Samurai Rebellion (Jôi-uchi: Hairyô tsuma shimatsu, 1967), de Masaki Kobayashi.

“El tirano muere y su reino termina. El mártir muere y su reino comienza”.

(Kierkegaard)

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Japón, 1725. Período Edo. Isaburo Sasahara (Toshirô Mifune), un veterano samurái ducho en el arte de la espada, debe aceptar por orden del clan al que pertenece, que su hijo Yogoro (Gô Katô) tome como esposa a Ichi (Yôko Tsukasa), una de las concubinas de su señor.

Extraordinaria película de Masaki Kobayashi, quien firma aquí un contundente y bello alegato contra la tiranía ambientado en tiempos del régimen Tokugawa, cuando las relaciones feudovasalláticas impregnaban la sociedad japonesa. El filme, como Harakiri (Seppuku, 1962), otra de las obras maestras del director, adapta una novela de Yasuhiko Takiguchi.

El período Edo o período Tokugawa (1603-1868), trajo consigo la paz duradera a Japón bajo el gobierno centralista del shogunato. En las provincias, los clanes seguían constituyendo la principal estructura de poder. Clanes sometidos a la autoridad del sogún, formados por varias familias y encabezados por un daimio o señor al que se debía obediencia por parte de sus vasallos. Entre esos vasallos se encontraban los samuráis, guerreros de antaño dedicados ahora a tareas burocráticas dada la ausencia de conflictos bélicos. En este contexto histórico transcurre Samurai Rebellion, obra de madurez de Kobayashi en la que el cineasta de Otaru vuelve a poner de manifiesto su crítica mirada hacia los convencionalismos de una sociedad anquilosada y ajena a los sentimientos humanos.

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Toshirô Mifune realiza una de sus mejores interpretaciones encarnando al samurái Isaburo Sasahara, personaje cuya conducta irá evolucionando a lo largo del metraje. De contenido a desatado; desde un posicionamiento de obediencia hasta el contrario de rebelión a causa del egoísmo en las decisiones de su señor para con su familia. Lo que nos recuerda a Étienne de La Boétie y su Discours de la servitude volontaire ou le Contr’un (Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno), según el cual, el hombre, aun siendo libre, se deja arrastrar por una especie de sentimiento de sumisión, por lo que no debe sorprender el hecho de que los hombres se rebelen, sino que no lo hagan.

Kobayashi demuestra gran maestría en el tratamiento del tempo, la composición del encuadre, el control de los espacios interiores y los movimientos de la cámara. Hace uso de recursos narrativos como el flashback dentro del flashback (la confesión de Yogoro a su padre de lo que previamente le había confesado a él Ichi) o la congelación de imágenes.

La película culmina con un último cuarto absolutamente épico e inolvidable. Glorioso.

Nota: 9/10

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