La forma del agua (The Shape of Water, 2017), de Guillermo del Toro.

“Incapaz de percibir tu forma, te encuentro siempre a mi alrededor. Tu presencia llena mis ojos con tu amor, hace más humilde mi corazón. Estás en todas partes”.

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Baltimore, 1962. Elisa Esposito (Sally Hawkins) es una chica muda que trabaja como limpiadora en un centro de investigación aeroespacial durante el turno de noche. La llegada de un anfibio antropomorfo (Doug Jones) procedente del Amazonas para ser estudiado, despierta pronto su interés.

Inspirado por el clásico de ciencia ficción de la Universal La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, 1954), Guillermo del Toro se alzó con el León de Oro a la Mejor película en el Festival de Venecia gracias a esta tierna fábula sobre la soledad y el amor, que cuestiona la humanidad de nuestra civilización cuando se comporta de manera más monstruosa que un monstruo, no ya con los miembros de otras especies, sino con los propios en una sociedad que no entiende la variedad como sinónimo de riqueza.

El filme se ambienta en un contexto convulso a nivel político y social, el de principios de los años sesenta, en plena Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética (la Crisis de los misiles en Cuba), y cuando el Movimiento por los derechos civiles de los ciudadanos negros encabezado por Martin Luther King, copaba los noticiarios diarios estadounidenses. Este contexto sirve a del Toro, coautor del guión junto a Vanessa Taylor, para establecer ciertos paralelismos con la situación actual en Estados Unidos tras la victoria electoral de Donald Trump y el creciente segregacionismo racial en las calles, aunque el autor de El laberinto del fauno no ahonda demasiado en la semejanza, pasando por ella más bien de puntillas.

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The Shape of Water, a ratos deliciosa, a ratos un tanto boba, pero siempre nostálgica (los números musicales en blanco y negro de la televisión de la época o la sala de cine que proyecta péplums sobre la que viven Elisa y su vecino artista Giles), combina eficazmente diferentes géneros (el fantástico, el romántico, el dramático, el thriller de espías o incluso el musical), gozando de un buen ritmo y resultando muy amena en sus dos horas aproximadas de metraje. Sin embargo, más allá de su precioso envoltorio formal, el cual puede recordar por el tono caricaturesco al cine del francés Jean-Pierre Jeunet, adolece de un desarrollo bastante predecible, además de no profundizar ni en los temas que aborda ni en la configuración de unos personajes planos que nunca escapan del mero estereotipo.

La película posee humanidad y una incuestionable sensibilidad, con momentos de magia y enternecedora calidad emocional, pero le cuesta despojarse de su condición de artificio visual, y abusa en su énfasis por resaltar una sexualidad poco apropiada en la relación amorosa entre “bella” y bestia.

Sally Hawkins lleva a cabo una interpretación estupenda, casi en su totalidad muda, estando perfectamente secundada por el lujoso elenco actores que forman Richard Jenkins, Michael Shannon, Octavia Spencer o Michael Stuhlbarg.

Sobresaliente partitura de Alexandre Desplat, reforzada con temas del período en el que se desarrolla la historia como el A Summer Place de Max Steiner.

La forma del agua ejemplariza las virtudes y defectos de la filmografía de del Toro, cineasta adulto con espíritu de niño al que honra no abandonar su particular universo de cuentos de monstruos: tierno y cruel a partes iguales.

Nota: 6,5/10

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9 comentarios sobre “La forma del agua (The Shape of Water, 2017), de Guillermo del Toro.

  1. Mis expectativas con esta película no son muy altas,no soy muy fan de Del Toro.Creo que con esta película me pasar como con ‘El laberinto del fauno’ que hablaban muy bien de ella y luego a mi no me pareció para tanto.

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  2. Estéticamente muy bien. Pero coincido en que los personajes no están bien desarrollados, sobre todo la figura del monstruo. De él no sabemos nada, ni sus motivaciones, miedos, emociones, o cualquier cosa que indique una personalidad. Eso quizás porque no es una persona en sí. Es más un animal humanizando, algo que se debate entre el puro instinto (se come a un gato) y la conciencia? (disfruta de la música?). Es equivalente a que una chica se enamore de un chimpancé. Es muy difícil sentir empatía por una “relación” donde al menos una parte de la pareja carece de personalidad. De ahí que el cuento de hadas de Guillermo me parezca ridículo en las partes importantes.

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    1. Estoy de acuerdo. Ni siquiera se detiene lo suficiente en cómo surge y se desarrolla la relación monstruo-Elisa. Tenía que haberle dedicado más tiempo durante la primera parte de la película, demasiado esquemática en mi opinión.

      ¡Saludos!

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  3. En esta ocasión si coincido contigo en la puntuación, a mi tampoco me ha convencido del todo.
    Te parece que la anterior Crimson Peak sea superior? No he tenido la oportunidad de verla aunque la tengo pendiente pero después de esta no estoy tan seguro si verla o no.
    Saludos!

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  4. Siendo honesto, la película me gustó. Esa lejanía que se guarda siempre con el monstruo implica que una verdadera relación con el otro es ante todo reconocerlo en su particularidad. Algo parecido puede vislumbrarse en las escenas del baile o el énfasis en el sexo, como si del Toro quisiera mostrar que el monstruo nunca dejara de serlo (y también dar a entender que existen ciertos contextos en los ue el incumplimiento de ciertos cánones equivale a la exclusión). La imagen nos impele a recordar en todo momento que no es humano. Pero la relación con el otro es también dialógica, y es aquí donde el “fondo” de la película falla. Porque si, por un lado, está el reconocimiento de la subjetividad, por el otro está la conjunción intersubjetiva, el devenir de lo uno y lo diferente. El señor del Toro omite todo eso, y trata solo de esbozarlo con un incipiente aprendizaje del lenguaje. Los personajes que secundan a la pareja solo existen para reforzar más y más el discurso de la obra, tanto que su “existencia” está más próxima a la cosificación que a encarnar una personalidad.

    Lo que es innegable, al menos para mí, es que esta cinta y ‘Three billboards outside Ebbing, Missouri’, son películas tremendamente oportunistas, que usan y abusan de un contexto político que solo es uno entre los miles que han negado la alteridad.

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