Loving Vincent (2017), de Dorota Kobiela & Hugh Welchman.

“Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche y pinto las estrellas”.

(Vincent van Gogh)

LOVING VINCENT - Foto 2

1891. Un año después de la muerte de Van Gogh (Robert Gulaczyk), el joven Armand Roulin (Douglas Booth) emprende un viaje para entregar la última carta que el pintor escribió.

Bonito y laborioso homenaje animado a la figura de Vincent van Gogh (1853-1890) y a su estilo pictórico, compuesto por unos sesenta y cinco mil óleos en movimiento en los que se reprodujeron, fotograma a fotograma, escenas anteriormente filmadas con actores reales. La película, de deslumbrante textura plástica, adolece de un guión reiterativo; plano en su desarrollo dramático, sin trascender en ningún momento su condición de homenaje. De hecho, toda la historia parece sometida a la técnica empleada y a las constantes referencias a la obra del pintor a modo de catálogo.

Loving Vincent se centra en el último tramo de la vida del artista holandés en Auvers-sur-Oise. La carta dirigida a Theo van Gogh (Cezary Lukaszewicz), hermano de Vincent, que Armand Roulin debe entregar, constituye sólo un Macguffin, puesto que lo que en verdad interesa a los realizadores de la cinta no es otra cosa que elucubrar en torno a la muerte del pintor: ¿fue un suicidio como tradicionalmente se ha aceptado o pudo ser un asesinato? La trama, con una estructura narrativa a base de flashbacks a lo Ciudadano Kane, supone una ininterrumpida sucesión de encuentros entre Roulin y el círculo de personas más cercanas a Van Gogh durante su estancia en la población francesa. Los flashbacks, cuyo blanco y negro contrasta con el luminoso colorismo del tiempo presente, acercan a los espectadores a la frágil y atormentada personalidad del autor de Los girasoles. Empero, tal acercamiento resulta siempre insustancial, debido a la falta de dimensión psicológica de todos los caracteres y a los clichés biográficos sobre los que se asienta.

LOVING VINCENT - Foto 1

La convencionalidad narrativa del filme, falto de emoción y fuerza, no se corresponde en absoluto con su experimentación y logros visuales: a la postre, lo único reseñable tras el visionado junto a la banda sonora de Clint Mansell.

Para adentrarse en el complejo universo emocional y artístico de Van Gogh, mejor recuperar títulos tan notables como El loco del pelo rojo (Lust for Life, 1956), de Vincente Minnelli, o la olvidada Van Gogh (1991), de Maurice Pialat.

Nota: 6/10

loving_vincent_xlg

5 comentarios sobre “Loving Vincent (2017), de Dorota Kobiela & Hugh Welchman.

  1. No la he visto, pero… Pregunto: ¿quién se puede tragar tal manifestación de idolatría? Es hasta cruel que se idolatre a un pobre hombre que sufrió y sufrió para ver uno de sus cuadros vendidos. De mal gusto incluso, diría yo. Si cada fotograma de la película es pintado al óleo… ¿Por qué? Le quita toda la sencillez a las imágenes de van Gogh, toda la immediatez que refleja. Encima, ya puramente en lo teórico, los colores de las pinturas de van Gogh no son los mismos que las de la película, digo en formato: unos son colores pigmento y otros colores luz. Imitación burda que pretende gustar por el gran nombre del artista del que trata. Llega a ser de Santiago Rusiñol y no va nadie a verla. Más que un homenaje, por las fotos que he visto, parece una parodia. Pregunto, ¿realmente lo es?

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      1. Yo sí… jejejejeje

        Pero es que veo las pinturas de la película y las comparo con las maravillosas pinturas de van Gogh y me entra urticaria.

        ¡Saludos!

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