Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, 1988), de Hayao Miyazaki.

“Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños”.

(Gibran Jalil Gibran)

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Años 50. Tatsuo Kusakabe, profesor universitario, se traslada junto con sus dos hijas, Satsuki y Mei, a una antigua casa rural para poder estar más cerca del hospital donde Yasuko, su mujer y madre de las niñas, se recupera poco a poco de una tuberculosis.

Existen películas, libros o cuadros en los que nos gustaría “quedarnos a vivir”. Tal es el caso de Tonari no Totoro, de Hayao Miyazaki, el filme de animación que, dado su rotundo éxito de crítica y público, consolidó definitivamente al Studio Ghibli como nueva potencia del medio. El personaje de Totoro se convirtió, además, en el icono del estudio japonés.

Mi vecino Totoro se estrenó en Japón el mismo día que La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka), de Isao Takahata, cofundador de Ghibli junto a Miyazaki, pero su temática, de tono mucho más amable, hizo que su acogida resultase muy superior. Aquí, frente al caos bélico de la obra maestra de Takahata, encontramos un ambiente de posguerra tranquilo, bello y armónico, donde realidad y fantasía se cruzan gracias a la pureza del corazón de unos niños capaces de percibir aquello que trasciende al mundo que los rodea. Por eso, a su llegada a su nuevo hogar, pueden ver a los susuwatari, pequeños seres de hollín que habitan lugares abandonados, y más tarde a Totoro, una suerte de espíritu protector del bosque con forma semejante a la de un conejo de peluche gigante.

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En esta película, de narrativa diáfana y sencilla, visualmente hermosa, aunque alejada aún del barroquismo formal de algunos de sus trabajos posteriores, ya aparecen las constantes habituales del cine de Miyazaki, como el mundo de la infancia, el amor por la naturaleza, los elementos fantásticos o el folclore y la mitología del país del sol naciente.

Una delicia del cine de animación de principio a fin. A la altura de La princesa Mononoke (Mononoke-hime, 1997) o El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001).

Nota: 8/10

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