Mimosas (2016), de Oliver Laxe.

“Todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe”.

(Martin Buber)

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Una caravana atraviesa la cordillera del Atlas marroquí, con la misión de conducir a un anciano y moribundo líder espiritual hasta Sijilmasa, lugar donde nació.

En este, su segundo largometraje, el director gallego nacido en París Oliver Laxe, relata una odisea, a la vez mística y telúrica, que, partiendo de la corriente espiritual islámica del sufismo, nos adentra en un paraje atemporal, el de las majestuosas montañas del Atlas, para confrontar realidad y fe en un universo mítico que trasciende las barreras espaciotemporales. El filme, definido por el propio Laxe como un “western metafísico”, se alzó con el Gran Premio de la Semana de la Crítica en Cannes.

Mimosas, película de grandes espacios abiertos soberbiamente fotografiados, está estructurada en tres actos que se corresponden con tres de las posiciones corporales de la plegaria religiosa en el islam: Ruku-posición de inclinación, Qiyam-posición erguida y Sajdah-posición de postración. Durante los minutos iniciales, encontramos dos líneas narrativas paralelas: la de la caravana que debe conducir al Sheikh (Hamid Fardjad) a la antigua ciudad de Sijilmasa para que muera allí, y de la que forman parte Ahmed (Ahmed Hammoud) y Saïd (Said Aagli), dos granujas que sólo buscan dinero; y la de los taxistas, en la que el pintoresco Shakib (Shakib Ben Omar), contador de historias, resulta elegido para que guíe a la caravana del Sheikh en su difícil travesía por las montañas. Ambas líneas, que bien pudieran pertenecer a dos épocas o dos realidades diferentes (he aquí uno de los elementos más enigmáticos y de mayor riqueza de la obra), convergen (el taxi como vehículo de interconexión entre los dos mundos) justo antes del final del primer acto, cuando Shakib, entrañable personaje de connotaciones angelicales que por su fe ciega y su condición de guía espiritual puede emparentarse con el Stalker de Stalker (1979), se incorpora a la comitiva.

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Hay en la cinta que nos ocupa mucho de aventura herzogiana. Y no sólo porque la empresa narrada sea casi tan irracional como las llevadas a cabo en Aguirre, la cólera de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972) o Fitzcarraldo (1982), sino porque incluso la filmación del paisaje, mediante largas panorámicas que siguen el desplazamiento de los personajes, y el empleo del sonido y la música, remiten directamente al primer (y mejor) Herzog. Impresionantes planos generales de un territorio inhóspito, monumental, adusto y escarpado.

De Laxe sorprende su marcada personalidad, la valentía temática de su propuesta, el control de los espacios físicos, la dirección de actores no profesionales y una envidiable capacidad narrativa. Mimosas nos habla del poder transformador de la fe, que si bien no mueve montañas, permite atravesarlas.

Nota: 8/10

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