Wonderstruck. El museo de las maravillas (Wonderstruck, 2017), de Todd Haynes.

Todos estamos en el fango, pero algunos miramos a las estrellas“.

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Cuenta la historia de dos niños separados por cincuenta años. En 1927, Rose (Millicent Simmonds) se fuga de casa en busca de una famosa actriz de cine mudo (Julianne Moore); mientras que en 1977, Ben (Oakes Fegley), tras la muerte en accidente de su madre, hace lo propio para encontrar a su padre.

Tras alcanzar la excelencia con Carol (2015), Todd Haynes da un bonito paso atrás con Wonderstruck, adaptación de la novela juvenil homónima de Brian Selznick (el propio Selznick firma el guión), un pretendido ejercicio de orfebrería narrativa y visual que, más allá de su exposición alternativa, termina resultando bastante convencional y rutinario como aventura infantil.

Como decimos, la película alterna dos tramas que transcurren en diferentes épocas. Sobre esa estructura dramática dual, conviven espacios (la ciudad de Nueva York y el Museo de Historia Natural) y sentimientos (los de Rose y Ben) comunes. Haynes dota a cada parte de una estética derivada de su momento histórico, recurso original aunque un tanto efectista que impide la cohesión formal del filme. El segmento temporal correspondiente a los años veinte, está filmado en blanco y negro y es completamente mudo. Todo un homenaje al cine silente y a una de sus más rutilantes estrellas (la Lillian Mayhew de Julian Moore constituye una suerte de trasunto de Lillian Gish). Esta parte, en la que la delicada partitura de Carter Burwell actúa como instrumento narrativo esencial, es la más floja por su carácter esteticista, plomizo y superficial. Mayor interés suscita la trama de la década de los setenta, a la postre principal, rodada en color y con sonido. Aquí coinciden la música de Bowie, la característica moda de la época y el pluriétnico distrito de Queens. Una y otra, demasiado alargadas ambas, convergen ya casi al final, poniendo a prueba la credulidad de los espectadores.

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Se agradecen los intentos del director estadounidense de experimentar con la narración (el empleo de marionetas, por ejemplo), la puesta en escena y el sonido; sin embargo, una vez mostradas sus cartas, el conjunto, falto de emoción y equilibrio, va desinflándose poco a poco hasta llegar a decepcionar.

El visionado de Wonderstruck genera una emoción rayana entre lo agradable y lo insustancial.

Nota: 6/10

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