El hotel a orillas del río (Gangbyeon hotel, 2018), de Hong Sang-soo.

” La poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos”.

(Rabindranath Tagore)

Un viejo poeta (Gi Ju-bong) se hospeda durante el invierno en un hotel junto al río Han. Ciertos presentimientos de muerte lo han llevado a reunirse con sus dos hijos, a los que no ve desde hace algún tiempo.

Poesía del encuentro. Quizá no haya otra expresión que defina mejor el último cuento existencialista del maestro surcoreano Hong Sang-soo. Porque el acto de encontrarse, de dar con alguien, sea de manera concertada o fortuita, supone no ya sólo la esencia de este bellísimo filme de concepción minimalista, sino la esencia misma de la propia vida: concatenada sucesión de encuentros que van trazando nuestro devenir.

Podríamos afirmar que la película, filmada en un austero blanco y negro, casi se atiene a las tres unidades aristotélicas de acción, tiempo y lugar. El director narra dos historias paralelas que se entrecruzan en un pequeño hotel situado en medio de un ribereño paraje nevado: la del poeta Young-Hwan y sus dos hijos, Kyung-Soo (Kwon Hae-hyo) y Byung-Soo (Yoo Joon-Sang), y la de la desconsolada joven A-Reum (Kim Min-hee) y su amiga Yeon-Joo (Song Seon-mi). Los encuentros de unos y otros se suceden en las instalaciones del hotel, el paisaje anexo y un restaurante próximo. Unos pocos personajes, sobre los que vamos sabiendo más conforme avanza el metraje, y unos pocos escenarios, son suficientes para que Sang-soo reflexione, con tono melancólico y a ratos divertido, en torno a las relaciones humanas y familiares, la vida, la poesía y la muerte.

Los diálogos, amenos, sabios y profundamente humanos, transcurren alrededor de una mesa, al pie de la cama o, pese al frío imperante en el lugar, en plena calle. Los personajes comen, beben y fuman. También ríen. Y, por supuesto, lloran. Las obras del autor seulés son pedazos de vida tamizados por la mirada de un poeta del cinematógrafo que se halla en plena madurez vital y creativa, y que ha sabido conformar un universo fílmico propio. Reconocible a partir de cualquier fotograma.

La cámara de Sang-soo se mueve más que en otras ocasiones, aunque continúa renunciando al travelling, haciendo de la panorámica horizontal su principal seña de identidad. Los planos son muy largos, con una clara preferencia por el plano medio corto y largo. El uso del zum es aquí menos recurrente que en trabajos anteriores.

El final de la cinta es irremediablemente triste, evocando ese memento mori del latín que tan bien representó en la pintura española Valdés Leal, y que nos recuerda la fugacidad de la vida. Como viene a decir el poeta protagonista, pertenecemos al cielo, pero mientras permanezcamos en la tierra, debemos vivir, gozando y sufriendo como simples humanos.

Nota: 8/10

Ran (1985), de Akira Kurosawa.

“Todos los hombres nacen llorando, y mueren cuando ya han llorado lo suficiente”.

(Texto originalmente publicado en mi libro ‘El cine esculpido en 200 películas’ https://www.amazon.es/El-cine-esculpido-200-pel%C3%ADculas/dp/8494459678)

Akira Kurosawa consideraba a Ran (palabra que significa caos o miseria en japonés) la película más importante de su carrera. No en vano, el autor de Los siete samuráis dedicó casi una década a estudiar el contexto histórico de la época en la que se desarrolla el filme (el Período Sengoku o Período de los estados en guerra del siglo XVI, anterior a la era Tokugawa), y a realizar dibujos y bocetos referidos al vestuario y las localizaciones donde se rodaría.

En Ran, el maestro nipón adapta libremente la tragedia de William Shakespeare El rey Lear, aderezándola con algunos elementos históricos inspirados en el personaje del daimio Mori Motonari, responsable de la parábola sobre las flechas que aparece en una de las escenas más recordadas de la cinta. El resultado es una monumental obra de madurez que ejemplifica la universalidad del texto shakesperiano y del arte de Kurosawa. El Lear de Shakespeare es sustituido aquí por Lord Hidetora Ichimonji (Tatsuya Nakadai), un viejo señor de la guerra que decide legar la autoridad de su poderoso clan a sus tres hijos: Taro (Akira Terao), Jiro (Jimpachi Nezu) y Saburo (Daisuke Ryû). Sin embargo, este último es desterrado al mostrar su disconformidad con la decisión tomada por su padre.

La película hace alarde de una belleza plástica subyugante, erigiéndose como un lienzo de luminosos contrastes cromáticos que se contraponen con la oscuridad interior de unos personajes marcados por la ambición, el egoísmo y el odio. Como en Macbeth, la otra tragedia de Shakespeare adaptada por el director japonés en la impresionante Trono de sangre (Kumonosu-jô, 1957), es un personaje femenino quien determina con su poder de manipulación sobre los hombres el curso de los acontecimientos. Se trata, en este caso, de la fría y calculadora Lady Kaede (Mieko Harada), sucedánea de la Lady Asaji/Lady Macbeth de Trono de sangre. Su contenida sed de venganza desembocará en la destrucción de un clan dirigido por hombres estúpidos. La interpretación de Mieko Harada se sitúa a la cabeza de un reparto perfecto, en el que la gestualidad de cada uno de los personajes pretende reproducir los rígidos códigos de comportamiento y conducta de la época.

La soberbia puesta en escena deambula entre secuencias intimistas y épicas batallas perfectamente coreografiadas, en las que la simbiosis entre el montaje y la música se muestra prodigiosa, como deja patente la memorable secuencia sin sonidos diegéticos del ataque de los ejércitos de Taro y Jiro al castillo de Hidetora: una violenta sinfonía de caos y barbarie presidida por la partitura de Toru Takemitsu.

Ran se mantiene como una de las cimas del cine de Kurosawa, así como una profunda reflexión en torno a la ingratitud filial y al fatalismo tantas veces inherente al ser humano.

Burning (Beoning, 2018), de Lee Chang-dong.

“A veces quemo graneros”.

(Quemar graneros, Haruki Murakami)

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Un día cualquiera, mientras realiza una entrega, Jong-su (Yoo Ah-in) se encuentra por casualidad con Hae-mi (Jeon Jong-seo), una conocida de la infancia. Hae-mi, quien se dispone a llevar a cabo un largo viaje, encarga a Jong-su que dé de comer a su gata durante su ausencia. A su vuelta, Hae-mi regresa acompañada por Ben (Steven Yeun), un misterioso joven adinerado.

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Akira (1988), de Katsuhiro Ôtomo.

“El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”.

(Lord Acton)

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Año 2019. La ciudad de Neo-Tokio, levantada sobre las cenizas de la antigua capital japonesa, destruida durante la Tercera Guerra Mundial, se ha convertido en una caótica urbe debido a las crisis políticas, los desórdenes públicos y la violencia en las calles.

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Pather Panchali (La canción del camino) (Pather Panchali, 1955), de Satyajit Ray.

“No haber visto una película de Satyajit Ray, es como no haber visto nunca el sol o la luna”.

(Akira Kurosawa)

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Pather Panchali, primera entrega de la llamada trilogía de Apu, narra las vicisitudes de una familia pobre bengalí en un entorno rural.

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Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, 1988), de Hayao Miyazaki.

“Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños”.

(Gibran Jalil Gibran)

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Años 50. Tatsuo Kusakabe, profesor universitario, se traslada junto con sus dos hijas, Satsuki y Mei, a una antigua casa rural para poder estar más cerca del hospital donde Yasuko, su mujer y madre de las niñas, se recupera poco a poco de una tuberculosis.

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Branded to Kill (Marcado para matar) (Koroshi no rakuin, 1967), de Seijun Suzuki.

“La más peligrosa de todas las debilidades es el temor de parecer débil”.

(Jacques-Bénigne Bossuet)

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Gorô Hanada (Jô Shishido) es un eficaz asesino a sueldo contratado por la yakuza para llevar a cabo una misión.

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Crepúsculo en Tokio (Tôkyô boshoku, 1957), de Yasujirô Ozu.

“Cuando llega la desgracia, nunca viene sola, sino a batallones”.

(William Shakespeare)

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El señor Sugiyama (Chishû Ryû) tuvo que criar a sus dos hijas, Akiko (Ineko Arima) y Takako (Setsuko Hara), tras ser abandonado por la que era su mujer. Ahora, ya adultas, ambas tienen problemas, ya que mientras Takako mantiene una difícil relación con su esposo alcohólico, Akiko es una joven taciturna que parece algo descarriada y perdida.

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Samurai Rebellion (Jôi-uchi: Hairyô tsuma shimatsu, 1967), de Masaki Kobayashi.

“El tirano muere y su reino termina. El mártir muere y su reino comienza”.

(Kierkegaard)

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Japón, 1725. Período Edo. Isaburo Sasahara (Toshirô Mifune), un veterano samurái ducho en el arte de la espada, debe aceptar por orden del clan al que pertenece, que su hijo Yogoro (Gô Katô) tome como esposa a Ichi (Yôko Tsukasa), una de las concubinas de su señor.

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El infierno del odio (Tengoku to jigoku, 1963), de Akira Kurosawa.

“La diferencia engendra odio”.

(Stendhal)

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Kingo Gondo (Toshirô Mifune) es un rico empresario de la industria del calzado, que comienza a ser extorsionado cuando el hijo de su chófer es víctima de un secuestro.

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