Bandas sonoras: Los puentes de Madison (1995). Lennie Niehaus.

Un texto de Antonio Miranda.

Su blog.

IOWA THE BRIDGES OF MADISON COUNTY

NO ES FÁCIL COMPRENDER, incluso escuchar, la partitura original de una historia envuelta en otra composición no original de forma constante, llegando ésta a parecer (sólo hacerlo) de mayor importancia que la primera. Es el caso que nos ocupa pero, tratándose de la excelente dupla de artistas, confiar desde un inicio en el papel de la música concebida para la presente obra  no es mala apuesta.

Transcurrida la mitad del argumento, la música suena solamente dos o tres veces. La capacidad de Eastwood para crear sucesos con su arte sonoro es asombrosa: le basta con generar las pocas notas que guían el tema principal (suyo) para dejar a Niehaus un terreno abonado que simplemente deberá arreglar. Asombroso. La composición genera un contraste con la protagonista femenina, Francesca, de una intensidad fortísima que derivará en la figura equilibrada de Robert Kincaid, el protagonista masculino. Cuando la música, ligera, hermosa y tranquila brota en pantalla ella, Francesca, se muestra inquieta, nerviosa e impaciente por el deseo y el sentimiento que nace hacia Robert. Inteligente contraste y apuesta. La partitura, como la mujer, irá creciendo con el paso de los minutos.

Clint Eastwood comenzaba su zambullida artística directa en el mundo de la composición durante la década de los noventa. Las colaboraciones con su amigo Lennie Niehaus se limitaban a dar cuerpo a temas principales y adaptar luego la música, como director, a la imagen. El poder que mostró, ya en este inicio, fue incuestionable y con un sencillo, práctico e inteligente (siempre) motivo conseguía dar una fuerza y sentido a sus historias como muchos otros músicos, con una partitura entera, jamás han logrado.

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El jazz tiene una influencia notable sobre la historia. El gusto de Eastwood por este estilo de música siempre se ha visto reflejado en sus filmes y, en el presente, no lo es menos. Paulatinamente, al tiempo que la historia avanza, su presencia disminuye, limitándose finalmente a los encuentros íntimos (que no sexuales) de la pareja. La música original, progresiva y siempre bajo el minimalismo que caracterizará las partituras del director en el futuro, cobra minuto a minuto una presencia activa y fulgurante hasta llegar a un final de verdadero, artístico e intelectual éxtasis. La complicidad de ambos músicos es extraordinaria y juntos llegan a formar una dirección musical complicadísima (como también lo es su percepción latente). En las secuencias finales, orquestado ya  por Niehaus el tema principal de Eastwood, la música parece llorar los acontecimientos. Y no, no se trata de una metáfora el comentario sino, certeramente, una realidad: el compositor ejecuta unas curiosísimas ‘’disonancias melódicas’’ que hieren drásticamente el alma y elevan toda, absolutamente toda la película, a consideración de idea, muy alejada ésta de acontecimientos reales, vitales o sentimentales. El Romanticismo brota por tantos lados que la partitura rasga los ojos del espectador y saca violentamente sus lágrimas. Sin duda, una obra maestra del cine y una joya de la música del séptimo arte injustamente olvidada, pobremente valorada en muchas ocasiones y que debiera estar entre las desconocidas y minusvaloradas mejores bandas sonoras de la historia moderna del cine.

Nota: 10/10

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