SEFF´17: ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ y ‘Sin amor’.

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El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, 2017), de Yorgos Lanthimos. UK/Irlanda/USA. Selección EFA.

Según la mitología griega, el rey Agamenón se vio obligado a sacrificar a su bella hija Ifigenia como castigo por haber matado a uno de los ciervos sagrados de la diosa Artemisa. Sólo así, los vientos volverían a soplar, permitiendo a sus barcos de guerra emprender la travesía hacia Troya. A partir de este mito de la Antigüedad, el director Yorgos Lanthimos erige The Killing of a Sacred Deer, un turbador, gélido y muy frecuentemente brillante estudio sobre la culpa, la psicopatía, la venganza, la enfermedad y lo absurdo.

La película, la cual parece fundir al Pier Paolo Pasolini de Teorema (1968) con el Michael Haneke de Funny Games (1997), se abre con un primerísimo primer plano de un corazón abierto que está siendo operado mientras de fondo resuenan las celestiales notas del Stabat Mater de Franz Schubert. Quien opera es el doctor Steven Murphy (Colin Farrell), un reputado cardiólogo felizmente casado con Anna (Nicole Kidman), oftalmóloga de profesión, con la que tiene dos hijos, Kim (Raffey Cassidy), de unos catorce años de edad, y Bob (Sunny Suljic), de unos diez. Pero más allá de esa arquetípica familia ideal de clase acomodada que ha conseguido formar, Steven se reúne a menudo con Martin (Barry Keoghan), un adolescente con problemas de socialización hijo de un antiguo paciente suyo fallecido. Lo que el doctor no puede imaginar, es que bajo la actitud ingenua del quebradizo púber, se oculta algo perverso que escapa a cualquier raciocinio.

A su característica parsimonia narrativa, subrayada mediante el empleo del ralentí, el autor de Canino suma un sentido de la tensión dramática que va en aumento durante las dos horas de metraje, generando en el espectador una gradual e incómoda desazón. En lo formal, el cineasta ateniense pone lo mejor de sí, alumbrando un filme de atractiva y cuidada estética en el que destaca el uso de travellings de seguimiento hacia delante y hacia atrás (los largos pasillos del hospital donde trabaja Steven), de zooms de acercamiento y alejamiento, y del gran angular en espacios cerrados.

Buenas interpretaciones de Farrell, de Kidman y, sobre todo, de un Keoghan cuya presencia se hace cada minuto que pasa más misteriosa e inquietante.

Quizá nos encontremos ante el trabajo más logrado de Lanthimos hasta la fecha.

Nota: 7,5/10

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Sin amor (Nelyubov, 2017), de Andrei Zvyagintsev. Rusia/Francia. 127 min. Selección EFA.

Soberbio quinto largometraje del director ruso Andrei Zvyagintsev, quien radiografía con elegancia y crudeza el apocalipsis de la institución familiar en la Rusia del siglo XXI. Nelyubov, película de un poderío visual a la altura de muy pocos cineastas actuales, obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes.

Durante los primeros minutos, los cuales sirven de prólogo, Zvyagintsev introduce de lleno al espectador en el conflicto del filme: Boris (Aleksey Rozin) y Zhenya (Maryana Spivak) son un matrimonio que se encuentra en trámites de separación. Ya no se soportan, y han decidido vender el piso que ambos comparten junto con su hijo Alyosha (Matvey Novikov), de doce años de edad, el gran damnificado de la cada vez más insostenible situación. Ni el uno ni la otra parecen querer ocuparse del infante en sus nuevas vidas, para ellos supone poco menos que un estorbo, por lo que se plantean internarlo. Un día, consciente de todo cuanto sucede, Alyosha desaparece.

Mediante un relato circular (como Sacrificio, de Tarkovsky, la obra se abre y se cierra con el plano de un árbol, en este caso seco tanto en el primer como en el último momento), y haciendo gala de su habitual dilación narrativa (el tempo de los diferentes planos y el manejo de los distintos espacios es propio de un maestro en plena madurez de su talento), el autor de Elena desnuda las carencias morales y afectivas de una sociedad huérfana de valores, en la que el egoísmo y la satisfacción personal prevalecen sobre cualquier otra motivación incluso en las relaciones familiares.

La extraordinaria fotografía de tonos plomizos de Mikhail Krichman (marca de la casa del realizador), capta una aterida urbe donde el vidrio de los ventanales funde el riguroso paisaje ruso con unos interiores plagados de claroscuros.

Película vigorosa y apesadumbrada con un último tercio absolutamente desolador.

Nota: 8/10

loveless

2 comentarios sobre “SEFF´17: ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ y ‘Sin amor’.

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