Parásitos (Gisaengchung, 2019), de Bong Joon-ho.

“¿Sabes qué plan no falla nunca? No tener plan”.

Toda la familia de Ki-woo (Choi Woo-shik) se encuentra en el paro, hasta que el joven comienza a trabajar en casa de la acomodada familia Park como profesor particular.

Según la Real Academia Española, un parásito es “un organismo animal o vegetal, que vive a costa de otro de distinta especie, alimentándose de él y depauperándolo sin llegar a matarlo”. Esta definición se ajusta como anillo al dedo al argumento de la película homónima del director surcoreano Bong Joon-hoo, quien obtuvo la Palma de Oro gracias a esta ingeniosa (que no original) sátira social sobre la lucha de clases en la Corea del Sur actual.

Fue el ilustrado dieciochesco Jean-Jacques Rousseau, uno de los primeros en apuntar a la propiedad privada como fuente principal de toda discrepancia entre los seres humanos. Hasta entonces, según el pensador francés, los hombres habíamos convivido en un estado natural de plena armonía cercano al paraíso terrenal. La llegada de la propiedad privada marcaría el paso del status naturalis al status civilis, fomentando las diferencias entre unos y otros, y, a consecuencia de estas diferencias, la aparición de emociones y sentimientos como los de la envidia o el odio. Bong Joon-hoo retoma aquí el discurso rousseauniano, a través de una comedia con ribetes negros que va transitando hacia el drama social y familiar.

Sobresale en Parásitos el magnífico empleo del espacio como metáfora del escalafón social (atentos siempre a lo que se nos muestra arriba y lo que se nos muestra abajo). Independientemente de que las escenas sean de interior (la casa de diseño de los Park frente al semisótano de la familia protagonista) o exterior (la parte alta de la ciudad frente a la parte baja), la escalera se utiliza como elemento de tránsito entre las dos realidades.

Sin mácula en el plano visual, en el que también destaca la habilidad del director con el plano/contraplano y el enfoque/desenfoque, los defectos de la obra provienen de su guión: un tanto previsible para cualquiera que tenga un mínimo de bagaje cinéfilo, y hasta esquemático en su plasmación de invasión doméstica y revancha social. Además, los personajes carecen de dimensión psicológica más allá del rol familiar que desempeñan, los cambios de tono resultan en ocasiones abruptos, y algunas situaciones ponen a prueba la credulidad del espectador (¿cómo pueden ser los Park tan necios?).

Con todo, el filme entretiene, disfrutándose de principio a fin debido a su ágil narración, y consigue replantear de modo inteligente la incómoda problemática de una sociedad de ricos y pobres cada vez más polarizada.

Nota: 7/10

El irlandés (The Irishman, 2019), de Martin Scorsese.

“La espiral de la violencia sólo la frena el milagro del perdón”.

(Juan Pablo II)

Narra, a lo largo de más de tres décadas, la relación de Frank Sheeran (Robert De Niro), un matón de la mafia apodado el Irlandés, con el capo Russell Bufalino (Joe Pesci) y el sindicalista Jimmy Hoffa (Al Pacino).

The Irishman es, con toda probabilidad y a tenor de su metraje (doscientos nueve minutos) y presupuesto (unos ciento sesenta millones de dólares), el filme más ambicioso de la ya larga trayectoria como realizador de Martin Scorsese. Aquel que debía compendiar y redefinir, como ningún otro, las constantes temáticas y estilísticas del autor neoyorquino: una suerte de quintaesencia scorsesiana en su más madura expresión. Y, pese a los esfuerzos invertidos, no deja de constituir un irrelevante (por insustancial) ejercicio autoparódico en el que el veterano cineasta, mostrando una alarmante falta de creatividad, se plagia a sí mismo (Malas calles, Uno de los nuestros, Casino) y a otros (el Coppola de la segunda y tercera entrega de El padrino), para conformar un refrito tan brillante en su forma como huero en su fondo.

La película, adaptación del libro de Charles Brandt I Heard You Paint Houses por parte del prestigioso guionista Steven Zaillian (La lista de Schindler), presenta una estructura narrativa fragmentada en flashbacks que sirven al personaje de De Niro, anciano, tullido y recluido en un geriátrico, para rememorar de cara al espectador su carrera delictiva durante más de tres décadas (excusa perfecta con el fin de contar por enésima vez en una “gran obra” de Hollywood la historia contemporánea de los Estados Unidos), centrándose, esencialmente, en su relación con dos de los hombres más poderosos de su época: el mafioso de origen siciliano Russell Bufalino (Pesci), y el presidente de la Hermandad internacional de camioneros Jimmy Hoffa (Pacino). Dos caras de una misma moneda, la del crimen organizado. Zaillian confunde densidad con farragosidad, enfangando una trama de recorrido sumamente esquemático y redundante, con un sinfín de nombres de personajes sin entidad, anecdóticos en su mayoría, que poco o nada aportan al desarrollo de una historia que el propio Scorsese ya había contado antes y mejor (Uno de los nuestros).

El empleo de la voz en off resulta a todas luces excesivo y cargante, en un intento por disimular la incapacidad del director para exponer un relato simplón a base de imágenes (la esencia del verdadero arte cinematográfico). Scorsese se autocita sin sonrojo alguno en infinidad de secuencias, reiterándose en el uso de recursos ya muy manidos dentro de su caligrafía (la congelación de la imagen, el ralentí, las líneas de texto a pie de los personajes, los planos secuencia, los planos detalle…). Cita asimismo a colegas del medio como Coppola (las escenas judiciales que parecen sacadas directamente de El padrino II, o las de celebraciones que caracterizaban a toda la trilogía), como si quisiera llevar a un terreno que no es el suyo el carácter crepuscular, grave, en la vida de un gánster (El padrino III), mezclándolo con su propia conciencia católica (el perdón).

Salvan los muebles el trabajo de dirección, por supuesto impecable, y un reparto que reúne a iconos legendarios del género, aunque De Niro no esté ya para este tipo de cosas (Pacino y Pesci se lo “comen” en todas las secuencias que comparten). Los efectos digitales para rejuvenecer a los intérpretes en las diferentes épocas en las que transcurre la acción son, por cierto, un auténtico desastre. A la altura de las lentillas que luce De Niro.

El irlandés, en definitiva, coquetea con el desastre en numerosas ocasiones, sin llegar nunca a caer en él pese a su interminable e intrascendente metraje. Al fin y al cabo, la dirige Scorsese, y dicen que quien tuvo retuvo.

Nota: 6/10

Lo que arde (O que arde, 2019), de Oliver Laxe.

“Estamos en una sociedad que intenta escapar del dolor, de la muerte, cuando es algo irreversible a lo que estamos abocados. Intentamos ganar a la naturaleza y eso es un fracaso”.

(Oliver Laxe)

Tras cumplir dos tercios de su condena, Amador (Amador Arias), pirómano de mediana edad, regresa a su aldea natal, en Lugo, donde volverá a convivir con su madre, Benedicta (Benedicta Sánchez).

La secuencia de apertura de O que arde, una de las más bellas que yo haya visto recientemente en el cine, muestra cómo en la oscuridad de la noche, un grupo de eucaliptos van cayendo uno tras otro sin que sepamos con exactitud qué los hace caer. Enseguida vemos que la causa de esa abrupta deforestación son unos tractores cuyos focos iluminan tenuemente la escena. De repente, una de esas máquinas detiene su avance ante la majestuosa figura de un árbol: un árbol centenario de rasgos casi sagrados. La metáfora no puede estar más conseguida. La película nos asoma a la extinción. No sólo a la de la naturaleza, sino también a la de determinadas formas de vida como la que representan sus dos protagonistas.

El director español nacido en París Oliver Laxe, se alzó con el Premio del Jurado de la Sección Un Certain Regard del pasado Festival de Cannes, gracias a este hermosísimo ejercicio de contemplación visual y contención narrativa, en el que hallamos ecos de autores como Andrei Tarkovsky, Béla Tarr o Werner Herzog. Un verdadero regalo para los sentidos que trata desde la poesía cinematográfica el drama de los incendios forestales en el monte gallego.

Lo que arde prácticamente carece de trama. Cuenta de un modo hiperrealista cercano al documental, el día a día de Amador y Benedicta (actores no profesionales que casi se interpretan a sí mismos) en el campo. Nada más. Y nada menos. Laxe, amén del perro que acompaña a Amador en sus labores de pastoreo con las vacas, parece haber heredado de Tarkovsky su agudeza a la hora de captar las texturas y los sonidos de la naturaleza. Aquí, el viento, el agua, la tierra, y el fuego desempeñan un papel protagónico. La música religiosa de Vivaldi, aporta el matiz piadoso a un relato sobre la estigmatización social en el que el cineasta nunca juzga.

El filme posee unos espectaculares planos generales (la dirección de fotografía de Mauro Herce en 16 mm resulta prodigiosa en todo momento), que contrastan con las escenas costumbristas de interior. Y si bien en su conjunto no alcanza el nivel del anterior trabajo del realizador (en comparación con Mimosas, la que nos ocupa es una película mucho más accesible y con menos capas de lectura), sí que lo consolida como uno de los autores europeos con mayor presente y futuro del panorama actual.

Nota: 7,5/10

Ad Astra (2019), de James Gray.

“Ahora sabemos que somos todo lo que tenemos”.

En un futuro cercano, al comandante Roy McBride (Brad Pitt) se le encomienda la misión de buscar a su padre, Clifford McBride (Tommy Lee Jones), quien, años atrás, desapareció en el espacio mientras encabezaba un proyecto cuyo objetivo era hallar vida inteligente más allá del Sistema Solar.

Mirar hacia fuera para encontrarse dentro. Con esta libérrima adaptación de El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness, 1899), de Joseph Conrad, el siempre interesante (y casi nunca lo suficientemente valorado) James Gray, nos ofrece un notable e intimista drama paternofilial ambientado en el espacio, cuyo discurso reivindica la condición y emociones inherentes al ser humano.

Ad Astra se aleja (para bien) de la pirotecnia visual y narrativa de recientes incursiones de Hollywood en la ciencia ficción como Gravity (2013), de Alfonso Cuarón, o Interstellar (2014), de Christopher Nolan, constituyendo un ejercicio introspectivo de cariz existencial, que reflexiona sobre temas de gran calado como la pérdida, la soledad, las relaciones humanas o el sentido de la vida.

El autor de Two Lovers, haciendo gala de su habitual elegancia formal (el empleo de una “cámara ingrávida” resulta soberbio en las secuencias de interior de las naves), dota a la cinta de un ritmo pausado y de esa calidad emocional que muy pocos directores actuales saben imprimir a sus trabajos.

Brad Pitt realiza una interpretación convincente como el astronauta Roy McBride: un tipo perfeccionista y obsesionado con su trabajo, como anteriormente lo había sido su padre, otrora leyenda y ahora renegado. Ambos son lo mismo. Las dos caras de una misma moneda, aunque McBride hijo no acabe convertido en otro coronel Kurtz (imposible no pensar en Apocalypse Now, la mejor adaptación al cine de la obra de Conrad), gracias a una odisea con destino Neptuno que termina apuntando a su corazón.

Al filme le sobran un par de secuencias de acción mal resueltas, algunos personajes poco aprovechados y las analepsis de evidentes resonancias malickianas. Sin embargo, y aun con todo ello, se eleva bastante por encima de la media, siendo realmente fascinante y emotivo por momentos.

Nota: 7,5/10

Joker (2019), de Todd Phillips.

“Mirada de cerca, la vida es una tragedia, pero vista de lejos, parece una comedia”.

(Charles Chaplin)

Ciudad de Gotham. Arthur Fleck (Joaquin Phoenix) malvive junto a su madre realizando pequeños trabajos como payaso a la espera de tener una oportunidad como cómico.

Albert Camus señalaba que el único problema filosófico verdaderamente serio era el suicidio. O lo que es lo mismo: la posibilidad de poder elegir, en un mundo terrible como el nuestro, entre el ser y el no ser. Ese dilema, según Camus, constituía la respuesta fundamental a la suma de preguntas filosóficas. Porque tan absurdo resulta desear suicidarse como querer continuar en este pozo infecto al que llamamos existencia. Arthur Fleck, el enajenado protagonista de Joker, película que sólo recurre al universo DC como mera justificación comercial, llega a esa misma disyuntiva tras un recorrido vital traumatizado y enfermo al contacto con la sociedad de Gotham (Nueva York, en realidad), debatiéndose entre acabar consigo mismo o mandarlo todo a la mierda desinhibiendo sus pulsiones homicidas.

La cinta de Phillips, sorprendente ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia, está más cerca de algunos filmes de Martin Scorsese como Taxi Driver (1976) o El rey de la comedia (The King of Comedy, 1982), ambos títulos protagonizados por Robert De Niro, a quien el director reserva aquí un pequeño papel (tal vez para subrayar la deuda de su obra con las anteriormente citadas), que de cualquier película perteneciente al universo Batman. De hecho, las alusiones al universo del hombre murciélago no son más que anecdóticas y completamente prescindibles. Es decir, Joker, thriller psicológico (psiquiátrico sería más preciso) de una eficacia y tensión narrativa incontestables, funciona con ellas, pese a ellas y al margen de ellas.

Como el mencionado clásico de los setenta, del que el ejercicio que ahora nos ocupa parece una puesta al día, Joker no sería lo buena película que es y no causaría el revuelo mediático que está causando, si no fuera porque funciona como perfecto espejo de la sociedad en la que vivimos. Un espejo deforme y resquebrajado al que uno se asoma con cierta incomodidad dada la putrefacción que halla en él. Un espejo que apetece romper, porque lo que vemos reflejado no nos gusta. Espejo que remueve conciencias y hace pensar. Y ya sabemos que el que piensa puede terminar actuando. Y eso es lo que le ocurre a Arthur Fleck, quien, entre actuación y humillación, que en su caso suelen ir de la mano, acaba convirtiéndose en el iniciador involuntario de un (para los de arriba) peligroso movimiento antisistema. Algo parecido a Anonymous, pero jodiendo de verdad y con una máscara de payaso en lugar de la de Guy Fawkes de V de Vendetta (Alan Moore).

A nivel visual, el filme destaca por su conseguida atmósfera enrarecida. Phillips hace un uso espléndido del travelling de acercamiento y alejamiento, dejando el resto a la gran dirección de fotografía de Lawrence Sher y a la envolvente banda sonora de Hildur Guðnadóttir. La introducción en momentos puntuales del metraje de canciones populares como Smile, That´s Life o Rock & Roll Part 2 es también muy acertada.

Joaquin Phoenix está inmenso, rayando una y otra vez la genialidad con su escalofriante interpretación de un enfermo mental capaz de carcajear aunque esté llorando (su personaje padece una especie de epilepsia gelástica que le hace reír aun cuando no quiere). Él solo mantiene a la película. Y ese quizá sea uno de los grandes defectos de Joker: tan ensimismada en el estudio de su personaje principal, que prácticamente se olvida del resto.

Obviamente, no nos encontramos ante ninguna obra maestra (Taxi Driver, sin la que Joker no existiría, sí lo era), pero no deja de ser estimulante ver cómo todavía se puede hacer un espectáculo cinematográfico comercial sin perder un ápice de mirada crítica.

Nota: 7,5/10

El hotel a orillas del río (Gangbyeon hotel, 2018), de Hong Sang-soo.

” La poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos”.

(Rabindranath Tagore)

Un viejo poeta (Gi Ju-bong) se hospeda durante el invierno en un hotel junto al río Han. Ciertos presentimientos de muerte lo han llevado a reunirse con sus dos hijos, a los que no ve desde hace algún tiempo.

Poesía del encuentro. Quizá no haya otra expresión que defina mejor el último cuento existencialista del maestro surcoreano Hong Sang-soo. Porque el acto de encontrarse, de dar con alguien, sea de manera concertada o fortuita, supone no ya sólo la esencia de este bellísimo filme de concepción minimalista, sino la esencia misma de la propia vida: concatenada sucesión de encuentros que van trazando nuestro devenir.

Podríamos afirmar que la película, filmada en un austero blanco y negro, casi se atiene a las tres unidades aristotélicas de acción, tiempo y lugar. El director narra dos historias paralelas que se entrecruzan en un pequeño hotel situado en medio de un ribereño paraje nevado: la del poeta Young-Hwan y sus dos hijos, Kyung-Soo (Kwon Hae-hyo) y Byung-Soo (Yoo Joon-Sang), y la de la desconsolada joven A-Reum (Kim Min-hee) y su amiga Yeon-Joo (Song Seon-mi). Los encuentros de unos y otros se suceden en las instalaciones del hotel, el paisaje anexo y un restaurante próximo. Unos pocos personajes, sobre los que vamos sabiendo más conforme avanza el metraje, y unos pocos escenarios, son suficientes para que Sang-soo reflexione, con tono melancólico y a ratos divertido, en torno a las relaciones humanas y familiares, la vida, la poesía y la muerte.

Los diálogos, amenos, sabios y profundamente humanos, transcurren alrededor de una mesa, al pie de la cama o, pese al frío imperante en el lugar, en plena calle. Los personajes comen, beben y fuman. También ríen. Y, por supuesto, lloran. Las obras del autor seulés son pedazos de vida tamizados por la mirada de un poeta del cinematógrafo que se halla en plena madurez vital y creativa, y que ha sabido conformar un universo fílmico propio. Reconocible a partir de cualquier fotograma.

La cámara de Sang-soo se mueve más que en otras ocasiones, aunque continúa renunciando al travelling, haciendo de la panorámica horizontal su principal seña de identidad. Los planos son muy largos, con una clara preferencia por el plano medio corto y largo. El uso del zum es aquí menos recurrente que en trabajos anteriores.

El final de la cinta es irremediablemente triste, evocando ese memento mori del latín que tan bien representó en la pintura española Valdés Leal, y que nos recuerda la fugacidad de la vida. Como viene a decir el poeta protagonista, pertenecemos al cielo, pero mientras permanezcamos en la tierra, debemos vivir, gozando y sufriendo como simples humanos.

Nota: 8/10

Érase una vez en… Hollywood (Once Upon a Time… in Hollywood, 2019), de Quentin Tarantino.

“En Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma”.

(Marilyn Monroe)

Hollywood, Los Ángeles, 1969. La carrera del actor Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), antaño estrella del western televisivo, parece haber entrado en decadencia. Igual que la de Clift Booth (Brad Pitt), su inseparable doble de escenas de acción.

Un cuarto de siglo de éxito crítico y comercial, ha permitido a Quentin Tarantino alcanzar una fase en su trayectoria profesional en la que puede permitirse el lujo de hacer lo que le venga en gana. Este contexto explica que se embarque en proyectos tan autocomplacientes y relajados como el que nos ocupa. Porque con Once Upon a Time… in Hollywood, cuyo título supone el enésimo ejemplo de veneración fílmica del director estadounidense hacia su admirado Sergio Leone, Tarantino no hace otra cosa que buscar satisfacerse a sí mismo, homenajeando en tono paródico al cine y la televisión de toda una época, y reescribiendo a su manera uno de los hechos más celebremente trágicos de la historia de Hollywood: el brutal asesinato de la actriz Sharon Tate a manos de la Familia Manson en agosto de 1969.

La película, cercana a las tres horas de metraje y aun con ello entretenidísima, constituye una brillante nadería en la que el autor de Pulp Fiction hace alarde de un buen número de recursos técnicos y narrativos para contarnos poco. Muy poco. Casi nada. Como si alguien se comprase un Porsche tan sólo para ir a la panadería de la esquina. Aquí, la excelencia cinematográfica no se ve compensada con un argumento sólido y de peso. De hecho, la trama resulta caprichosa y dispersa en su intento un tanto forzado de engranar sus dos líneas narrativas (la de Dalton y Booth por un lado, y la de Tate por el otro). Érase una vez en… Hollywood luce en términos de montaje, uso de la cámara, experimentación con los formatos y tensión narrativa; sin embargo, no deja poso alguno más allá que el del mero esparcimiento en la sala. Lo cual no es poco, pero debe ser valorado en su justa medida.

El filme se beneficia de la química de sus dos intérpretes principales, con un DiCaprio excelente que pone de manifiesto, una vez más, sus múltiples registros, y un Pitt carismático que disfruta con un papel hecho a su medida (la secuencia de la pelea entre su personaje y Bruce Lee en pleno set de rodaje, quedará como una de las estampas más puramente tarantinianas de la cinta). También de la acertada reconstrucción de la época, cuando Hollywood era sinónimo de coches deportivos, villas de lujo y fiestas nocturnas, y el movimiento jipi asomaba como fuerza contracultural.

Al final, llega la escena para la que parece preparado todo lo demás, y en ella, Tarantino, como ya hiciera en Malditos bastardos (Inglourious basterds, 2009), se aferra a la ficción como escape a la realidad. Lo hace a su modo, con violencia y ensañándose contra la injusticia (un deleite para sus seguidores ese lanzallamas). Ojalá el pasado pudiera repararse así. Al menos el cine lo consigue. Por eso nos gusta tanto.

Nota: 7/10

Los hermanos Sisters (Les frères Sisters, 2018), de Jacques Audiard.

“Siempre estoy yendo a casa, siempre yendo a la casa de mi padre”.

(Novalis)

Oregón, 1851. Los hermanos Charlie (Joaquin Phoenix) y Eli (John C. Reilly) Sisters, son dos matones a sueldo conocidos por sanguinaria eficacia. Ambos han sido contratados por el Comodoro (Rutger Hauer) para encontrar a Hermann Kermit Warm (Riz Ahmed), un buscador de oro a quien también sigue la pista el explorador John Morris (Jake Gyllenhaal).

El western es el género sobre el que se ha cimentado buena parte de la mitología estadounidense. Si se me permite la comparación, el lugar que en la Europa Occidental pueden ocupar Aquiles, la batalla de las Termópilas o Ulises, lo hacen en Estados Unidos Jesse James, O. K. Corral o Wyatt Earp. Sin embargo, ese carácter genuinamente norteamericano del género, no ha impedido que algunas grandes aproximaciones al mismo hayan sido alumbradas desde el viejo continente, como las de Sergio Leone en el cine o las de Charlier y Giraud en el mundo del cómic. Ahora es el turno del francés Jacques Audiard, quien con Los hermanos Sisters, adaptación de la novela homónima de Patrick deWitt, firma una de las mejores películas del Oeste de los últimos años. A buen seguro la más profundamente humanista de todas. Ganadora del Premio al Mejor director en el Festival de Venecia 2018.

En su arranque, donde Audiard filma un tiroteo a oscuras del que sólo vemos los fogonazos provocados por los disparos, la cinta deja claro dos de sus rasgos definitorios: realismo y negrura. Porque Les frères Sisters, como toda la obra de su autor, es un filme realista con toda la crudeza y suciedad que debieron caracterizar al salvaje Oeste. De hecho, casi toda la película gravita en torno a la dicotomía salvajismo vs. civilización que representan los hermanos Sisters (asesinos sin escrúpulos, aunque Eli, el mayor, cansado de esa forma de vida, quiere dejarlo ya) y la pareja Warm/Morris (hombres de ciencia que creen en las ideas utópicas de Charles Fourier) respectivamente. Dicotomía enfatizada a través de dos líneas narrativas iniciales que terminan convergiendo. El guión, coescrito por el propio Audiard, se aleja de los estereotipos más clásicos, aunando con eficacia aventura, humor y reflexión, en un conjunto notable que destaca por su vigor narrativo y un rico cuadro de personajes dotados de motivaciones y dimensión psicológica (magnífico trabajo tanto de Phoenix como de Reilly).

Como todo buen western itinerante que se precie, el que nos ocupa no renuncia a la belleza de los parajes naturales donde la acción se desarrolla, la mayoría de ellos pertenecientes a la geografía española (los Monegros en Aragón, el desierto de Tabernas en Almería o la Sierra de Urbasa en Navarra). Gran dirección de fotografía de Benoît Debie.

El viaje iniciático que propone Los hermanos Sisters tiene su propia moraleja redentora: todos podemos cambiar, incluso los peores. Sólo es necesario econtrarse con uno mismo. Y cuando eso no es suficiente, encontrarse con (y en) los demás.

Nota: 7,5/10

Ran (1985), de Akira Kurosawa.

“Todos los hombres nacen llorando, y mueren cuando ya han llorado lo suficiente”.

(Texto originalmente publicado en mi libro ‘El cine esculpido en 200 películas’ https://www.amazon.es/El-cine-esculpido-200-pel%C3%ADculas/dp/8494459678)

Akira Kurosawa consideraba a Ran (palabra que significa caos o miseria en japonés) la película más importante de su carrera. No en vano, el autor de Los siete samuráis dedicó casi una década a estudiar el contexto histórico de la época en la que se desarrolla el filme (el Período Sengoku o Período de los estados en guerra del siglo XVI, anterior a la era Tokugawa), y a realizar dibujos y bocetos referidos al vestuario y las localizaciones donde se rodaría.

En Ran, el maestro nipón adapta libremente la tragedia de William Shakespeare El rey Lear, aderezándola con algunos elementos históricos inspirados en el personaje del daimio Mori Motonari, responsable de la parábola sobre las flechas que aparece en una de las escenas más recordadas de la cinta. El resultado es una monumental obra de madurez que ejemplifica la universalidad del texto shakesperiano y del arte de Kurosawa. El Lear de Shakespeare es sustituido aquí por Lord Hidetora Ichimonji (Tatsuya Nakadai), un viejo señor de la guerra que decide legar la autoridad de su poderoso clan a sus tres hijos: Taro (Akira Terao), Jiro (Jimpachi Nezu) y Saburo (Daisuke Ryû). Sin embargo, este último es desterrado al mostrar su disconformidad con la decisión tomada por su padre.

La película hace alarde de una belleza plástica subyugante, erigiéndose como un lienzo de luminosos contrastes cromáticos que se contraponen con la oscuridad interior de unos personajes marcados por la ambición, el egoísmo y el odio. Como en Macbeth, la otra tragedia de Shakespeare adaptada por el director japonés en la impresionante Trono de sangre (Kumonosu-jô, 1957), es un personaje femenino quien determina con su poder de manipulación sobre los hombres el curso de los acontecimientos. Se trata, en este caso, de la fría y calculadora Lady Kaede (Mieko Harada), sucedánea de la Lady Asaji/Lady Macbeth de Trono de sangre. Su contenida sed de venganza desembocará en la destrucción de un clan dirigido por hombres estúpidos. La interpretación de Mieko Harada se sitúa a la cabeza de un reparto perfecto, en el que la gestualidad de cada uno de los personajes pretende reproducir los rígidos códigos de comportamiento y conducta de la época.

La soberbia puesta en escena deambula entre secuencias intimistas y épicas batallas perfectamente coreografiadas, en las que la simbiosis entre el montaje y la música se muestra prodigiosa, como deja patente la memorable secuencia sin sonidos diegéticos del ataque de los ejércitos de Taro y Jiro al castillo de Hidetora: una violenta sinfonía de caos y barbarie presidida por la partitura de Toru Takemitsu.

Ran se mantiene como una de las cimas del cine de Kurosawa, así como una profunda reflexión en torno a la ingratitud filial y al fatalismo tantas veces inherente al ser humano.

El ilusionista (L’illusionniste, 2010), de Sylvain Chomet.

“El que no cree en la magia nunca la encontrará”.

(Roald Dahl)

(Texto originalmente publicado en mi libro ‘El cine esculpido en 200 películas’ https://www.amazon.es/El-cine-esculpido-200-pel%C3%ADculas/dp/8494459678)

Lo de L´illusionniste es un pequeño milagro. Y no me refiero sólo a su extremada calidad y sensibilidad artística, sino al hecho mismo de que la película supusiera la resurrección (animada, eso sí) del inigualable director y actor francés Jacques Tati: convertido aquí en un viejo y anticuado ilusionista que hace todo lo posible por mantener intacta su magia a ojos de una joven de provincias con la que establece una tierna relación paternofilial.

Sylvain Chomet, responsable de la también excelente Bienvenidos a Belleville (Les triplettes de Belleville, 2003), adapta un guión original escrito por el propio Tati, que el autor de Playtime terminó abandonando en un cajón tras un accidente que dañó su mano izquierda, lo que le impedía realizar algunos de los trucos que el personaje de su filme requería. El resultado, como su contenido, es simplemente mágico. Y es que ver de nuevo al larguirucho, desgarbado, tímido, patoso y distraído Monsieur Hulot, con su peculiar y tambaleante forma de caminar, aunque sea en su versión animada, es algo que no tiene precio para los admiradores del genio cómico.

Pero la grandeza de El ilusionista no se sustenta únicamente sobre su condición de colorista homenaje a uno de los más grandes artistas del séptimo arte, sino que la obra en sí, incluso para quienes no conozcan el cine de Tati, posee innumerables virtudes, entre las que se encuentran la belleza de sus dibujos, su ritmo sosegado, su melancólica atmósfera crepuscular y un sentido puramente visual de la narración (los diálogos son escasos y lacónicos).

Ambientada a finales de los años cincuenta, L´illusionniste es una película triste y delicada que retrata el ocaso de los artistas de vodevil, incapaces con sus obsoletos números de hacer frente a las nuevas modas de la época (el rock and roll) y satisfacer los gustos de un público joven que ya no cree en la magia. Al viejo prestidigitador Tatischeff (así se apellidaba en realidad Tati, de ascendencia rusa), sólo le queda una mirada ingenua, la de la joven Alice. Por lo que preservar su ilusión, se convertirá en el último de sus trucos: la razón de ser de sí mismo. Al fin y al cabo, mantener viva la llama de la magia supone conservar la esperanza de que lo imposible se haga posible; uno de los objetivos esenciales del cine en su condición de fábrica de sueños.