Alejandro el Grande (O Megalexandros, 1980), de Theodoros Angelopoulos.

“Me desperté con una cabeza de mármol entre las manos que me agota los brazos y no sé qué hacer con ella”.

(Mythistórima, Yorgos Seferis)

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Año 1900. Un grupo de partisanos huidos de prisión y encabezados por el megalómano Alejandro (Omero Antonutti), rapta a unos aristócratas ingleses y se refugia en las montañas.

La fascinante paradoja del cine de Angelopoulos, como sucede con el de otros directores como Tarkovsky o Tarr, radica en que sus películas avanzan pese a la “detención” del tiempo. El parsimonioso ritmo de la trama no se emplea como un medio, sino como un fin en sí mismo. Su obra, lejos de limitarse a mostrar, obliga al espectador a contemplar. Esa cadencia cuasi pánfila que se consigue a través de la dilación extrema de los planos, transforma la narración en reflexión, alumbrando una concepción de la imagen cinematográfica cercana a la filosofía-poesía en movimiento.

O Megalexandros, filme de tres horas y media de metraje ganador del Premio FIPRESCI en el Festival de Venecia de 1980, se erige a partir de un hecho real: el rapto y posterior asesinato de un grupo de aristócratas y diplomáticos ingleses en 1870 por parte de unos bandidos en Dilessi, lugar cercano a Tebas. Angelopoulos reviste ese acontecimiento histórico con el aura de lo mítico, al convertir al líder de los bandidos en una figura revolucionaria y sacralizada que se cree la reencarnación del mismísimo Alejandro Magno (incluso viste de manera anacrónica, con casco y capa). De ese modo, funde la historia contemporánea y la historia antigua y legendaria de su país, Grecia, en lo que supone uno de los rasgos más característicos de su filmografía.

La película refleja de manera alegórica algo que en el momento de su rodaje era ya una realidad, pero no así en la época en la que transcurre la historia: el fracaso de la utopía socialista y su deriva totalitaria. Fracaso representado aquí por la comuna que se establece en el pueblo originario de Alejandro, donde pronto las contradicciones ideológicas del movimiento se traducen en enfrentamientos y disputas bajo el brutal yugo del líder carismático.

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La Grecia de Alejandro el Grande (la de la obra de Angelopoulos en general) es una Grecia gris y encapotada, de relieve escarpado y montañoso. Fría como un busto de yeso; el del propio Alejandro al final, convertido en leyenda tras su muerte.

Formalmente hablando, el filme que nos ocupa resulta formidable, gracias a la composición pictórica de la puesta en escena, a la coreografía y ejecución de los planos secuencia (impresionantes panorámicas de 360º con las que se resuelven algunas escenas), y a esa mezcla de realismo y miticidad tan habitual en el cineasta ateniense.

Otra obra maestra sin paliativos en la filmografía del autor de La mirada de Ulises.

Nota: 9/10

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2 comentarios sobre “Alejandro el Grande (O Megalexandros, 1980), de Theodoros Angelopoulos.

  1. Me encanta puesta en escena de este director. Esos ángulos bajos y amplios planos que se sienten tan impresionantes cuando la cámara de angelopoulos pasa a través de ellos o se monta a lo largo. Esta junto con ‘El viaje de los comediantes’ y ‘Eleni’ las tengo pendientes debido a su duración pero ya les abriré un espacio.
    Expectativas de lo nuevo de Zvyagintsev?
    Saludos!

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