El tercer asesinato (Sandome no satsujin, 2017), de Hirokazu Koreeda.

“No poseemos la verdad ni el bien nada más que en parte y mezclados con la falsedad y con el mal”.

(Blaise Pascal)

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El reconocido abogado Shigemori (Masaharu Fukuyama), se encarga de defender a Misumi (Kôji Yakusho), acusado de un homicidio del que él mismo se declara culpable, y que ya estuvo en prisión por un doble asesinato cometido treinta años atrás.

Hirokazu Koreeda deja a un lado sus habituales shomin-geki o dramas familiares contemporáneos que lo han convertido en uno de los cineastas esenciales de nuestro tiempo, para adentrarse en el terreno del drama judicial con Sandome no satsujin, una magnífica y densa película en la que explora la ambigüedad de la naturaleza humana y pone en cuestión la capacidad del sistema judicial como instrumento legal para descubrir la verdad.

Japón es uno de los países más modernos y desarrollados del mundo. Una democracia constitucional consolidada con separación de poderes. Sin embargo, la pena de muerte se mantiene con el apoyo masivo de la población. Suele establecerse en los casos de asesinatos múltiples con agravantes, y se aplica siempre mediante la horca. A esa pena se enfrenta Misumi por haber matado a golpes a su jefe. Lo asesinó y quemó con gasolina a orillas de un río (la escena con la que arranca el filme), cerca de la fábrica donde trabajaba. Misumi ya fue condenado por un doble homicidio hace treinta años. Pasó muchos años en la cárcel. Se declara culpable, aunque cambia su testimonio a menudo, lo que desconcierta a sus abogados. Shigemori, un letrado entregado a su profesión, debe ahora defenderlo para intentar evitar la pena capital, reduciéndola a cadena perpetua. El acusado no se lo pondrá fácil. Tampoco a nosotros, perplejos espectadores de un proceso cuya perspectiva varía con las sucesivas revelaciones.

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Como RashômonEl tercer asesinato ofrece una visión caleidoscópica sobre la verdad. Una verdad que no parece interesar a nadie. Y mucho menos al sistema judicial, más preocupado por buscar un arreglo entre las partes implicadas que por hacer justicia. Los paralelismos con Kurosawa se extienden también a El infierno del odio (Tengoku to jigoku, 1963), a la que Koreeda cita visualmente en los encuentros cara a cara entre Shigemori y Misumi.

La película posee una trama que va cociéndose a fuego lento. El guión es sólido, sin prácticamente fisuras, con semejanza entre personajes por sus lagunas paternofiliales. Koreeda hace prevalecer la austeridad en una realización a todas luces impecable, con planos y movimientos de cámara de todo tipo. Hay símbolos y gestualidad, sobre todo del lado del acusado. La fotografía de Mikiya Takimoto envuelve al conjunto con tonos fríos y plomizos.

Obra profunda, bella y en nada complaciente, que muestra la incapacidad de la justicia para compensar las arbitrariedades que suelen presidir los acontecimientos humanos. De lo mejor que ha filmado el director japonés.

Nota: 7,5/10

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