Bandas sonoras: Cuentos de Tokio (1953). Takanobu Saito.

Un texto de Antonio Miranda.

Su blog.

Tokyo Story

Obra compleja, difícil percepción artística y no menos costoso análisis musical de una creación catalogada por muchos, y no con poca razón, entre lo mejor (si no lo máximo) de la historia del cine. Nos encontramos ante una composición, nuestro espacio, de contraste conceptual enorme, fácilmente audible y arduamente interpretable, sin duda. Podemos resumir la presencia de las notas de Takanobu Saito en un solo tema principal y sus sucintas, delicadas e inteligentes versiones, pareciendo escuchar a cada momento las mismas notas y en su mismo orden. No es así.

La partitura que el compositor japonés elabora para la grandísima obra maestra de Yasujiro Ozu es engañosa. Su empleo, casi podría decirse que al cien por cien, resulta tierno y aparentemente fácil, pero guarda simbolismos y matices en todo momento, como la película en sí, ejemplares. El tema principal, absolutamente melódico y con características occidentales (fijémonos en la curiosa falta de instrumentación y atmósferas típicas de la música oriental, apenas empleadas por el artista), nos lleva a descubrir, y también asentar, una red de interpretaciones exquisitas: Saito lo empasta, inicialmente, con percepciones de Tokio (donde se desarrollará gran parte de la historia y, sin duda, del malestar vital que va a rodearnos constantemente). Tokio, la gran ciudad, es la proyección hacia Occidente (de ahí los matices de la música) y, de la misma forma y habiendo sido asociada a la composición, será su ingente figura, la devastadora sociedad cosmopolita, la que devorará a los ancianos y a su vida, devolviéndoles irremediablemente a su pueblo y, con esto, al estatismo de siempre y a la muerte. Una proyección final que descubrimos admirablemente en la música. Cómo director y compositor proponen una inicial asociación (con la ciudad) para, realmente, abstraer este concepto para aplicarlo con fuerza al sentimiento (a lo rural). Atentos cómo, cerrando la película y pasados los minutos, las horas o los días, podríamos escuchar la melodía de ‘Cuentos de Tokio’ como fiel representante de la nostalgia que nuestra pesadumbre o soledad puedan generar a cualquier persona en cualquier instante. Universal.

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Como hemos dicho, los detalles de la música son pequeñas joyas. Desde una clarísima musicalidad, que han desarrollado en la actualidad las composiciones hollywoodienses (estrepitosamente en muchos casos, sea dicho), hasta el silencio de la escena final, cautivadora, entre Noriko y el padre (para segundos después cerrarla con el tema final, una vez la emoción ha sido compuesta por ese silencio ‘’…que parecía sonoro’’) pasando por la maravilla de trasposición de notas que el artista aplica a su obra en el instante en el que la madre enferma. Nada es trivial, en la aparente simplicidad del filme y la música: nada. Y los pequeños detalles, tan intensos y buscados, igualmente se mantienen humildes en una obra que, nada reconocida al acompañar a un transatlántico como resulta la obra global de Ozu, una vez estudiada y matizada con detalle queda flotando tersamente, como es ella, en el sobresaliente. Indispensable conocer cómo se compone una partitura para una obra de arte conjunta, sin llamar la atención.

Nota: 10/10

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