Ad Astra (2019), de James Gray.

“Ahora sabemos que somos todo lo que tenemos”.

En un futuro cercano, al comandante Roy McBride (Brad Pitt) se le encomienda la misión de buscar a su padre, Clifford McBride (Tommy Lee Jones), quien, años atrás, desapareció en el espacio mientras encabezaba un proyecto cuyo objetivo era hallar vida inteligente más allá del Sistema Solar.

Mirar hacia fuera para encontrarse dentro. Con esta libérrima adaptación de El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness, 1899), de Joseph Conrad, el siempre interesante (y casi nunca lo suficientemente valorado) James Gray, nos ofrece un notable e intimista drama paternofilial ambientado en el espacio, cuyo discurso reivindica la condición y emociones inherentes al ser humano.

Ad Astra se aleja (para bien) de la pirotecnia visual y narrativa de recientes incursiones de Hollywood en la ciencia ficción como Gravity (2013), de Alfonso Cuarón, o Interstellar (2014), de Christopher Nolan, constituyendo un ejercicio introspectivo de cariz existencial, que reflexiona sobre temas de gran calado como la pérdida, la soledad, las relaciones humanas o el sentido de la vida.

El autor de Two Lovers, haciendo gala de su habitual elegancia formal (el empleo de una “cámara ingrávida” resulta soberbio en las secuencias de interior de las naves), dota a la cinta de un ritmo pausado y de esa calidad emocional que muy pocos directores actuales saben imprimir a sus trabajos.

Brad Pitt realiza una interpretación convincente como el astronauta Roy McBride: un tipo perfeccionista y obsesionado con su trabajo, como anteriormente lo había sido su padre, otrora leyenda y ahora renegado. Ambos son lo mismo. Las dos caras de una misma moneda, aunque McBride hijo no acabe convertido en otro coronel Kurtz (imposible no pensar en Apocalypse Now, la mejor adaptación al cine de la obra de Conrad), gracias a una odisea con destino Neptuno que termina apuntando a su corazón.

Al filme le sobran un par de secuencias de acción mal resueltas, algunos personajes poco aprovechados y las analepsis de evidentes resonancias malickianas. Sin embargo, y aun con todo ello, se eleva bastante por encima de la media, siendo realmente fascinante y emotivo por momentos.

Nota: 7,5/10

Akira (1988), de Katsuhiro Ôtomo.

“El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”.

(Lord Acton)

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Año 2019. La ciudad de Neo-Tokio, levantada sobre las cenizas de la antigua capital japonesa, destruida durante la Tercera Guerra Mundial, se ha convertido en una caótica urbe debido a las crisis políticas, los desórdenes públicos y la violencia en las calles.

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La llegada (Arrival, 2016), de Denis Villeneuve.

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

(Ludwig Wittgenstein)

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Doce naves extraterrestres llegan a la Tierra, ubicándose en distintas partes del mundo. Una de ellas lo hace en el estado de Montana. Hasta allí se desplaza la doctora Louise Banks (Amy Adams), una lingüista reclutada por las autoridades militares para intentar comunicarse con los recién llegados.

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2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), de Stanley Kubrick.

“La evolución es el movimiento infinito de cuanto existe, la transformación incesante del universo y de todas sus partes desde los orígenes eternos y durante el infinito del tiempo”.

(Élisée Reclus)

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Hace unos tres millones de años, un grupo de homínidos del África Oriental descubre la existencia de un extraño monolito. Tres millones de años después, otro monolito idéntico al anterior, es descubierto por científicos estadounidenses bajo la superficie de la Luna.

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La cosa (The Thing, 1982), de John Carpenter.

“La confianza es algo difícil de encontrar en estos días. ¿Sabes qué? ¿Por qué no confías en el Señor?”

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La Antártida, invierno de 1982. Los miembros de una estación científica estadounidense, entre los que se encuentra el piloto de helicópteros R.J. MacReady (Kurt Russell), descubren un extraño organismo de origen extraterrestre capaz de asimilar la forma de cualquier ser vivo.

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