Nagasaki, recuerdos de mi hijo (Haha to kuraseba, 2015), de Yôji Yamada.

“La muerte es alguien que se retira de sí mismo y vuelve a nosotros. No hay más muertos que los llevados por los vivos”.

(Pío Baroja)

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Tres años después de haber muerto en el bombardeo nuclear a Nagasaki, Koji (Kazunari Ninomiya) se aparece ante su madre Nobuko (Sayuri Yoshinaga), una bondadosa matrona que ya había perdido la esperanza de volver a verlo.

El 9 de agosto de 1945, un bombardero B-29 del ejército estadounidense dejaba caer sobre la ciudad japonesa de Nagasaki una bomba atómica. Entre 35.000 y 40.000 personas, civiles en su práctica totalidad, fallecieron de manera casi inmediata como consecuencia de la explosión nuclear y su posterior onda expansiva a modo de ola de fuego. El hongo atómico se aupó hasta los 18 km de altura sobre las ruinas de la devastada urbe. En la zona cero y sus alrededores, la temperatura alcanzó valores cercanos a los 4.000 grados centígrados. Los heridos de gravedad se contaron por decenas de miles, y muchos de ellos perecieron en los días, semanas y meses siguientes al bombardeo. A finales de 1945, se estima que el número de víctimas por causa directa de la bomba de plutonio se elevó hasta las 80.000. Con semejantes cifras, resulta entendible que los bombardeos atómicos a Hiroshima y Nagasaki constituyeran un tema prácticamente tabú en el seno de la cinematografía nipona hasta no hace tanto. Kaneto Shindô hizo una terrorífica alegoría sobre los mismos en su obra maestra Onibaba (1964), y Shôhei Imamura los explicitó en la no menos impactante Lluvia negra (Kuroi ame, 1989). Ahora, el veterano Yôji Yamada, cineasta en estado de gracia desde que en 2002 filmara la excelsa El ocaso del samurái (Tasogare Seibei), recupera ese trágico acontecimiento en Nagasaki, recuerdos de mi hijo, una conmovedora y delicada pieza de orfebrería artesanal que bien podría acabar convirtiéndose en su verdadero testamento cinematográfico.

La que nos ocupa es una historia tradicional de yurei o fantasmas, pero no al estilo fantasioso, espeluznante y colorista de clásicos como El más allá (Kaidan, 1964), de Masaki Kobayashi, sino con un tono mucho más “realista”. Aquí no hay efectos de luz, maquillaje o sonido; lo sobrenatural invade el ámbito de lo cotidiano de un modo completamente natural. Las apariciones de Koji no causan temor ni sorpresa alguna en su madre Nobuko. Ambos, aunque pertenecientes a diferentes mundos, conversan como individuos que conforman una misma realidad. Porque la muerte forma parte de la vida; y la vida carecería de su significado último sin la muerte. Al menos para el cristianismo, religión que profesa de manera devota el personaje de Nobuko.

Más allá del prólogo en blanco y negro donde, alternando ficción con imágenes de archivo, se recrea la infausta mañana del bombardeo, en la que el personaje de Koji se encontraba en el interior del aula de patología de la facultad de medicina, a lo largo de la película Yamada alude al hecho en sí de un modo tangencial. Como humanista sin afán de revanchismos históricos, lo que le importa es lo que supuso dicha barbarie en la vida de las personas corrientes que la sufrieron. Vidas que se vieron truncadas. Como la del fallecido Koji, para el que se terminó el sueño de convertirse en médico y crear una familia junto a su prometida Machiko (Haru Kuroki), quien tres años después de aquello, siendo ya maestra de primaria, todavía renuncia a rehacer su vida al lado de otro hombre. De hecho, visita muy a menudo a Nabuko, a la que hace compañía y ayuda en las tareas del hogar.

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El contacto con los objetos y espacios reconocibles, despierta en los personajes recuerdos de un pasado al que se añora por no estar maculado por la tristeza presente y las dudas futuras. Las sutiles transiciones entre tiempos y dimensiones, entre lo ordinario y lo extraordinario, destacan en un cojunto armonioso que destila belleza y sabiduría en cada fotograma, abordando temas como la pérdida, la aceptación de la muerte o el más allá.

Pero no todo es luctuoso en Haha to kuraseba, puesto que Yamada, director versado en numerosas comedias (la amplísima saga dedicada al personaje de Tora-san, un icono popular en Japón prácticamente desconocido en Occidente), dota de entrañable sentido del humor a muchas de sus escenas.

La preciosa banda sonora de Ryuichi Sakamoto, y la bella fotografía de Masashi Chikamori (rica en la iluminación de interiores según la hora del día y las condiciones climáticas del exterior), son otros aspectos a subrayar en un filme minimalista en el que los tres intérpretes principales rayan a gran altura.

Su emotivo tramo final, no apto para espectadores de lágrima fácil, puede recordar al de El fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs. Muir, 1947), de Joseph L. Mankiewicz.

Nota: 7,5/10

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