte pictórico en el arte cinematográfico; los planos detallados que mitifican figuras y las figuras (el membrillero) que van a ser divinizadas, a su vez, por el pintor. ¿Dónde cabe, por tanto, la música? ¿Será la fina voz que convierta el color en sonido? ¿Serán los vientos, sutiles pajarillos como posándose en la naturaleza diurna y luminosa y tierna del árbol y, a su vez, las cuerdas graves el resultado de la oscura noche y el feroz temporal que hieren al pintor?

Largos minutos; la voz del artista, aderezada por sutiles ambientes costumbristas, incluso rurales en el centro de Madrid, se va convirtiendo en una inyección directa al pensamiento.  Gaigne, en el conjunto de la obra, no brota repentino (tras los muchos minutos de silencios) y su progresiva presencia en la historia resulta de la inteligencia de director y músico por dar un ambiente de melancólica lucha artística a la figura del pintor que, si bien desde los comienzos se deja ver como mundano y afable hombre, también poco a poco se postula como ser quebrado por la inestabilidad vital en el arte. Gaigne tiene frente así un lienzo ya pintado, completo y visible (el filme terminado) al que tendrá que dar, de manera casi vaporosa, unos pequeños trazos como si de los ‘’tonos de luz’’ buscados por Antonio López se tratasen. Realmente, su trabajo va naciendo tan progresivo como crece la obra del pintor. Interesantísimo detalle.

La llamada de atención que ejerce el sonido que sale del radiocasete que Antonio tiene al lado de su lienzo pareciere de poca trascendencia. No lo es; más aún, en la película provoca un curioso contraste con la partitura firme y poderosa de Gaigne. La música que escuchamos, que procede de la radio nacional en aquellos años, ‘’Radio 2’’, es, en todo su contenido, música clásica. La suavidad de todas las piezas, su equilibrio y presencia pudieran representar la imagen del árbol: perdurable en el tiempo, quieto y presente. Gaigne introduce una composición también pausada, pero la linealidad que ofrece la clásica de la radio en absoluto es elemento importante en la obra del compositor quien, con un objetivo directo, incrusta sus notas sentidas, incluso tranquilamente furiosas, al lado de la inquietud artística de Antonio López y su alma artística. Así como el membrillero fustiga al artista y permanece tranquilo a su lado, como pieza del clasicismo musical, la partitura del compositor cae del lado de éste, irremediablemente.

Encontramos durante el desarrollo de la obra múltiples detalles que rodean, se relacionan (con) y engrandecen la partitura original, en apariencia sencilla, simple e incluso tímida: así como el pintor clava sus pies, quietos siempre, sobre la tierra y de su figura inmóvil y única brotan luego las pinceladas de arte que dan vida, Gaigne planta también, durante gran parte de la composición, sus temas (o parte de ellos) en una nota mantenida, quieta y, con ella como base, da vida luego al resto de su pieza musical. Las conversaciones prolongadas, secuencias pausadísimas… todo un entramado calmoso que provoca un casi multitudinario rechazo. No obstante, el conjunto está medido: un cálculo inteligente para dar brío y poder al fin último de la obra, a un poema ciertamente místico al que sólo se le podría otorgar la elegancia musical de una composición de cámara. Así es la música que Pascal Gaigne crea para ‘’El sol del membrillo’’.

Aproximándose el final del filme, casi llegando a las dos horas de metraje, la secuencia que nos aguarda es bellísima. La fuerza con la que el compositor pinta la escena es única, un instante tan formidable que pudiera enmarcarse entre los mejores de la música de cine de nuestro país: los dos amigos, pintores, charlan serenamente durante larguísimos minutos. El espectador observa y espera. Su paciencia parece agotarse y repentino, hermoso y prudente, Gaigne entona su bandoneón, apoyado en una base estática (igual que los pies de Antonio López inyectados en la tierra) y Erice nos muestra imágenes de Madrid como si fuera el genial pintor quien las hiciera. La interrelación entre todos estos elementos es, realmente, fortísima. Uno de los momentos cumbre de la historia y, a continuación, el desenlace.

A

El final encumbra a la música como la verdadera alma dramática del interior del pintor y, así, ratifica lo anteriormente planteado. Secuencias interminables, ahora ya y tras el descanso perpetuo del artista, del marchitar y muerte del fruto. El artista termina cuando lo hace su arte. Gaigne sube la presencia e intensidad de la música otorgando a las cuerdas un dramatismo absoluto que hasta el momento no habíamos sentido: Antonio López vivía, el artista pintaba y luchaba contra la vida natural; ahora, pasado el tiempo de su pintura, el genio desaparece y se agota, lo hace su vida y su alma y la música, reflejo (como ya hemos explicado en este artículo) del alma de Antonio, parece finalmente erguirse y gritar.

Concluyendo, una obra de una aplicación estudiadísima y presencia parcial que, precisamente, hace que la fuerza que adquiere en el filme sea de un nivel notabilísimo. La relación que se establece en el conjunto global de la obra entre todas sus vertientes artísticas es altísima y beneficiosa para todas ellas. Película de referencia en el cine español, como lo es su director y como también debería ser  la partitura de Pascal Gaigne. Una lástima que obras tan conseguidas sean, al tiempo, tan minoritarias. No obstante, si no lo fueran… tal vez (o seguramente) su nivel artístico no sería tan alto.

Nota: 9/10

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